La China global

Por Manel Ollé, profesor de Estudios Asiáticos de la Universidad Pompeu Fabra (EL PAÍS, 08/08/08):

Sólo hay que acercarse al bazar de la esquina para entrar en la aldea global. Más de 50 millones de chinos habitan la diáspora más interconectada y extendida por todos los confines del planeta. De Yakarta a Ciudad del Cabo, de Almería a Bratislava o de Montreal a São Paulo: en la más remota de las ciudades del mundo encontraremos con toda facilidad algún restaurante con linternas y dragones, algún colmado o alguna lavandería regentada por chinos. Cuentan que a finales de los años setenta, Jimmy Carter le pidió a Deng Xiaoping que permitiese a los chinos salir del país para que pudiesen probar el sabor de la libertad. Con su habitual retranca, el Pequeño Timonel le preguntó cuántos millones quería que le enviase. Evidentemente, la cosa viene de mucho más lejos. La diseminación planetaria de la población china lleva siglos de avance imparable. Además de la República Popular China, de Hong Kong, de Macao y de Taiwán -que entre todas suman más de 1.350 millones de chinos-, existe un quinto ámbito sínico con rasgos propios y en plena expansión: la China global.

En el sureste de Asia ya hace varios siglos que las comunidades chinas lideran el comercio y las finanzas. Los chinos de ultramar llegaron a América cuando la abolición de la esclavitud y las guerras del opio abonaron el tráfico de culíes. Los trabajadores chinos se hacinaban en las bodegas de los vapores transpacíficos con un contrato de ocho años que les conducía a un régimen de semiesclavitud. La construcción del ferrocarril del oeste norteamericano, las plantaciones y las minas de Cuba y Perú fueron algunos de sus destinos preferentes. Los populosos chinatown de San Francisco o de Nueva York vienen de aquellos lodos. Los chinos empezaron a llegar a Europa en las últimas décadas del siglo XIX. Eran pocos y mayormente buhoneros. Hoy ya casi nadie recuerda que en las playas cercanas a la actual zona del Fórum de las Culturas en Barcelona, durante más de un siglo hubo un núcleo de barracas conocidas como la playa de Pekín, topónimo que nos remite al núcleo barraquista de chinos que allí se establecieron hacia el 1860, junto al Somorrostro.

Las antenas parabólicas y la red de redes han contribuido a extender los lazos de una comunidad extraordinariamente dispersa, pero siempre estrechamente conectada con sus puntos de partida. No hay que olvidar que la segunda lengua de uso en Internet es el chino, y que todo apunta a su primacía en pocos años. Los chinos transportan a China allí donde van: comen en charla animada cuencos de sopa de fideos en los locales de horarios imposibles que acogen casi en exclusiva a comensales chinos; ven culebrones de época, llenos de concubinas y espadachines que suben paredes; leen periódicos en chino de edición ibérica, en los que se comentan las noticias de España y Portugal, de China y del mundo, en las que se publicitan los almacenes de mayoristas y en los que cada día aparecen más anuncios clasificados ofreciendo trabajo de masajista a jovencitas de buena presencia; los chinos de las ciudades españolas se cortan el pelo en peluquerías chinas, juegan al Mahjong, cantan karaoke y se casan de la forma más parecida posible a como lo harían en China. Incluso circunscriben su bajo índice de delincuencia a la extorsión y el delito orientado a su propia comunidad. Exceptuando, evidentemente, los multicopiadores compulsivos de DVD pirata. Los chinos de ultramar son aquí y en todas partes siempre la comunidad más emprendedora y más próspera de todas: la que tiene una mayor capacidad de autoexplotación. La ilimitada confianza del paisanaje que se dispensan les concede créditos informales, condiciones ventajosas de comercio que reducen los costes de transacción. Son aquí y en todas partes siempre la comunidad que genera más asociaciones de todo tipo, asociaciones que actúan como redes de ayuda mutua, lejos del tópico de las mafias. Que haberlas, haylas, pero no adquieren dimensiones mucho mayores que las mafias gerundenses, rumanas o castellano-leonesas. Los chinos de ultramar generan no pocas leyendas urbanas a cual más peregrina. Supuestamente no se registran en nuestros tanatorios muertes de chinos porque de este modo las mafias harían desaparecer los cadáveres de los finados para reaprovechar los papeles. De tan ridículo casi no merece ser rebatido: los chinos que emigran son jóvenes y los que han venido a España aún no han tenido tiempo de morirse. Y a sus mayores les gusta descansar en tierra de ancestros.

Hemos tendido siempre a inventarnos a los chinos, a proyectar en ellos estereotipos que normalmente tienen tan poco que ver con sus realidades como el Circo Teatro Chino de Manolita Chen (que ni era Manolita ni Chen, sino un travestido andaluz al que, según parece, bautizaron como Manuel Saborido).

Los chinos de ultramar aterrizan en entornos culturales tan exóticos e incomprensibles para ellos como lo sería para nosotros despertar de golpe a las afueras de Pekín. Mayoritariamente desconocen la lengua de acogida y se entregan a un régimen laboral tan espartano que no tienen tiempo para ir mucho más allá del chapurreo precario de palabras salvavidas, indispensables para servir una mesa o atender el mostrador. La familia extensa asegura la transmisión de valores. Los sábados por la mañana envían a sus hijos a estudiar chino para que no pierdan sus orígenes. No es que sean cerrados, es que a los miembros de la primera generación de emigrantes apenas les queda tiempo para darse cuenta de que están lejos de su tierra: viven en la China global. Son sus hijos escolarizados en España quienes atienden a los funcionarios municipales y quienes les hacen de intérpretes en situaciones de necesidad. En Estados Unidos, a los ABC (American Born Chinese), los puristas les llaman despectivamente bananas: amarillos por fuera y blancos por dentro. Amy Tan tiene materia de sobra como para pergeñar unas cuantas docenas más de best-sellers repletos de conflictos generacionales y choques de mentalidades.

Los chinos se extienden por el mundo desde hace siglos, pero en estas últimas décadas de reforma y apertura en el continente chino, el proceso se ha acelerado de forma exponencial. Ya no solamente se dedican a servir rollos de primavera: regentan talleres textiles legales o clandestinos, abren almacenes y bazares multiprecio, compran los bares Marcelino y aprenden a hacer café con leche, bocadillos de tortilla de patatas y lo que convenga; regentan tiendas mayoristas de maletas y bolsos, de calzado, de trapos o de bisutería, colocan directamente la producción manufacturera de su distrito de origen, que en parte financia la operación. En los últimos años se les ve cada vez más por África, en paralelo al ingente esfuerzo diplomático e inversor chino en el continente olvidado.

En 1980 había apenas 677 chinos censados en España. Hoy, las cifras oficiales superan los 120.000. La gran mayoría ha llegado en la última década, en parte, de otros puntos de Europa. Curiosamente, en contraste con su extraordinaria dispersión diaspórica, la gran mayoría de chinos que emigran procede de un mismo distrito: China es inmensa, pero se calcula que más del 70% de los chinos de España, Francia, Italia y Portugal procede de la comarca de Qiangtian, de 2.500 kilómetros cuadrados, a las afueras de la ciudad de Wenzhou, en Zhejiang, al sur de Shanghai, una zona especializada en la migración europea como mínimo desde la I Guerra Mundial: las remesas, las inversiones y donaciones filantrópicas de los chinos de ultramar constituyen una de sus mayores riquezas. De nuevo, la familia y el paisanaje, la inversión de las autoridades locales y las redes asociativas facilitan un tránsito que de otro modo se vuelve quimérico.

Los habitantes de la China global son ya nuestros vecinos, nos venden refrescos o garrafas de agua en horario nocturno, nos suministran todo tipo de gadgets inútiles, enlazan nuestra economía con la del gigante asiático. Y a su manera protagonizan su experiencia de la modernidad global: no se pierdan al respecto la última película de Wayne Wang, La princesa de Nebraska: el retrato inclemente de una joven pequinesa recién llegada a San Francisco.