La ciencia y la anticiencia hoy en día en Estados Unidos

El Gobierno estadounidense de Donald Trump ordenó recientemente al Centro para el Control de Enfermedades que eliminase de todas las solicitudes de financiación una lista de palabras que antes se consideraban moralmente correctas, pero cuyo uso se va a prohibir ahora. Esta lista ha suscitado protestas y causado sorpresa, no solo porque la orden del Gobierno supone una censura antidemocrática del lenguaje, sino también porque entre las palabras se incluyen algunas fundamentales para el control de enfermedades, la democracia estadounidense y los valores republicanos conservadores.

¿Cuáles son esas palabras feas? Entre ellas está “vulnerable”, pero la labor del Centro para el Control de Enfermedades del Gobierno es, cómo no, identificar esas enfermedades ante las que los estadounidenses son especialmente vulnerables. Otra palabra malsonante es “diversidad”, pero un control de enfermedades eficaz exige reconocer que las personas son diversas en sus vulnerabilidades médicas. Por ejemplo, las mujeres, pero no los hombres, son vulnerables al cáncer de ovarios; los ancianos, pero no los niños, son vulnerables a la enfermedad del Alzheimer; y los estadounidenses de tez clara son más vulnerables al cáncer de piel que los estadounidenses de tez oscura.

Otra palabra que se va a prohibir es “derecho”. Pero la famosa segunda frase de la Declaración de Independencia estadounidense respecto a Gran Bretaña presentada en 1776 justificaba la declaración afirmando: “Sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas, que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables… que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los Gobiernos”. Es decir, nuestra nación se fundó sobre la base de que se tienen derechos y de que la principal función del Gobierno estadounidense es garantizar esos derechos.

Otras palabras inapropiadas son “basado en las pruebas” y “basado en la ciencia”. Pero las pruebas y la ciencia son la base de la medicina moderna. La razón por la que la esperanza de vida media estadounidense (incluso la de los senadores y congresistas republicanos) es de aproximadamente 80 años, en vez de 50 años como hace dos siglos, es que las pruebas científicas han demostrado hechos que hoy son aceptados, como que el agua contaminada causa enfermedades concretas y que los antibióticos específicos curan enfermedades específicas.

La prohibición de la palabra “feto” resulta particularmente irónica. Los republicanos conservadores partidarios del Gobierno de Trump muestran una especial preocupación por los fetos, cuyas vidas se tienen que preservar independientemente de su viabilidad, aunque a esos mismos políticos dejen de interesarles los fetos una vez que han nacido y empiezan a reclamar fondos del Gobierno para financiar la educación pública, los seguros sanitarios y otras necesidades de la vida posfetal.

Estas prohibiciones de palabras por parte del Gobierno resultarían absurdas en cualquier país. Aunque a uno no le sorprendería que las propusiesen las autoridades de un pequeño pueblo de algún país pobre y lejano con bajos niveles de alfabetización, uno espera lo contrario del Gobierno central de los Estados Unidos de América. Estados Unidos es el líder mundial en ciencia, tecnología y medicina. Su producción científica supera la de todo el resto del mundo junto. La mayoría de las principales instituciones de enseñanza superior y de las industrias tecnológicamente innovadoras son estadounidenses. La ciencia y la tecnología son las principales razones por las que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo desde hace por lo menos 70 años.

Por lo tanto, Estados Unidos es el último país del mundo en el que uno esperaría ver las actitudes contrarias a la ciencia del Gobierno de Trump. ¿Cómo se puede explicar esta evidente paradoja? Deja perplejos a muchos estadounidenses, y atónitos a mis amigos europeos.

De hecho, en la historia estadounidense, nuestra supremacía científica ha coexistido con una antigua y ampliamente extendida desconfianza en la ciencia, y de manera más general, en la razón. Entre los innumerables ejemplos que existen, se cita con frecuencia el juicio de Scopes de 1925, en el que un maestro que enseñaba biología evolutiva en un colegio de Tennessee fue procesado y condenado por infringir una ley del estado de Tennessee – aprobada en 1925 y que no se derogó hasta 1967- que prohibía la enseñanza de la evolución. Las restricciones sobre la enseñanza de la evolución siguen estando muy extendidas en los colegios estadounidenses hoy en día. Pero la evolución es el principal hecho distintivo de la biología: no se puede enseñar biología sin entender la evolución, como tampoco se puede enseñar química o física sin entender las moléculas o los átomos, respectivamente.

Se ha hablado mucho, sin llegar a un acuerdo, de la causa de esta paradoja estadounidense. Voy a mencionar ahora dos factores que han contribuido a ella y que me parecen mucho más predominantes en Estados Unidos que en otras democracias ricas. Pero reconozco que puede haber otros factores que hayan contribuido a que se dé esta paradoja aparte de estos dos.

Uno de los dos factores es que Estados Unidos no fue fundado solo como una democracia normal, sino como una democracia extrema. Mientras que los países europeos occidentales se consideran políticamente democráticos, Gran Bretaña, Italia y otras democracias europeas occidentales han sido, de hecho, mucho más antidemocráticas desde un punto de vista social y ha existido en ellas una mayor división de clases que en Estados Unidos. Nuestra Declaración de Independencia empezó con la afirmación de la igualdad; la igualdad de oportunidades es desde hace tiempo uno de los principales ideales estadounidenses; y la inmigración hacia Estados Unidos desde Europa privó en gran medida a los inmigrantes de sus ventajas heredadas y les obligó a empezar de nuevo en unas condiciones más próximas a la igualdad.

Esa noble creencia en la igualdad de oportunidades choca con la crueldad de la desigualdad de capacidad. Algunas personas están realmente más capacitadas que otras en determinados ámbitos, como el baloncesto o la ciencia. Y eso ha provocado la sempiterna desconfianza de los estadounidenses en los expertos en general, y en los científicos en particular.

Lo cierto es que muchos hechos científicos básicos contradicen la ingenua evidencia de nuestros sentidos. Por ejemplo, nuestros sentidos nos dicen que los seres humanos son exclusivamente humanos, mientras que los simios y los gusanos y todo lo demás son animales: pero los biólogos han hallado ahora innumerables pruebas de que los seres humanos evolucionaron no hace mucho a partir de sus antepasados simios. Nuestros ojos nos dicen que la Tierra es plana, y que el Sol gira alrededor de la Tierra: pero los astrónomos han hallado innumerables pruebas de que la Tierra es redonda y de que la Tierra gira alrededor del Sol.

Hoy en día, los estadounidenses políticamente conservadores muestran explícitamente su desconfianza hacia la ciencia y su rechazo hacia los expertos, y apelan a la sabiduría del hombre normal y corriente en la toma de decisiones. Esa declarada admiración por el hombre normal y corriente es pura palabrería. Irónicamente, la suerte del hombre estadounidense de a pie empeora constantemente desde hace dos décadas, y la actual revisión del código fiscal llevada a cabo por los republicanos beneficia sobre todo a los superricos. El líder de Corea del Norte, a quien no le importa ayudar a sus científicos a diseñar cohetes y bombas basados en la mejor ciencia moderna, también comparte esa desconfianza del Gobierno estadounidense hacia los expertos científicos.

El otro factor que pienso que ha contribuido a crear la paradójica desconfianza estadounidense en la ciencia y la razón es el papel de las religiones fundamentalistas en Estados Unidos. En la época en la que se fundó el país hace siglos, los países europeos que se convirtieron en nuestras principales fuentes de inmigrantes tenían religiones apoyadas por sus Gobiernos y practicadas por la mayoría de los ciudadanos: por ejemplo, la religión católica en Italia y España, la Iglesia de Inglaterra, y las religiones estatales luteranas en los países escandinavos. Muchos inmigrantes de Europa vinieron a EE UU concretamente para escapar de esas religiones estatales y se dedicaron a fundar muchas religiones nuevas, como el mormonismo, los Testigos de Jehová, los Adventistas del Séptimo Día, diversos grupos baptistas y otras.

Esas nuevas religiones estadounidenses no surgieron de las nuevas pruebas científicas sobre Dios, sino que, por el contrario, solían surgir como un flagrante desafío a la evidencia. Por ejemplo, las principales enseñanzas de la muy popular Iglesia Mormona se basan en la creencia de que Moroni, un ser glorificado resucitado, se apareció ante un chico adolescente llamado Joseph Smith en el oeste del estado de Nueva York el 21 de septiembre de 1823; con el tiempo, le enseñó unos platos de oro enterrados con unos grabados en el “idioma egipcio reformado”, que explicaban que los indios americanos eran descendientes de los hebreos que navegaron hasta Norteamérica por el Océano Pacífico; y reveló a Joseph Smith cómo traducir esos textos egipcios al inglés, como un libro de la Biblia llamado el Libro de Mormón. La única prueba que respalda ese relato es la palabra del propio Joseph Smith, y de 11 testigos que juraron haber visto los platos grabados de Smith que parecían de oro. En cambio, hay muchas pruebas que respaldan la opinión no mormona predominante de que Joseph Smith escribió él mismo el Libro de Mormón, inspirándose en leyendas de los indios americanos locales.

Evidentemente, el sistema de creencias del mormonismo y de otras religiones fundamentalistas estadounidenses choca con el punto de vista científico basado en las pruebas. Pero las religiones fundamentalistas estadounidenses engloban a muchos estadounidenses, cuya influencia política resulta muy desproporcionada en comparación con su número de practicantes, porque están muy motivados y bien organizados y se hacen oír políticamente. Por tanto, las religiones fundamentalistas estadounidenses son otra fuerza poderosa en Estados Unidos que se opone a la ciencia, a la razón y a los expertos en general, y a la biología evolutiva en particular.

Estas son, por tanto, dos de las razones que explican por qué Estados Unidos, el líder mundial en ciencia, tiene paradójicamente un Gobierno que es el líder mundial en la oposición a la ciencia. ¿Cómo acabará todo esto?

No lo sé, pero quiero mencionar el hecho evidente de que el resultado dependerá de la libertad de elección de los votantes estadounidenses en las próximas elecciones de 2018 y 2020, y de los esfuerzos que se están realizando en muchos niveles del Gobierno estadounidense para impedir que los votantes estadounidenses ejerzan su libertad de elección. La situación actual de Estados Unidos me recuerda un dicho de los antiguos griegos: “A quien un dios quiere destruir, antes lo enloquece”. La gran pregunta sin resolver en la política estadounidense ahora mismo es si los que serán destruidos en las próximas elecciones estadounidenses serán solo los conservadores que ahora dominan el Partido Republicano estadounidense y, por tanto, se producirá un regreso nacional a la cordura política; o si, por el contrario, lo que se destruirá serán los puntos fuertes de Estados Unidos basados en la ciencia y en las pruebas. La respuesta a esa pregunta se espera con mucho interés, no solo por parte de los propios estadounidenses, sino también por parte de los líderes de China, Rusia, Corea del Norte y nuestros otros rivales.

Jared Diamond es catedrático de Geografía en la Universidad de California en Los Ángeles. Algunos de sus libros más vendidos son Armas, gérmenes y acero; Colapso; El tercer chimpancé; y El Mundo hasta ayer.
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