La ciudad sigue viva

Mary Kaldor es directora del programa de Gobernanza Global en la London School of Economics (EL PAIS, 09/07/05).

La globalización es perversa, en cierto modo. Yo vivo y trabajo en la zona de Londres que el jueves 7 de julio fue blanco de las cuatro explosiones. Durante varias horas no funcionó ninguno de nuestros teléfonos, y no pude hablar con mi familia ni con mis amigos. En cambio, antes de que me diera tiempo a reaccionar, ya estaba recibiendo correos electrónicos de India, Estados Unidos, Azerbaiyán, Kosovo e incluso Bagdad.

La zona (Holborn, Russell Square, Aldwych) se quedó enseguida sumida en un extraño silencio, salvo por el sonido de las sirenas y los helicópteros. Entre las docenas de ambulancias y camiones de bomberos, la gente daba vueltas por las calles mientras intentaba que funcionaran los móviles.

El último número de víctimas de las cuatro bombas que he oído es de 37 muertos y 700 heridos. Es imposible conceder a este crimen nihilista la dignidad de atribuirle motivos políticos. No se puede explicar por la religión, la ideología ni ningún motivo racional, por retorcido que sea. Un grupo que se denomina a sí mismo “Organización Secreta de Al Qaeda en Europa” reivindica la responsabilidad y dice que es una “venganza” contra el “Gobierno sionista británico por las matanzas que está cometiendo Gran Bretaña en Irak y Afganistán”.

Si la autoría se confirma, ¿qué tipo de venganza es la que se ejerce contra una ciudad en la que se manifestaron dos millones de personas contra la guerra de Irak? Está claro que de esta forma no van a irse los británicos de Irak ni de Afganistán. Algunos dicen que el objetivo es dividir a nuestra ciudad; los terroristas quieren que los musulmanes se queden en casa. Quieren construir una idea de yihad. Pero incluso esta hipótesis resulta demasiado racional. Lo máximo que puede atribuirse a estos locos criminales es el deseo de ser importantes. No tienen otra manera de hacerse notar más que la violencia. Son gente sin importancia que busca figurar por un instante en el escenario mundial.

Por eso, la mejor reacción ante este crimen es ignorarlo, negarnos a ofrecer a sus autores su instante de fama. Por supuesto, es importante reforzar la protección de la gente inocente, perseguir a los criminales y llevarles ante los tribunales. Pero no debemos consentir que el crimen deshaga nuestros planes y proyectos cotidianos.

Hasta ahora, la reacción de los servicios de urgencia, los líderes políticos, religiosos y cívicos y la población de Londres ha sido ejemplar. Han ofrecido solidaridad a las víctimas y han subrayado la necesidad de que los londinenses permanezcan unidos. El crimen no ha engendrado terror ni pánico. En la medida de lo posible, la gente sigue adelante con su vida, siempre que no lo impiden los transportes o las espantosas consecuencias de las explosiones.

¿Trasladarán los ciudadanos y sus dirigentes esta insistencia en la normalidad y la continuidad al terreno político en general? Es una pregunta fundamental a la que se enfrentan en un momento extraordinario de la historia de Londres y Gran Bretaña. La movilización a propósito de la cumbre del G-8, los espectaculares conciertos de Live8, la gran manifestación de protesta en Edimburgo y el entusiasmo suscitado por la campaña de “Hagamos que la Pobreza sea Historia” han provocado un ambiente palpable de esperanza colectiva. Además, el 6 de julio, el anuncio de que los Juegos Olímpicos de 2012 se celebrarán en Londres despertó una oleada de júbilo. Desde hace dos semanas, cada día parece haber tenido un dramatismo de alcance mundial.

Y entonces atacaron los terroristas, como si hubieran querido envenenar y desbaratar esta atmósfera. Por eso es todavía más importante que tanto políticos como ciudadanos conserven el equilibrio.

El G-8 no debe perder de vista sus prioridades. Tony Blair tenía razón al decir que los líderes reunidos en Gleneagles debían “seguir discutiendo los asuntos que íbamos a discutir y llegar a las conclusiones a las que íbamos a llegar”. Hasta George W. Bush afirmaba que era importante hablar sobre la reducción de la deuda y la ayuda a África, si bien no fue capaz de utilizar la palabra mágica (cambio climático) y se refirió todo el tiempo a “un medio ambiente más limpio”. Lo mejor que podían hacer los poderosos reunidos en Gleneagles para mostrar su solidaridad con Londres era tomar decisiones históricas sobre la reducción de la deuda, la ayuda y el comercio, y el cambio climático.

Es una coherencia que también se necesita en otros asuntos políticos de importancia crucial. Tenemos que reflexionar sobre Irak, los carnets de identidad, Europa y el medio ambiente, sin dejarnos influir por estos terribles sucesos. Por ejemplo, yo todavía quiero ayudar a construir un Irak pacífico y democrático, apoyar la formación de un Gobierno de coalición en Bagdad y terminar con la ocupación, independientemente de lo que ha ocurrido en Londres. Me sigo oponiendo a la creación de los carnets de identidad y quiero seguir defendiendo las libertades civiles en Gran Bretaña.

Ken Livingstone, el alcalde de Londres, lo dijo muy bien. Londres es una gran ciudad cosmopolita con centenares de lenguas y religiones, a la que la siguen llegando nuevos habitantes “para ser libres, vivir la vida que han escogido, poder ser ellos mismos”. A la mayoría de los londinenses les gusta su ciudad precisamente por eso. El mensaje de Live8 y la candidatura olímpica era la solidaridad, el orgullo y el entusiasmo de los londinenses de cualquier clase, religión, color o cultura. La mejor manera de responder a las amenazas, vengan de donde vengan -de terroristas islámicos o grupos blancos paramilitares- es recordar cómo nos sentíamos antes de los atentados y mantener vivo ese espíritu.