La ciudad sumergida

Por Leonardo Padura Fuentes, escritor cubano (EL PAÍS, 03/09/05):

Ayer supe que mi amigo Uriel está en Houston, sano y salvo, aunque apenas con una maleta de su ropa y sin ninguno de los muchos libros, fotos y discos que eran la historia de su vida, casi su vida misma. Hoy al fin pude saber que Javier y Suzanne, con el tío Guillermo y otras cinco personas, luego de avanzar en tres autos todos los kilómetros posibles, fueron a dar a Hattisburg, Misisipí, a la casa de los parientes de unos parientes. Pero de mi amiga Ana y su familia no he tenido noticias, y tampoco de Debbie, siempre tan despistada, aunque confío en que ellos también hayan seguido la terrible e impotente orden gubernamental: huir.

Desde hace varios días, acá en mi casa de La Habana, he estado pensando en ellos: exactamente desde que supe que, casi con premeditación y alevosía, el dedo de la naturaleza, bajo el nombre del huracán Katrina, los había señalado. A ellos y a otros varios cientos de miles de personas que también gastaban los días de su vida en una de las ciudades más bellas y musicales del mundo, la cuna del jazz dixie, una urbe plena de historias turbias, violentas, románticas, vivas, de riqueza y de pobreza tan cercanas que se tocaban con la mano: la gran ciudad norteamericana donde, según leí en una ocasión, menos se vendía el New York Times y más ropa de marca se compraba, y en la cual, según pude comprobar, ciertas calles podían tener casi tantos baches como las de La Habana. Una ciudad mágica y real que se llamó Nouvelle Orleans, Nueva Orleans y últimamente New Orleans y que, quizás, no aparezca más en las ediciones de los mapas del mundo que se editen a partir de hoy.

He recordado, pensando en Uriel, Ana, Debbie, Javier, la tarde en que me asomé a la orilla oeste del lago Pontchartrain y me contaron que era el embalse artificial más grande del mundo, formado con las aguas canalizadas de los extensos pantanos de la región. Aquella tarde también me dijeron que, según científicos agoreros, ese piélago oscuro tenía, como designio último, el de barrer algún día con Nueva Orleans, pues los diques del lago estaban varios metros por encima del nivel de la ciudad y, si algún día se quebraban, el lago se desbordaría hasta buscar el cauce del Misisipí y entonces casi todo el área urbana de Nueva Orleans quedaría cubierta por el agua.

Pero quizás algo así nunca llegaría a ocurrir. Al menos, Javier, Ana, Uriel y los otros amigos con los que compartí aquellas dos semanas en Nueva Orleans no solían pensar demasiado en el mandato oculto en el fondo de aquel lago inabarcable por la vista, y disfrutaban la gloria de vivir en una ciudad donde las campanas de los tranvías daban carácter a sus viejas calles, donde se podía disfrutar el sabor extremo de la comida cajoun y de uno de los carnavales más auténticos del mundo, donde anclaban los viejos vapores de rueda que aún surcan el Misisipí, como escapados de las novelas de Mark Twain. Una ciudad con barrios engalanados por esas casonas sureñas de altísimos portales en los que, durante nuestras caminatas de descubrimiento y asombro, siempre me sembraban la esperanza de poder encontrar a Scarlett O’Hara. Todos ellos adoraban vivir en un sitio palpitante y distinto, que había legado al mundo las sonoridades inquietantes del Vieux Carré, el viejo barrio francés, por donde habían pasado todos los grandes del jazz y del blues, gracias a la magia de la civilización que tuvo en Nueva Orleans uno de esos privilegiados puntos de encuentro en el que el mestizaje desembozado de palabras, colores y costumbres consiguió crear una de las culturas más maravillosas y palpitantes del mundo.

Entonces Katrina llegó a las costas norteamericanas del Golfo como una de las múltiples venganzas que últimamente nos está lanzando la naturaleza. Los más de 280 kilómetros por hora con que soplaban sus vientos y las lluvias interminables que arrastró consigo por el Atlántico y el golfo de México, chocaron violentamente con el viejo sur norteamericano y provocaron, entre otras muchas, la catástrofe anunciada pero que todos confiaban que nunca ocurriría: las aguas caídas sobre el lago y los incontables metros cúbicos escurridos hacia su seno provocaron la ruptura de los diques, y al agua que ya se acumulaba en las zonas más bajas se unió el torrente procedente del Pontchartrain, para convertir casi toda la ciudad en parte del mismo embalse que se enorgullecía de ser el lago más grande del mundo creado por la mano del hombre.

Uriel me ha dicho que vio por televisión que la calle donde vivía está bajo el agua y ya tiene la certeza de que lo ha perdido todo. No sé qué habrá pasado con Ana, y si Javier y el tío Guillermo lograron salvar algo más que sus vidas. Temo por el destino de los libros de las universidades de Tulane y Loyola. No sé si habrán resistido esta vez las viejas casas de madera, construidas en el siglo XIX y que, hasta ahora, habían soportado, incólumes, tantas catástrofes naturales y humanas. Pero, bajo el agua, ¿qué quedará de ellas? ¿Y los balcones de hierro labrado del barrio francés? Y, sobre todo, ¿qué sobrevivirá del espíritu trágico y festivo de la ciudad musical y maravillosa? Como Pompeya, ¿Nueva Orleans será a partir de hoy sólo un recuerdo del pasado, una ciudad arrasada como las bíblicas Sodoma y Gomorra?

Las aguas del Pontchartrain siguen fluyendo hacia la ciudad y lo que todavía hoy no está bajo varios metros de agua quizás muy pronto lo esté. Los que no quisieron o no pudieron cumplir la única orden gubernamental (huir, lejos, hacia cualquier parte) ahora tendrán que hacerlo. Los 20.000 refugiados en el ya desvencijado Superdome esperan por los equipos de rescate y por un nuevo estadio, en algún lugar del país, que los acoja por tiempo indefinido. Sin luz eléctrica, sin teléfono y, sobre todo, sin comida ni agua potable, la vida se ha hecho imposible en un mar fangoso y contaminado por el que navegan cadáveres y cocodrilos.

Prácticamente toda Nueva Orleans se convertirá en una ciudad sumergida, como una Atlántida moderna, con la gravísima diferencia que de la ciudad mítica no sabemos nada, pero de esta ciudad sureña, hija del Golfo y del Old Man River, muchos tenemos recuerdos vivos y entrañables y nos parece imposible siquiera concebir que esos recuerdos estén ahora, y por muchos meses, pudriéndose bajo de varios metros de agua y lodo. Tal vez el dinero pueda reconstruir la ciudad, como levantó a San Francisco de sus cenizas. Pero las heridas seguirán abiertas por largo tiempo y la memoria difícilmente tendrá algún consuelo. Las venganzas de la naturaleza nunca son totalmente irracionales y algo de eso sabían los precolombinos indígenas del Caribe, que concibieron al Huracán como un dios maligno, un castigo divino capaz de devastarlo todo. Sólo que aquellos indios temían y reverenciaban una naturaleza cuyas leyes no comprendían, una misma naturaleza que durante los últimos siglos, creyéndose superiores a ella, los seres humanos se han empeñado en desafiar, agredir, insultar, sin medir las consecuencias de un combate en el cual por un tiempo, quizás por mucho tiempo, podíamos resultar vencedores. Pero no todo el tiempo.

Ana, Uriel, Debbie, Javier y más de un millón de personas tienen hoy, bajo el agua del agigantado Pontchartrain (maravilla del ingenio humano) una parte de sus vidas que ya nunca podrán recuperar. Por muchos meses no tendrán posibilidad de regresar a lo que fueron sus casas, si es que deciden volver. ¿Volver para qué?, se pregunta Uriel ¿Para ver la imagen más terrible de la desolación, los restos de lo que fue su ciudad? Sí, tal vez Nueva Orleans pueda recuperar parte de su fasto, de sus sonoridades, de su vida entre un río poderoso y un lago sórdido. Pero la vida nunca recuperará su ritmo y la memoria herida recordará a la ciudad como un mártir más de una guerra declarada por los humanos sin demasiada conciencia de que, tarde o temprano, vamos a ser los derrotados.