La cólera de Albert

Una y otra vez, le hemos preguntado a Albert Rivera por los límites del veto a pactar con Sánchez y el PSOE, buscando rendijas por las que deslizar la palanca que pudiera relativizarlo, tales como la distinción entre el partido y su líder, la lógica ambivalencia de toda formación de centro o el clamor que se suscitaría tras un resultado en el que, juntos, sumaran la única mayoría alternativa al actual gobierno Frankenstein.

Ha sido como topar con un muro. Una y otra vez, Albert Rivera ha dejado claro que no habrá tregua ni cuartel hacia Sánchez, aferrándose a la resolución unánime de la Ejecutiva de Ciudadanos, rechazando de plano toda hipótesis de entendimiento con "quien ha pactado con los golpistas", sea cual sea el desenlace del 28 de abril. Incluso ha zanjado mi quinta o sexta repregunta con un desplante retórico, muy de Manuel Fraga: "Queremos echarlos… y punto".

Cualquiera diría que tras este titular inapelable hay una cuestión personal, a guisa de justa correspondencia por todas las descalificaciones que Sánchez ha vertido contra él, tanto en la tribuna como en el magno libro, inspirado por el San Juan de la Cruz de "decíamos ayer", primo hermano del Calderón de la Barca de "en un lugar de la Mancha". Rivera niega con énfasis esa fijación -"No es que me caiga bien, mal o regular..".- y yo le creo porque, en efecto, se trata de un asunto de mucho más calado.

La cólera de Albert Como el lector de EL ESPAÑOL podrá comprobar, tal vez estemos ante la entrevista en la que Rivera se haya expresado con más contundencia y claridad, desde que Ciudadanos es una gran formación política. Y si bien es cierto que todas sus referencias a Sánchez y al actual gobierno rezuman indignación, se trata de una indignación serena, al menos tan reflexiva como emocional. Los motivos cercanos no le faltan -"He visto a mi familia llorar, he visto el miedo, voy con escolta en mi tierra..".-, pero lo que se abre camino en el "a por ellos" de Rivera es la capacidad analítica que le lleva de lo particular a lo general.

Es un hombre resuelto, pero no ofuscado. De hecho, su respuesta al "¿cómo estás?", menos tópico de lo habitual, con que le saludé al entrar a su modesto despacho en el Congreso, su respuesta fue rotunda: "Contento". Y, en efecto, ese es el tono vital, que impregna la entrevista que le hicimos Daniel Ramírez y yo: Rivera está contento.

No faltarán los guiños y codazos bajo la mesa, en alusión a los rumores sobre quién puede ser la suegra agraciada con este yerno que a todas las madres les gustaría tener. Pero, aunque todo ayuda, creo conocerle lo suficiente como para relacionar, primordialmente, su estado de ánimo, el de un hombre decidido a entrar en combate, con la fuerza interior de quién encara una cuesta empinada, convencido de que hace lo que debe.

La cólera de Albert -y desde luego que la hay en cada meandro de su relato de lo ocurrido desde la investidura de Sánchez-, no es, por eso, un sentimiento iracundo incontrolado. Se parece más a la ménis que Homero utiliza en la primera línea de La Ilíada para referirse a la "cólera de Aquiles", descartando otras palabras griegas de idéntica traducción, pero diferente sentido. No estamos ante un brote de rabia subjetivo, ante el cabreo fruto de un agravio que genera la sed de revancha. Aquí hay algo mucho más consistente y profundo.

Como se sabe, la "cólera de Aquiles" o, para ser más exactos, las dos "cóleras de Aquiles" sirven de hilo conductor a los episodios de la guerra de Troya, narrados por La Ilíada. La primera manifestación de esa "cólera" se produce cuando el rey Agamenón, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria griega, frustrado por haber tenido que devolver a una de sus esclavas a su padre, sacerdote de Apolo, tras la plaga con la que ha sido castigado su ejército, se apodera de Briseida, concubina de Aquiles. Es un acto de ciega soberbia, una exhibición de hubris, un ejercicio de abuso de poder, contrario a los intereses generales de las tropas aqueas, en la medida en que siembra la división y desacredita a un jefe egoísta.

La subsiguiente ménis o "cólera" de Aquiles es interpretada por el emérito en Estudios Clásicos de la Universidad de Brandeis, Leonard Muellner, como "una sanción cósmica contra una conducta que viola las reglas más básicas de la sociedad humana". Eso es lo que siente Rivera que ha hecho Sánchez, al disponer de algo que no le pertenece, la soberanía nacional y la igualdad ante la ley de todos los españoles, catalanes incluidos, con la misma ligereza con que Agamenón se apoderó de Briseida. También a él, le afecta el asunto en la esfera más cercana; pero lo que predomina es la necesidad vital, la urgencia social, de rebelarse contra la injusticia.

Parece fuera de duda que la cólera de Albert tiene fundamento, en la medida en que Sánchez ha dado alas a Torra, oxígeno a Junqueras y esperanza a Puigdemont; pero queda el matiz, de que, así como puede suponerse que Agamenón consumó cuanto quiso con Briseida, la coyunda política de Sánchez con los separatistas nunca ha pasado de los escarceos o, si se quiere, del grado de tentativa.

Los dos episodios que Rivera pone como máximos exponentes de la "traición" de Sánchez a los principios constitucionales son ciertamente ignominiosos. En la cumbre de Pedralbes se escenificó la bilateralidad propia de un conflicto internacional y se orilló toda referencia al marco constitucional. Y el relevo del Abogado del Estado, que se negaba, de cara al juicio a los golpistas, a sustituir la calificación de "rebelión" por la de "sedición", acumuló la albarda del despotismo a la de la lenidad. Pero ni en el primer caso se pasó de la retórica hueca, ni en el segundo de un guiño, supeditado a la superior fuerza acusatoria de una fiscalía inasequible al desaliento y, por supuesto, al criterio definitivo del tribunal.

Por otra parte, es cierto que los avisos de las malas intenciones de Sánchez, caso de volver a necesitar a los separatistas, abundan por doquier. Los indultos a los presumiblemente condenados estarían a la vuelta de la esquina y la negociación con relator incorporado y el derecho a decidir, sobre la mesa. Cuatro años más con ese tira y afloja colocarían, desde luego, al orden constitucional al borde del abismo o, tal vez incluso, en el fondo del barranco, como pronosticaba aquí, hace una semana, Pablo Casado.

Pero lo temible no es lo inevitable, y menos con las urnas de por medio. Lo óptimo sería que Ciudadanos y PP sumaran mayoría, o quedaran mínimamente condicionados por Vox, y desalojaran a este PSOE de la Moncloa. Ese y no otro debe ser el gran objetivo común de Casado y Rivera. Sin embargo, un partido de centro debería contemplar, subsidiariamente, al menos como mal menor, el plan B de que el resultado permita a Sánchez cambiar de nuevo de política y de socio. No sería nada edificante, pero tendría la gran ventaja de la transversalidad, a la hora de adoptar las ineludibles medidas enérgicas que va a requerir Cataluña.

La forma en que Rivera se aferra a la "gran decisión" de la ejecutiva de Ciudadanos, a la "línea roja" de "no negociar con quien ha intentado liquidar una democracia", tiene el dramatismo solemne del todo o nada. Su cierre en banda a cualquier transacción con Sánchez evoca, incluso, la segunda cólera de Aquiles, cuando, con el alma desgarrada por la pérdida de su querido Patroclo, afronta su duelo a muerte con Héctor. Lo que aflora, en el momento en que este le propone un pacto para que el vencedor permita que el vencido sea enterrado dignamente, ya no es la ménis, sino otro tipo de cólera que deshumaniza a los héroes, pero alejándolos, a la vez, de los dioses. "No me hables de pactos", responde Aquiles. "Entre hombres y leones no caben los juramentos vinculantes".

Es probable que las razones y pulsiones de Albert Rivera coincidan, en este caso, con una acertada estrategia electoral. Ciudadanos no puede permitirse la sangría de votantes que se produciría por la derecha, si los movilizados en defensa de la España constitucional percibieran la menor disposición a entenderse con quien la ha puesto en almoneda. Los estrategas naranjas perciben, además, la aparente paradoja de que cuanto más dura es su confrontación con Sánchez, más atractiva resulta su propuesta para aquellos socialistas que, como Mesquida o Corbacho, se sienten traicionados por las cesiones al separatismo.

Rivera debe medir, en todo caso, su intensidad debeladora. Cuidado con los decibelios. La política no es, al menos no debería ser, ni siquiera en la España más melodramática, una mera trasposición de la guerra ancestral entre clanes que evocó el coro del Teatro Real, al incluir un fragmento de Lucia de Lammermoor en el concierto conmemorativo del 40 aniversario de la Constitución, que sirvió el jueves de colofón a la legislatura. Como subrayó el presidente de la institución, Gregorio Marañón, al día siguiente de las elecciones España volverá a necesitar grandes acuerdos con sentido de Estado. Y todos sabemos, además, que, como socarronamente comentaba José María Barreda en la posterior recepción, con el desapego de la despedida, "las urnas son el Jordán que todo lo lava".

Mi gran preocupación, ante una campaña tan corta y atípica como la que se avecina, es que la España abúlica y despistada, encanallada por el duopolio televisivo milmillonario que blanquea a los golpistas, no perciba la trascendencia del envite a vida o muerte que plantea Rivera, trivialice la cuestión catalana como un fastidioso fenómeno meteorológico recurrente -lluvias en el Ampurdán y barricadas incendiarias de los CDR en la AP-7- y se deje seducir por los ruinosos cantos de sirena del gasto público de Sánchez.

Sería muy frustrante que el carácter monotemático de la campaña generara un proceso de cetosis política, equivalente a la que se produce en el organismo cuando una dieta recurrente, sin la variedad de los carbohidratos y proteínas, provoca un adelgazamiento artificial. Nada desearían tanto los estrategas de Sánchez como que la justificada cólera de Rivera se volviera contra él y ayudara a ocultar las atractivas propuestas que, reduciendo la fiscalidad, producirían crecimiento económico y, por ende, mejor protección social sostenible; y, ampliando los derechos civiles, generarían igualdad de oportunidades, mediante el ejercicio de la libertad.

Se trata de que los árboles del bosque, por apabullantes que sean, no nos impidan ver el bosque. El separatismo catalán no es sino uno de los tres populismos que se nutren de la debilidad endémica de España. Como bien preconiza Rivera, la solución son las reformas.

Desde el inicio de la democracia, no había habido una ocasión en la que quienes nos sentimos tan distantes del conservadurismo como del socialismo, es decir esa inmensa tercera España, progresista en tanto que liberal, encontrara un partido, un programa y un líder tan a la medida. Aprovechemos la cólera de un hombre contento.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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