La ciudad mustia

¡Qué malestar! De un tiempo a esta parte, todo son lloros con lo mal que se vive en las ciudades. ¿Es para tanto? Quizá. Al fin y al cabo, la ciudad es odiosa desde los tiempos de Babilonia. Claro que hay un cierto pavoneo intelectual que se envanece en el pesimismo y en que algunos, reconozcámoslo, se deleitan cosa mala.

Hace unos meses, un prestigiado escritor afirmó en una afligida tribuna, publicada en el otrora diario independiente de la mañana, que las terrazas y el turismo han privatizado el Madrid de su juventud, donde se comía en abundancia por cuatro perras: «una época en la que se podía ser pobre y vivir en las ciudades, y disfrutar de ellas». Es significativo que la ocurrencia venga de un novelista que se ha hinchado a vender libros y que, grosso modo, se ha embolsado más de 100.000 euros en premios. El precio del progreso es la pérdida del encanto. ¡Incluso del encanto de ser pobre!

La ciudad mustia
SEAN MACKAOUI

La discusión pública es, en ocasiones, el psicoanálisis que las élites urbanitas entablan consigo mismas. Lógico es que interpele cada vez a menos gente. Un pensador madrileño sostiene que el centro de las ciudades se está vaciando y que «ya no nos pertenece». Lo cierto es que el de Madrid lleva vaciándose desde finales del XIX: según los padrones municipales de 1905 y 1930, la ciudad dobló su número de habitantes al tiempos que su núcleo se vaciaba, lo que dio lugar al progresivo crecimiento de los barrios y, andando el tiempo, al auge de las ciudades-dormitorio. ¿Los periodistas de Malasaña van a explicar a los vecinos de Algete que el centro nos expulsa?

Hay ideas tan estúpidas que solo pueden producirlas los intelectuales. Unos critican la ciudad por disolver los lazos comunitarios, como si la propia ciudad no fuera en puridad la negación de la tribu, la aldea y el terruño; y otros la critican por poner barreras y cerrar espacios, cuando esa es su misma esencia: urbis es el recinto fortificado que vuelve suburbano (sub-urbe) lo que se sitúa extramuros. La ciudad es una cosa y su contraria. Y quienes se enredan en esta paradoja ignoran que el verdadero peligro no es la gentrificación del centro urbano (por antiestética que resulte la multiplicación de franquicias al calor del turismo), sino la gentrificación de la periferia. Inadvertido a nuestros maîtres à penser es que las familias del Baix Llobregat se mudan a L'Hospitalet y las de Getafe a Parla, cuando no a Yuncos, provincia de Toledo. Quizá se ocupen de ello dentro de 10 o 12 años, cuando la cosa ya no tenga remedio.

Cunde la nostalgia por las ciudad de antes. Estábamos como pez en el agua mientras que hoy, concienciados de su escasez, la gastamos a cuentagotas. Los aguadores vendían embotellada la de las fuentes y los vecinos gritaban alegres «¡agua va!» cuando arrojaban por la ventana el contenido de sus orinales. ¿Quién no querría vivir en el brioso Madrid de Galdós? Claro que los figones cochambrosos que frecuentaba el ciego Almudena los cerraría Sanidad y que el estruendo de los coches correos sería considerado contaminación acústica. Cuando uno intuye que la nostalgia no está del todo justificada, se dice que por el cuchitril de la Cava de San Miguel en que vivía Fortunata hoy le pedirían un ojo de la cara.

¿Y no es ese el verdadero problema? Ocioso es recordar que el españolito no comparte piso a los 40 por voluntad propia y que el forzado alargamiento de la juventud, menos cercano a la lozanía que al embalsamamiento, explica buena parte de las neurosis que hoy nos acoquinan. Bien está quejarse de la desaparición de las tabernas como hace seis décadas se quejaba Ruano de la desaparición de lo cafés: por dandismo y coquetería. Pero, ¿cabe hablar de la fuente de tantos de nuestros malestares, por mucho que lo envolvamos en sesudas teorías sociológicas, sin aludir a la cuestión de la vivienda?

O'Henry decía que Nueva York carecía de un solo alma, Dickens describió Londres como si fuera una porqueriza y Ósip Mandelstan definió Moscú como una ensalada de madera y vidrio. Hay tuiteros ingeniosos que llaman «Carcelona» a Barcelona y «Pudrid» a Madrid. Toda ciudad es alcázar, selva y charca. Por eso activistas y opinadores se debaten en un dilema hamletiano: ser o no ser urbanitas. Ora fantasean con volver al pueblo, donde se guarecen las esencias de lo auténtico (la fiscalización, la endogamia, la falta de trabajo: ¡autenticidad!), ora se reconocen incapaces de salir de la ciudad que tanto denuestan. Su quiero y no puedo recuerda a la canción de La Polla Records: «Voy al campo, abandonaré la ciudad. / Escapar del mundo de hormigón / Acabar con esta situación..».

Pero si el leopardo no puede renunciar a sus manchas, como enseña el Eclesiastés, tampoco el urbanita puede dejar de serlo. Puede, todo lo más, dejar de hacer el primo. Quien quiera sofisticación, que disfrute de la nouvelle cuisine en los bares de diseño, pero no se queje luego del sablazo. Buscar sustancia en la zona turística es como acudir al after-hours para hacer amigos. Por dura que sea la ciudad en pleno atasco, aguardan al regreso el candor y la llaneza del barrio. Paseando por el mío me he encontrado con un ultramarinos, una librería y un estupendo restaurante italiano que había pasado por alto. Ahora no se me ocurriría ir al centro para comprar un libro o comerme una pizza.

Como aprendemos de niños, la ciudad representa la ruptura con el paraíso, el pinchazo de la burbuja preternatural: ¿cómo no odiarla cuando volvemos a ella al terminarse las vacaciones? Luego nos hacemos mayores y aprendemos a reconciliarnos con los maratones populares, los empujones y los carricoches como tanques. Finalmente, se cierra el círculo y, con el invierno, las castañeras nos regalan un olor que nos devuelve a la infancia, aunque ya no usen aquellos braseros de cisco tan añorados y que tantas muertes costaban... Entonces descubrimos que las ciudades, como nosotros, han crecido un poco a su pesar, como el nene al que los papás reprochan lo pequeño que se le queda el uniforme.

La ciudad feliz es la última genialidad del urbanismo cuqui. ¿Cómo va a haber ciudades felices si la primera de todas ellas la fundó el mismísimo Caín? Que el municipalismo cool haya copado tantas promesas electorales durante los últimos años se debe, ante todo, a su bajo coste. De ahí que la izquierda encontrara en el famoso «urbanismo táctico» una solución mágica: todavía más barato que ampliar aceras es llenarlas de colorinchis y, so pretexto de hacer de la ciudad un lugar acogedor, levantar bancos individuales y poyetes con aristas, espantando a los vagabundos. Toda vez que Ada Colau se obstinó en dar color a la ciudad, las plazas de Barcelona se volvieron murales refulgentes y diapreados. Driblando como Messi, los viandantes sorteaban fogonazos de pintura psicodélica, voluminosos bolardos y algún que otro machete ocasional. ¡Si eso es una ciudad feliz, cómo será la ciudad triste!

Y la derecha, siempre a rebufo, se oponía a estos dislates rechazando toda tentativa de regulación y abjurando de las peatonalizaciones, tomando la parte por el todo y la motosierra por la empuñadura, talando árboles y asfaltando alcorques. Con lo fácil que lo habría tenido para señalar que la «ciudad de los 15 minutos» favorece la segregación y la gentrificación, en tanto que al encarecer los precios niega la mezcla; que la «ciudad de proximidad» no es sino una utopía de adinerados con que alejar a los vecinos pobres, condenándolos al gueto al proscribir el automóvil y poner en tela de juicio la movilidad.

Conque así ha estado el debate: unos echando de menos aquel tiempo en que la Puerta del Sol, ubérrima y floreada, era el Retiro (o sea, nunca) y otros defendiendo que los coches pasaran por el propio Retiro. ¿No sería mejor trocar el nuevo urbanismo por la vieja urbanidad y, en vez de jugar a aprendiz de mago, mejorar las condiciones de los distritos, dotándolos de servicios esenciales?

No sé si es cierto que la ciudad es una selva de asfalto dominada por la anomia y el vacío existencial. Pero intuyo que, como diría el castizo, la felicidad va por barrios.

Jorge Freire es filósofo y autor de Hazte quien eres. Un código de costumbres (Deusto).

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