La censura del New York Times

El pasado martes, «The New York Times» publicaba un artículo titulado Prisioneros españoles en el que se afirmaba que “La constitución española puede no permitir la secesión a las regiones, pero los principios de la democracia y la justicia requieren encontrar una solución política a las demandas de Cataluña”. Tras reivindicar que “por cada euro que los catalanes pagan en impuestos, solo 57 céntimos son gastados en la región”, se sostiene que “nosotros los catalanes mantenemos desde hace tiempo una identidad diferenciada y nunca aceptamos la pérdida de la soberanía nacional tras ser derrotados por la Monarquía española en 1714». El artículo estaba firmado por los periodistas Ricard González y Jaume Clotet. El profesor emérito de Brooklyn College y miembro de la Real Academia de la Historia, Ángel Alcalá, dirigió la siguiente carta al director de The New York Times que el diario no ha publicado.

«Prisioneros de los españoles», de Ricard Gonález y Jaume Clotet (3 de octubre) demuestra plenamente el grado en que los catalanes que defienden la independencia con respecto a España, en especial políticos y escritores, son prisioneros de sí mismos, de sus prejuicios erróneos, de sus mentiras y confusiones históricas míticas y de sus esfuerzos por ocultar la verdad para que sus posibles votantes puedan ser engañados. Cataluña nunca fue independiente; es, por tanto, una mentira afirmar que «durante tres siglos ha luchado por recuperar su independencia». Cataluña, un nombre que ni siquiera existía en la Edad Media, fue durante varios siglos una red de condados independientes vasallos del Rey de Francia que, como otros en todo el norte de España, combatieron para frenar la invasión islámica. El Conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, se casó con la hija del Rey de Aragón en 1137 y, de este modo, convirtió voluntariamente a Cataluña —etimológicamente «tierra de castillos», al igual que Castilla— en parte indisoluble de España desde entonces.

Es innegable que Cataluña fomentó varios movimientos por la independencia. Siempre aprovecharon egoístamente los problemas de sucesión dinástica, interpretados por algunos catalanes como campañas de secesión, cuando la corona era débil o acechaba una crisis, como en los tiempos actuales. Sucedió entre 1462 y 1472 contra Juan II, en 1648 contra Felipe IV y entre 1707 y 1714. Pero la campaña independentista de 1648 ocurrió al mismo tiempo que otras en Aragón propiamente dicho y Andalucía, y la guerra civil de sucesión a principios del siglo XVIII nunca fue una guerra de secesión, como aseguran esos escritores; tuvo lugar en toda España. Cataluña no perdió su «soberanía nacional», que no poseía, ni «fue derrotada por la Monarquía». El nuevo Rey borbón, Felipe V, unificó España aboliendo leyes medievales no solo en Cataluña, sino en todo el país. De ahí que el infundado victimismo catalán sea uno de los numerosos sueños de su historia mítica, igual que sus quejas contra el franquismo o contra la presunta injusticia del actual sistema fiscal español, o el supuesto odio español contra ellos, cuando lo cierto es más bien lo opuesto. Por supuesto, los catalanes han creado una cultura propia admirable, al igual que todas las demás regiones, pero es mínima en comparación con la cultura de España. Hablan otro idioma —algunos por obligación en la actualidad— pero los idiomas nunca son motivo suficiente o necesario para la independencia (piensen en Rusia o China).

Me abstendré de comentar los posibles motivos por los que The New York Times ha publicado este y otros artículos extraños sobre España en los últimos días; solo me pregunto por qué este reverenciado periódico los consideró «noticias aptas para su publicación».

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