La competitividad de Europa

Se dice que el presidente del Banco Central Europeo muestra en todas las reuniones un gráfico que presenta la evolución de los costos relativos de los salarios en los 16 países miembros de la zona euro. En este gráfico se observan divergencias en aumento en los diez últimos años, en los que los países que ahora se enfrentan a dificultades (Grecia, Portugal y España) han perdido competitividad en alrededor de un 20% respecto de Alemania. En otras palabras, desde 1999, los costos salariales han aumentado cerca de un 20% menos en Alemania que en el sur de Europa. La conclusión parece obvia. Los miembros del sur de Europa de la zona euro tienen que reducir sus costos salariales para recuperar la competitividad que han perdido desde que adoptaron la moneda común.

Las inquietudes por dichas divergencias también han llegado al grupo de trabajo encabezado por el presidente de la Unión Europea, Herman van Rompuy, quien se supone que debe elaborar reformas fundamentales a las normas de coordinación de las políticas económicas de la UE. Una propuesta clave de la primera reunión del grupo de trabajo fue el desarrollo de indicadores de competitividad, y después obligar a los países miembros a tomar “medidas correctivas” si la UE observa divergencias importantes.

Pero existe el riesgo de que este enfoque vaya en la dirección equivocada. La competitividad, que normalmente se mide en términos de costos unitarios de la mano de obra, es un concepto relativo. Las ganancias de un país son las pérdidas de otro. Restablecer la competitividad en algunos países miembros (España, Grecia) requeriría que otros (Alemania, en primer lugar) aceptaran pérdidas en las propias.

El ajuste podría darse mediante incrementos salariales en países con costos de mano de obra más bajos, en lugar de hacer recortes en los países donde los costos son muy altos. La respuesta oficial a esto es que no se debe obligar a ningún país a subir los salarios, y que todos ganan si las reformas estructurales hacen que crezca la productividad. Esto último es ciertamente correcto pero no resuelve el problema fundamental – que los costos unitarios de mano de obra relativos de un país pueden bajar solamente si los de otro país aumentan-.

Incluso, suponiendo que se pueda llegar a un acuerdo en la zona euro sobre la forma de asignar las ganancias deseadas, así como la pérdida de competitividad entre países, los estados miembros no son economías de planificación centralizada. Es poco lo que puede hacer un gobierno en una economía de mercado para forzar que haya una reducción de los salarios en el sector privado.

Los gobiernos pueden, por supuesto, imponer recortes de los salarios del sector público. Ya se está haciendo a gran escala en Grecia y España, por ejemplo. Sin embargo, hay poca evidencia empírica de que los salarios del sector público tienen un impacto significativo sobre el crecimiento de los salarios del sector privado.

Entonces, ¿la solución es una mayor productividad? Incluso, suponiendo que los gobiernos pudieran identificar e implementar reformas estructurales que produzcan un rápido aumento de la productividad, no es claro que un incremento de la productividad conduzca a una mayor competitividad.

De hecho, en toda la UE a menudo lo contrario es cierto. Algunos de los países que lograron el mayor crecimiento de la productividad de la mano de obra también perdieron una parte significativa de competitividad (por ejemplo, Irlanda).

¿Cómo es posible? Después de todo, una mayor productividad debe hacer que bajen los costos unitarios de mano de obra. No obstante, las mejoras en la productividad son fácilmente contrarrestadas con cambios en los salarios. Mientras que el aumento de la productividad normalmente se mide en fracciones de puntos porcentuales, los incrementos en los salarios han sido mucho más pronunciados.

Entonces, la pregunta real es ¿qué es lo que impulsa los salarios? Los datos a nivel de país indican que los incrementos de salarios más grandes en la última década generalmente están asociados con el mayor crecimiento de la demanda interna (por ejemplo, España, Grecia).

¿Son los salarios los que impulsan la demanda? ¿O al contrario? La gran pérdida de competitividad en el sur de Europa se produjo a raíz de que el desempleo se había reducido significativamente. Por consiguiente, la pérdida de competitividad medida en el sur de Europa no se debe atribuir a la falta de reformas estructurales o a sindicatos poco razonables, sino al auge de la demanda interna, impulsada principalmente por el acceso fácil al crédito asequible para el consumo (Grecia) y la construcción (España, Irlanda.) Esta demanda excesiva del consumo y la construcción condujo a una demanda pronunciada de mano de obra, especialmente en sectores protegidos como el de los servicios, aumentando así los costos salariales.

Si el problema era una excesiva demanda interna, la solución debe estar cerca. Los mercados internacionales de capital ya han reducido el crédito a estos países. La aguda reducción fiscal que ahora ha empezado en el sur de Europa debe seguir contribuyendo a una fuerte desaceleración, si no a una caída total de la demanda interna de esa región. Si los mercados laborales son flexibles, ello debe suponer salarios más bajos. En efecto, esa es la condición principal: la flexibilidad del mercado laboral debe ir tanto hacia arriba como hacia abajo.

El ajuste sería mucho más fácil, por supuesto, si los salarios no disminuyeran en Alemania también. Sin embargo, dado que el desempleo está disminuyendo en Alemania, que en el pasado tendía a aumentar los salarios (moderadamente), esto es improbable.

La propuesta de que los gobiernos “deben hacer algo con relación a la competitividad” tiene el riesgo de conducir a la adopción de un enfoque excesivamente activista de la coordinación de políticas económicas, en el que los gobiernos e instituciones de la UE constantemente estarán tratando de influir en la fijación de salarios del sector privado. Esto podría funcionar – al menos en parte-en la crisis actual, pero no podrá evitar futuras divergencias de competitividad si la demanda interna se desvía otra vez.

Las reformas estructurales siempre son útiles, pero el aumento de la productividad requiere de mucho tiempo y no siempre se traduce en una mayor competitividad. Lo que se necesita en el sur de Europa es aceptar que la demanda interna debe disminuir a un nivel que permita a los países vivir sin mayores entradas de capital. Ello debe ser suficiente para permitir que los mercados laborales funcionen hasta que el sistema encuentre su nuevo equilibrio.

Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. © Project Syndicate, 2010 Traducción: Kena Nequiz.