La chusma

Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Faltaría. La chusma no está capacitada para tomar decisiones complejas. La turba es ignorante, manipulable, miedosa; incapaz de analizar la complejidad de los asuntos públicos. ‘Tout pour le peuple, rien par le peuple’. El santo y seña del despotismo ilustrado, acuñado por el emperador José II ha resucitado a cuenta del ‘brexit’. ¿Cómo se le ocurrió a Cameron dar voz a los británicos en una cuestión tan compleja? ¿Acaso no sabía el ‘premier’ que su país rebosa de skinheads, borrachos, racistas, analfabetos y ultraconservadores patrióticos cuya sola habilidad es la del eructo sonoro tras engullir una jarra de cerveza? El Reino Unido se va de la UE porque más de la mitad de sus ciudadanos son unos catetos de tres al cuarto, unos zoquetes de aúpa; pero sobretodo porque su primer ministro es un irresponsable aficionado a preguntar lo que no debe a quien no debe.

Este clasismo intelectual y moral que todo lo explica por la imbecilidad de los demás tendrá pronto otra ocasión de lucir sus mejores plumajes. Si Donald Trump se convierte en presidente de EEUU será única y exclusivamente gracias al favor de integristas e iletrados. A estas alturas ya se sabe que un voto culto, leído y crítico está, sí o sí, al lado de Hillary Clinton. Faltaría.

La ley de Godwin («A medida que una discusión se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o los nazis tiende a uno») propociona la coartada a este análisis de corte aristocrático. Como quiera que el genocida alemán llegó al poder aupado por unas elecciones, cualquier decisión del populacho que no es de buen gusto puede meterse en el saco de aquello que, pese a ser democrático, no es digno de acontecer y debe ser corregido.

Pero seamos serios. Ni los líderes populistas son aspirantes -siempre- a tiranos ni el populismo convierte en estandartes del idiotismo a todos los ciudadanos que desde la racionalidad o la emotividad dan su voto a las opciones políticas que prometen el cielo en la tierra de un día para otro.

UKIP en Reino Unido, Podemos en España, Frente Nacional en Francia y Trump en EEUU -por poner cuatro ejemplos de populismos de anclaje ideológico diverso- responden todos a la lógica de proyectos articulados en torno a un discurso que ataca a las élites (la casta) prometiendo combatir sus intereses a pie y a caballo en nombre del ‘verdadero’ pueblo cuya representación se otorgan en exclusiva frente a un enemigo claramente identificado (UE, immigrante, capital, etcétera).

Lo cierto es que el populismo nunca ha dejado de llamar a la puerta. Pero cuando esa puerta se abre es porque existen sobrados motivos para que buena parte del electorado vea justificado franquear el paso a quien esperaba tras la mirilla su oportunidad. Es la demanda la que hace visible al populismo y no su oferta, que siempre ha estado, está y estará disponible. El euroescepticismo inglés -y el de otros países europeos- no desaparecerá repitiendo miles de veces desde el ‘establishment’ (económico, político, periodístico) que necesitamos «más Europa». La hostilidad hacia el immigrante de la señora Le Pen -o sus equivalentes continentales- no empequeñecerá tratando de racistas a sus votantes. El caudillismo bolivariano de Podemos no emmudecerá -a pesar de los malos resultados del domingo- tratándolos como si fuesen una anómala y temporal amenaza. La desfachatez de Trump no se desvanecerá aunque medio mundo grite al unísono que es un impresentable.

La UE no funciona porque vive de espaldas a su ciudadanía en un viaje a ninguna parte en nombre de una unión política que casi nadie quiere. El continente tiene problemas con una immigración que para muchos países -guste o no- es su principal problema porque sus ciudadanos ya no comparten las virtudes de la multiculturalidad forzosa. Las clases medias estadounidenses -y las europeas- ven cómo el sueño americano se esfumó en nombre de una globalización que exige ajustes urgentes. Las élites políticas españolas siguen templando gaitas con la corrupción sistémica de las instituciones (el ministro del Interior sigue en su cargo, por poner un ejemplo).

La reconciliación de las élites con la ciudadanía es imposible si las primeras se empeñan en identificar como idiotas a los seguidores de cualquier proyecto político que amenace seriamente el statu quo, en lugar de atender a través de la radicalidad reformista cuestiones que no admiten demora. Pero desde las atalayas se tiende a ignorar estos problemas porque quienes en ellas habitan raramente sufren sus consecuencias negativas de manera intensa. Y, claro, al final se hace insoportable esa indolente superioridad intelectual y moral que es donde la serpiente incuba plácidamente el huevo del populismo.

Josep Martí Blanch, periodista.

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