La clave, la internacionalización

Tras cuatro años de crisis económica y uno y medio en el epicentro de las tensiones europeas, es comprensible que el pesimismo nos tiente. Sin embargo, ahora más que nunca, debemos mantener la perspectiva: distanciarnos de las dificultades —que no ignorarlas—, reflexionar, analizar nuestra estrategia, nuestros cimientos, y reconocer en ellos nuestras fortalezas. Fortalezas que, por muchos errores cometidos, siguen estando ahí. Con todo, quisiera destacar una fortaleza concreta, no solo por la trascendencia que ha adquirido durante este periodo de dificultad sino, sobre todo, por su exitosa trayectoria durante más de una década. Me refiero, sin duda, a la capacidad de internacionalización de las empresas españolas.

Entre 2000 y 2008, el volumen de exportaciones creció, en promedio, un 5% anual. Un éxito, puesto que el contexto nos era doblemente adverso: se perdió competitividad —entre un 10% y un 14% en función del indicador— y los grandes emergentes dieron el salto exportador. Pero si esa cifra es encomiable, su avance desde 2010 ha sido espectacular. Con un crecimiento anual promedio del 7%, las exportaciones españolas fueron, junto a las alemanas, de las primeras en recuperarse de la debacle del comercio mundial en 2009 y de las pocas, en Europa, que ya han superado sus niveles de antes de la crisis. El éxito del sector exterior cabe atribuirlo al buen quehacer de un nutrido grupo de empresas que han sabido potenciar y explotar sus ventajas competitivas más allá de nuestras fronteras, superando todo tipo de barreras en mercados ajenos y en entornos no siempre propicios.

La empresa española con actividad internacional ha demostrado ser competitiva, preservando una elevada cuota de mercado global —tanto en bienes, en torno al 1,6%, como en servicios, en torno al 3,5%— aun cuando el viento soplaba en contra. Lo ha conseguido manteniendo unos estándares de productividad y eficiencia superiores a la media española —pero también a muchas de sus homólogas europeas— y abriéndose camino al exterior por distintas vías. Por un lado, especializándose en sectores de tecnología media-alta en los que la competencia se dirime no tanto en precios como en diferenciación de producto, marca y calidad. Por otro, explorando y adaptándose a nuevos mercados con gran potencial. La innovación también ha sido un ingrediente fundamental: innovación en sectores punteros en tecnología y también en los sectores más tradicionales que nos podamos imaginar. Seducir a clientes externos con el know-how, conocimiento e ideas desarrollados en nuestro país también ha sido un elemento fundamental para las grandes constructoras españolas o las instituciones financieras. En definitiva, el sector empresarial ha mantenido un espíritu de iniciativa constante, superación e ingenio del que, por fortuna, seguimos y seguiremos beneficiándonos.

La economía española está inmersa en un proceso de ajustes que lastrarán la demanda interna por un periodo prolongado de tiempo, por lo que la clave de la recuperación está en el sector exportador. En ese sentido, las ventajas en competitividad-precio cosechadas desde el inicio de la crisis —los costes laborales unitarios en relación a los de la Eurozona han retrocedido 13 puntos porcentuales desde su máximo en 2008— constituyen un factor de apoyo imprescindible en un entorno cada vez más competitivo. Las dificultades del mercado interno en el corto plazo también componen una palanca de impulso para que más empresas españolas se animen a salir al exterior: en 2011, 123.000 empresas españolas, un 12,5% más que en 2010, exportaron algún tipo de mercancía y el número de empresas que iniciaron o retomaron su actividad exportadora tras al menos cuatro años sin hacerlo aumentó en un 30%.

Nuestras empresas saben del enorme potencial que ofrece un mercado de alcance mundial. En muchos puntos del mundo, están emergiendo economías cuyas perspectivas de futuro son extremadamente halagüeñas y donde surgen y seguirán surgiendo grandes oportunidades. ¡Hay que buscarlas y aprovecharlas! La clave está en la anticipación y la innovación.

Desde el ámbito institucional, cabe emprender iniciativas que promuevan dicha labor y faciliten la internacionalización. Sin embargo, el verdadero motor de la internacionalización está en la propia empresa y en sus directivos. Para profundizar sobre el papel clave que desempeñan los directivos en los procesos de internacionalización, la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos reunirá en Madrid el 18 de octubre a un millar de dirigentes en su Jornada anual bajo el lema Liderando sin fronteras. Un encuentro que permitirá también revitalizar la confianza necesaria para emprender el siempre difícil camino de la conquista de nuevos mercados.

A estas alturas, pocos cuestionan el hecho de que la internacionalización impulsa el crecimiento económico, pero dicho impulso pasa de ser beneficioso a esencial cuando el gasto interno no aporta el dinamismo suficiente. España está en recesión pero, no nos quepa duda alguna, saldremos del trance y para ello es básico confiar plenamente en que nuestro sector exterior, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, nos alumbre el camino hasta esa preciada luz al final del túnel.

Isidro Fainé es presidente de CaixaBank y de la Confederación Española de Ejecutivos y Directivos (CEDE)

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