La clave de la bóveda

Por Manuel Milián Mestre, ex dirigente del PP (EL PERIÓDICO, 13/10/07):

Desde que los romanos descubrieron el arco y, dando la vuelta sobre su eje, proyectaron la bóveda, el punto fundamental de esta estructura arquitectónica es la clave: la piedra que engarza los dos montantes, el epicentro de las fuerzas que distribuye. La clave es, pues, la clave. Sin ella se derrumbarían por su propio peso bóvedas y arquerías.
En política sucede otro tanto. La arquitectura de la transición, y de nuestra democracia, mantiene su vigor a partir de la consensuación de la Corona. No es que España sea un país especialmente monárquico, pero la Constitución de 1978 no hubiera sido posible, ni su estabilidad a lo largo de tres décadas, sin ese descubrimiento que republicanos como Tarradellas o Santiago Carrillo supieron aceptar bajo la advocación de Juan Carlos I. ¿Se hubiera dado un milagro tal a partir de Don Juan de Borbón? Los republicanos tuvieron que renunciar a muchas cosas, pero tengo mis dudas razonables de que la derecha española hubiere acatado una fórmula republicana en 1975-76.

HASTA QUE José María Aznar manifestase sus veleidades azañistas (¿por influjo de Jiménez Losantos y sus autodenominados liberales?) tuvieron que transcurrir 20 años, y un largo gobierno de Felipe González que sirvió de reválida de una forma de Estado, no fácilmente asumible por los socialistas antes de la muerte de Franco con la ductilidad que luego demostraron tras el consenso de la Constitución. No suponía una cesión de sus argumentos históricos, antes bien una extraordinaria manifestación de madurez política y sentido de la realidad. España sociológicamente era lo que era, y no lo que ciertos doctrinarismos apetecían que hubiere sido. De ahí mi profundo respeto al sentido de Estado que el socialismo de la transición exhibió frente a lo que otros “rupturistas” hubieran preferido.

CUANTO acaece no deja de causarme asombro, y no por mi fe monárquica –que no lo soy–, sino por entender que desmontar la clave de la bóveda supondría sin duda el hundimiento de la arquitectura po-
lítica que la transición nos legó. ¿Estamos, acaso, en condiciones de aventurarnos a una desconstrución como esta? Quienes así lo juzguen probablemente estarán perpetrando un error de vastas consecuencias en la desestabilización de nuestra democracia. Quienes se han dispuesto a quemar fotos saben que su gesto trasciende el hecho: afecta a la simbología. Algo que históricamente se ha demostrado en la península como el umbral de otros derrocamientos más peligrosos. La dialéctica símbolo-significado proyecta la intencionalidad de la acción a las instituciones representadas por dicha simbología. Es decir, a la institución misma, no a las personas.

TODA ACCIÓN que carezca de una finalidad específica se arriesga al fracaso. Tomás de Aquino, en el libro I sobre La Monarquía, escribe: “El hombre tiene algún fin al que se ordena toda su vida y su acción, porque actúa por medio del entendimiento cuyo obrar se descubre por su fin”. ¿Y cuál es el fin de estas generaciones antimonárquicas: el cuestionar la persona o la institución? Si se quita la clave de la bóveda, el sistema no resistirá. ¿Es el fin buscado?