La ciencia del bien y del mal

Por Luis Goytisolo, escritor (EL PAIS, 06/12/03):

Aunque por aquel entonces no me lo formulara en estos términos, ni siquiera de niño fui creyente. Éramos unos pocos -que yo recuerde, Jorge Herralde y alguno más- los que a la hora de la comunión permanecíamos sentados en el banco de la iglesia, lo que me hacía suponer, aunque todavía no hablásemos de estas cosas, que yo no era el único en considerar el contenido del catecismo sencillamente inverosímil. Lo que no era obstáculo para que las palabras y los actos de Jesús recogidos en los Evangelios me parecieran un modelo de conducta al que si algo se le podía reprochar era una excesiva mansedumbre. Supongo que, por más que como ya digo no lo hablásemos, a mis compañeros les sucedía algo parecido. Los buenos sentimientos y las buenas intenciones son, sin duda, innatos, como también lo son los malos sentimientos y las malas intenciones, y lo cierto es que en todos nosotros se dan unos y otros en diversa proporción con independencia de que se tenga algún tipo de creencia religiosa o no se tenga ninguna. Nada más fácil que ofrecer ejemplos de grandes criminales enormemente piadosos o, por el contrario, completamente ateos. Y si del plano individual pasamos al colectivo nos encontramos con que países en los que el oficio religioso dominical es mayoritario, como es el caso de Estados Unidos, y países en los que la religión es una práctica muy minoritaria, como la Rusia actual, figuran entre los más peligrosos del mundo.

No obstante, desde que el ser humano vive en sociedad ha procurado siempre cultivar los comportamientos estimados como buenos tanto para la comunidad como para el individuo, de acuerdo con criterios que no tienen por qué parecerse a los del catecismo. Normalmente, la obligatoriedad de ese comportamiento se ha remitido siempre a un principio superior en cuyo nombre solía exigirse, sea la Divinidad, el Estado, la Nación o la Revolución. En cualquier caso, el planteamiento moral era sencillo y quedaba muy claro lo que estaba bien y lo que estaba mal; otra cosa era que esos principios fueran o no acatados por la gente. Las complicaciones se acentúan cuando falla esa instancia superior a la que referirse, es decir, en momentos como el que atraviesa actualmente una sociedad como la nuestra, más o menos descristianizada, más o menos laica, más o menos identificada con los valores democráticos. Pero el problema sólo aflora en toda su crudeza cuando se le relaciona con la educación, esto es, con la conducta que cabe exigir a los jóvenes ahora que las materias comprendidas en lo que antaño se entendía por Humanidades están desapareciendo de los planes de enseñanza.

¿Qué hacer? ¿Enseñar religión -católica- como una asignatura más? ¿O mejor, Historia de las religiones? El resultado, considerado en el contexto de la realidad cotidiana del alumno, será irrelevante desde el punto de vista de las creencias. Se le ofrecerá, eso sí, referentes culturales imprescindibles en la medida en que sin ellos resulta imposible comprender nuestro pasado; aunque -sobre todo en el caso de la Historia de las religiones- si el contenido de esas creencias se explica mal o de forma demasiado sucinta, se convierte fácilmente en una sarta de patochadas que sería preferible ni haber mencionado.

También me parece de ciegos confiar en el papel rector de la educación cívica. El sistema democrático es la menos mala de las formas de gobierno y por lo mismo, al igual que las normas que regulan nuestra sociedad, incapaz de despertar grandes entusiasmos ni de exaltar el ánimo de nadie. La realidad cotidiana se encarga además de desmentir el valor ético de tales normas no bien se aprende a ver en el compañero de trabajo un avieso ratoncillo que, al primer descuido, ha de robarle a uno el queso. O a entretenerse en la práctica del mobbing o en hacer la puñeta al jefe. Actitudes que, captadas por el alumno en el seno de la familia, se apresura a trasladar al centro de enseñanza tanto en relación a sus superiores, los profes, como a sus compañeros de clase, de acuerdo con un comportamiento picajoso y borde cuyas pautas le ofrece con abrumadora constancia Gran Hermano y tantos otros espacios televisivos. De hecho, así como hace unos años se creó, en gran parte gracias al cine, una especie de patrón de la vida carcelaria a cuyas reglas había que atenerse, ahora, gracias asimismo al cine y a los audiovisuales, existe ya un modelo de lo que ha de ser la realidad de un centro de enseñanza, una realidad regida por el enfrentamiento y la exigencia de romper lo que está entero y ensuciar lo que está limpio.

También, a mi entender, son ganas de engañarse pretender que la asignatura de Ética puede cubrir con ventaja el vacío dejado por la religión. ¿Qué ética? ¿Volver a Spinoza, a la Ética de Aristóteles? ¿Recurrir a cualquier manual más reciente pero posiblemente aún menos adecuado a la sociedad actual? Una lectura de Aristóteles o de determinados Diálogos platónicos será en todo caso muy oportuna siempre que se consiga despertar con ella el entusiasmo de los alumnos. Pero, para el caso, mejor aún que la obra de un filósofo -la emoción no es comparable-, la lectura, por ejemplo, del Quijote, siempre que se logre ese entusiasmo en los alumnos que he mencionado, cosa no mucho más fácil que en el caso de Aristóteles, y que requiere, por supuesto, un previo entusiasmo por parte de los profesores. Como, cuando se habla de valores cívicos, leer en voz alta Julio César o Coriolano. Cualquier cosa menos simplificaciones desvirtuadoras cuyo caso límite lo representa esa conversión de la Biblia o de los Evangelios en dibujos animados emprendida por Hollywood, como antes hizo con las obras de Homero.

Qué más quisiera yo que tener la fórmula mágica que solucionara el problema. Pero, a falta de esa fórmula, estoy completamente de acuerdo con Harold Bloom respecto a los beneficios que reporta la lectura de las grandes obras literarias. En la medida en que enseñan mejor que nada a conocer el mundo y a conocerse a sí mismo, ofrecen también una pauta de comportamiento de ese “uno mismo” en relación al mundo. En palabras de Bloom, todas las grandes obras literarias tienen en común el hecho de que, al menos por unos momentos, su lectura nos hace sentirnos mejores. A la vez que más sabios, ya que no es posible separar bondad de sabiduría. Dice Bloom: “La huida de la novela es un rechazo de la sabiduría de la literatura. Pues, ¿en qué otro lugar encontraríamos aún sabiduría?”. Algo, así pues, que está al alcance de la mano. Aunque, eso sí, una vez en nuestras manos, el libro hay que leerlo.