La cofia del presidente

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense (EL CORREO DIGITAL, 26/07/06):

Al impacto de la guerra de Líbano sobre la opinión pública se ha sumado en nuestro país el de la posición adoptada por el Gobierno socialista, y singularmente el del gesto realizado por el presidente Zapatero de exhibir una kufiya o pañoleta palestina, que aquí llamaremos cofia, en un festival internacional de las Juventudes Socialistas. A partir de este momento, estalló la mina y los fragmentos de metralla salieron en todas las direcciones. Para unos, la imagen de ZP, como su política sobre la crisis, constituyó una expresión de antisemitismo; para otros, sólo unos malintencionados pueden atribuir tanta importancia a algo irrelevante, más aún cuando el presidente no se puso la cofia, se la pusieron. Sigamos. Los socialistas elogian la política de paz así mostrada; los populares denuncian el tercermundismo de una política exterior propia de progres avejentados. Y ya más en el fondo, unos intentan demostrar que Israel ha obrado como tenía que obrar, dada la amenaza que se cierne sobre su existencia, y otros ponen únicamente el acento en lo inadmisible de una respuesta desproporcionada, reclamando el fin inmediato de las hostilidades; en el límite, a cargo de izquierdistas bien establecidos/as, resulta asumida la satanización de Israel en los mismos términos que la prensa árabe o la cadena Al-Yazira. Con incursiones en la infamia, tales como el sueño de Aznar de que la OTAN bombardee Líbano o la afirmación de José Blanco declarando que Israel busca producir víctimas civiles, tal vez en una campaña demagógica de cara a la opinión española antiisraelí. Dicho en plata, tanto Bush como Ahmadineyad tienen sus cohortes de seguidores entre nosotros.

Así las cosas, no resulta fácil la tarea de intentar poner algo de orden y de ponderación en ese universo caótico de opiniones maniqueas. Y se corre el riesgo de salir escaldado por una u otra parte. Sólo que sin ese esfuerzo de racionalización difícilmente puede pensarse en superar a corto y a medio plazo la tragedia.

Primero: la cofia en el festival. Ni es algo irrelevante, ni significa en modo alguno que Zapatero o su política sean antisemitas. Otro tanto cabe decir, frente a lo manifestado por Al-Yazira: condenar la actuación de Hezbolá no es signo de racismo propio del complejo de superioridad occidental. (Hezbolá es más que una organización terrorista y un peón de Irán, pero no deja de ser una organización terrorista y un peón de Irán). Resulta muy cómoda, y al mismo tiempo muy perturbadora, esa denuncia de antisemitismo o de islamofobia cada vez que aparece una crítica contra la política del Estado judío o del islamismo. De Menahem Begin a Sharon al provocar la segunda intifada o aplicar brutalmente un terrorismo de Estado selectivo, se han sucedido tomas de posición israelíes que acabaron siendo contraproducentes para sus propios intereses. Denunciarlas puede ser objeto de réplica. Nada más. Eso no significa que el gesto de ZP haya sido inocente. Responde a su habitual tendencia a nadar a favor de corriente ante la opinión -no se le ha visto ni se le verá con cofia kurda- y encaja con sus primeras declaraciones, luego rectificadas, tomando partido al ver sólo la agresión israelí. De paso comete el grave error de asumir un símbolo que en este momento no implica sólo la solidaridad con la causa palestina, sino que envuelve de modo implícito en tal actitud positiva a su gobierno, cuyo objetivo declarado es la destrucción del Estado de Israel. El énfasis puesto exclusivamente en ‘la paz’, recurso que ya conocemos por otras políticas de Zapatero, supone borrar la complejidad del problema y apoyar una solución que aquí y ahora, sin garantías frente a ulteriores acciones de Hezbolá, sería desastrosa para Israel.

Segundo: estamos ante una tragedia anunciada. La retirada de Gaza había sido un fracaso político, al imponerse en las elecciones palestinas una agrupación terrorista cuyo fin consiste en la eliminación de Israel. A ello se sumaba la solidez de las fuerzas de apoyo con que contaba Hamás, a partir del eje Teherán-Damasco, deseoso por añadidura de borrar la derrota que en su día supuso la salida de las tropas sirias de Líbano. Pero les quedaba la baza de Hezbolá, con sus milicias y su presencia en el gobierno. Es la que han puesto sobre la mesa, con la legitimidad que confirió a la idea de resistencia a ‘los cruzados sionistas’ la estrategia israelí de atentados ‘selectivos’, pero con proliferación de víctimas civiles, en la franja. Ahmadineyad sueña con aniquilar Israel, tiene instrumentos para iniciar la operación, y Tel Aviv creyó posible seguir usando su fuerza superior por encima de toda consideración hacia los derechos humanos, sin preocuparse porque la destrucción en el Líbano alcance niveles intolerables.

Tercero: la guerra sin nombre de los últimos días constituye una expresión lógica del conflicto que acabamos de describir. Con tal de destruir la capacidad militar de Hezbolá, el Gobierno israelí no ha dudado en una política de bombardeos masivos contra su vecino, inaceptable por lo que concierne a la producción de víctimas civiles. Pero tampoco cabe olvidar que en el Gobierno libanés hay dos ministros pertenecientes a la organización terrorista, cuyos milicianos hacen la guerra desde territorio libanés. No basta, pues, la condena en palabras a Hezbolá por su agresión en territorio israelí que desencadenó la guerra, para luego cargar las tintas sólo sobre el Tsahal. Cualquier solución pasa por satisfacer una exigencia israelí del todo razonable: inutilizar la capacidad agresiva de las milicias de Hezbolá y que en la zona de frontera sea el Ejército libanés -o en su defecto una fuerza internacional eficaz- quien se haga cargo de la seguridad, evitando toda acción terrorista en el futuro. A no ser que aceptemos la lógica de una desaparición del Estado de Israel a medio plazo.

Cuarto: lo difícil será poner el cascabel al gato. A la vista de lo sucedido, ni cabe cerrar capítulo sobre la actuación israelí sin exigir responsabilidades por las acciones de guerra sobre la población civil libanesa, ni puede pensarse en algo parecido a la paz con un alto el fuego que dejara en condiciones de reincidir a una organización terrorista e islamista cuya razón de ser es la guerra y la eliminación del otro. Su líder, Hassan Nasrullah, olvidado por nuestro Gobierno y nuestra Prensa, lo repite una y otra vez: no está dispuesto a ceder en nada. Ignorar su protagonismo, y a través suyo, el de Irán, es confundirlo todo. Gestos irreflexivos como el de la cofia o visiones reduccionistas, tan del gusto de Moratinos, por no hablar del apocalipsis en que se ha instalado Rajoy, sólo contribuyen a limitar las posibilidades de España para incidir positivamente sobre ambos contendientes poniendo fin a la tragedia. Algo que estaba a nuestro alcance tan sólo hace una semana.

(¿Por qué ‘cofia’? Según María Moliner, «prenda femenina que se pone sobre el pelo cubriéndolo todo o en parte». Si ampliamos su uso al otro sexo, parece una traducción más adecuada de kufiya que pañuelo o pañoleta).