La cocina de Procusto

La polémica que acompaña al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en los últimos meses puede analizarse desde una doble óptica: comunicativa y sociológica. Desde un punto de vista comunicativo, estar todo el día en el centro del debate público es lo peor que le puede pasar a un centro que se dedica a realizar investigación social y electoral. El bajo perfil mediático que habían ofrecido en los últimos años los presidentes del CIS, sumado a la práctica de no ofrecer análisis electorales más que cuatro veces al año, permitía al Centro escapar de la dinámica de lucha partidista y le ayudaba a consolidarse como un organismo de investigación del Estado en sentido amplio, al servicio del conocimiento de la sociedad.

Aunque sea legítimo discutir la existencia de un centro público dedicado a la investigación, es evidente que la rica serie de datos que ha ido acumulando el Centro a lo largo de las últimas décadas son una magnífica herramienta que permite conocer cómo va cambiando la sociedad española a lo largo de los años. En cualquier caso, si nos tomamos como sociedad en serio el papel que las instituciones juegan en la configuración de una democracia liberal robusta, es necesario que la actuación de las mismas sean percibidas como legítimas por el conjunto de la ciudadanía y que su actuación no forme parte del debate público, porque eso contribuye a debilitar esa misma percepción.

La cocina de ProcustoEn esta misma línea comunicativa, otro elemento que debe analizarse es hasta qué punto es bueno que cale en la sociedad la idea de que el CIS sólo hace encuestas electorales. Nunca ha sido su función básica y de hecho en los barómetros que realiza de modo mensual, la política nunca ha ocupado un papel principal. Los barómetros del CIS, por no hablar del resto de estudios que realiza cada año, permiten conocer las fracturas que descosen a la sociedad española, así como los elementos que la articulan. Gracias a eso sabemos que el paro es lo que más preocupa a los españoles o que suele haber relación entre preocupación por la inmigración y bonanza económica. Como además los datos se ofrecen con un aceptable grado de segmentación, la riqueza de los análisis se multiplica. Sin ir más lejos, en esta última entrega sabemos que los votantes de Podemos se consideran a sí mismos mejor informados sobre la política nacional que la mayoría de la gente, o que los habitantes de la España rural (y vacía) son los que menos consideran que su voto contribuya a sostener la democracia.

Si se analiza la polémica desde el punto de vista sociológico, es bueno realizar algunas consideraciones previas que ayuden al lector a situarse en la materia. Los expertos que realizan estudios electorales construyen la estimación de voto porque la experiencia nos ha demostrado que no basta con preguntar a quién va a votar una persona para obtener un resultado fiable: si solo usáramos esa variable, al PP las encuestas nunca le hubieran asignado escaños en las elecciones al Parlamento vasco, por ejemplo, porque durante los años del terrorismo nacionalista de ETA, el voto directo que obtenía encuesta tras encuesta en las tres provincias vascas era muy bajo. Por lo tanto, las metodologías que se usan en la actualidad son fruto de muchos años de constatación empírica de los límites de la investigación electoral, unos límites que, por cierto, se ven ahora avalados por los resultados de los análisis de la neurociencia.

Aunque es ahora cuando empezamos a despertar todos del viejo (y maravilloso) sueño ilustrado del individuo dotado de libre albedrío y que se comporta conforme a parámetros racionales, algo de esto mismo intuían los que hacían encuestas desde hace muchos años. Y ello es así porque, como ha señalado con brillantez en estas páginas en varias ocasiones Manuel Arias Maldonado, la importancia de los sentimientos en el ser humano es tal que no es honrado hablar de individuos soberanos, porque «estamos en realidad a medio camino entre el sujeto racional teorizado por Kant y el sujeto deconstruido del que nos hablaba la postmodernidad». Por eso, y no por maldad o por conspiraciones, los resultados en bruto de una encuesta se cocinan, pero como, ¡ay!, entramos en terrenos complejos metodológicamente, en los que se combinan la emoción y la razón, no hay una receta universal para elaborar la estimación de voto. Una estimación en la que, por cierto, el voto directo tiene la misma relación con la estimación final que los garbanzos con el cocido: sin ellos no se puede hacer, pero crudos no hay quien se los coma.

Entre los elementos que se usan de manera más habitual cuando se elabora una estimación de voto están el recuerdo de voto y la simpatía, pero estos elementos también hay que manejarlos con cuidado. Cuando un partido pierde el poder, una parte de sus votantes, los más desanimados, tienden a pensar que ellos en realidad nunca lo votaron, mientras que, por el contrario, cuando llega al poder, una parte de las personas que se quedaron en casa tiene a recordar que en realidad sí que fueron a votar. Así de complejo es el sujeto post-soberano que nos encontramos cuando nos miramos al espejo. Por eso, el recuerdo de voto se pondera, para que no nos lleve por un camino erróneo a la hora de elaborar la estimación de voto: si en las elecciones del verano de 2016 el Partido Popular le sacó unos 11 puntos al PSOE, ahora en el recuerdo de voto la diferencia favor del PSOE no para de crecer y es ya de unos cinco puntos. Es por ello por lo que los elementos que se usan para elaborar la estimación de voto en una encuesta se ponderan para luchar contra esos sesgos y se trabajan con un cuidado extraordinario que ha situado a la investigación electoral española a la vanguardia en occidente. El problema, porque adivino ya la sonrisa condescendiente en algún lector, es que las encuestas electorales son parecidas a los árbitros en los partidos de fútbol: nadie habla de ellas cuando las cosas salen bien, y todo el mundo las pone en el punto de mira las (pocas) veces que salen mal. En este mismo periódico, Sigma Dos detectó en enero de 2014 que muchos españoles pedían la emergencia de nuevos partidos para terminar de salir de la crisis económica. O por no irnos muy lejos, las encuestas publicadas en septiembre de 2016 por los grandes medios acertaron sin demasiado error tanto el resultado de Alberto Núñez Feijóo y el hundimiento del Bloque en las últimas elecciones gallegas, como también pronosticaron de manera correcta que Bildu iba a ser la segunda fuerza política en el Parlamento vasco o que el PSE iba a obtener los peores resultados de su historia en unas elecciones autonómicas.

Nadie discute la legitimidad de la dirección del CIS para realizar los cambios que le parezcan oportunos. Y creo que tampoco es positivo discutir la buena voluntad de los mismos, pero estos cambios deberían hacerse de manera tranquila y buscando el mayor consenso posible. Variar el tamaño de la muestra puede poner en peligro la comparabilidad de los datos que el CIS ha recogido a lo largo de estos años. Modificar las preguntas del cuestionario para introducir aspectos que forman parte del marco comunicativo del Gobierno (preguntar por la crispación, por ejemplo) no ayuda a transmitir una imagen neutral del centro. Evitar ponderar las respuestas o estimar probabilidad de votos en los indecisos argumentando que eso supone «transformar o corregir a la opinión pública» supone desperdiciar años de investigación y convertir la cocina electoral en un lecho de Procusto, (ya saben, la cama de aquel posadero de la mitología griega que amputaba o estiraba los miembros de sus huéspedes para que coincidieran con el tamaño del lecho que les ofrecía) al que se intenta amoldar una realidad caótica y cambiante que no se va a dejar.

Por primera vez en muchos años, las estimaciones electorales del CIS se alejan con claridad del consenso que ofrecen las de las empresas del sector, a la vez que el Centro parece haber renunciado a una parte del conocimiento acumulado estos años pensando que así ofrece un mejor servicio a la sociedad. Por ello, las próximas elecciones andaluzas son clave para el ecosistema de la investigación electoral, ya que van a dirimir de manera simbólica quien se está equivocando con el planteamiento. Así que creo que la noche del domingo 2 de diciembre vamos a hablar todos de encuestas más que nunca.

Manuel Mostaza Barrios es politólogo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *