La complutense y el mundo que viene

Hasta hace bien poco el modelo alemán de Universidad proponía la formación de científicos; el modelo francés, formar profesionales; el modelo anglosajón, formar individuos. Una simple mirada alrededor ilustra lo que de parroquial y obsoleta tiene esa clasificación, esas categorías han quedado derogadas por la compulsión del entorno. Ahora emerge un nuevo modelo: la Universidad global en un marco planetario, en un contexto histórico cualificado por la competencia por el conocimiento y un mercado laboral flexible. El conocimiento está en el vórtice de la sociedad global y la Universidad es su principal agente de generación y transferencia.

No solo la construcción del espacio universitario europeo, sino la tendencia del mundo a la integración, apunta a que la oferta universitaria, en el plazo de unos años, quedaría reducida a un oligopolio de universidades globales. Los recursos, así como los talentos, se agruparían en torno a ellas, mientras que las demás reducirían sus objetivos a tareas específicamente regionales. La digitalización de las enseñanzas, los modelos de educación on-line con la nueva oferta de cursos masivos MOOC, apuntan a un espacio compartido donde el saber no tiene fronteras. Para conquistar un confortable lugar bajo el sol que se avecina, para ser una universidad de referencia, hay que cambiar muchas cosas.

Las universidades globales emergentes están remodelando el mundo y ganando terreno a las de Estados Unidos; las de Tsingua y Pekín juntas han superado a Berkeley como puntos de origen principales de estudiantes de doctorado en Estados Unidos. Los estudiantes se mueven, y los profesores y las universidades también: la mitad de los físicos principales del mundo ya no trabajan en sus países de origen y ya hay centenares de facultades satélites a escala mundial. La revista The

Atlantic preguntó a treinta presidentes de universidades estadounidenses sobre los países que, a su juicio, atraerán en las próximas décadas a los alumnos internacionales que hoy captan las universidades norteamericanas. China, contestaron 24 de ellos, seguida por la India, Singapur, Hong Kong y Corea del Sur. Desde Corea del Sur hasta Arabia Saudí, algunos países se defienden mejorando la excelencia de sus propias titulaciones. Hay una feroz carrera para crear universidades de investigación propias de calidad mundial y reclutar a estudiantes. En Holanda, por ejemplo, una nueva ley de inmigración abre las puertas a los graduados de las universidades que aparecen en el top 150 de rankings como el QS World University Rankings o el Academic Ranking of World Universities (ARWU, también conocido como Shanghai).

Hay una batalla mundial por el talento y la excelencia y esta competencia preocupa a los gobernantes, alarmados ante la amenaza que representa para la economía de sus países. Así como el libre comercio abarata los bienes y servicios, beneficiando a los consumidores y a los productores más eficientes, la competencia académica mundial está convirtiendo en norma la libre circulación de personas e ideas. Emerge una nueva generación, los «millenials» (personas nacidas en las décadas de los 80 y los 90), y emerge un tipo nuevo de libre comercio: el de las inteligencias. Los listados de reputación más reconocidos han dejado de ser una forma de comparar la excelencia universitaria para ir mucho más allá de su objetivo original: a partir de los resultados de estos rankings las universidades definen sus estrategias.

En los años 50 del siglo pasado, España lanzó al mercado interno el Biscúter, que, con tecnología nacional pero escasamente competitiva, intentó dar satisfacción a la demanda de automóviles. La experiencia no fue ni brillante ni duradera porque el mundo ofrecía alternativas mejores, si bien con tecnología foránea. Ahora España es uno de los mayores productores mundiales de coches, pero ninguna de las marcas que produce es genuinamente nacional. ¿Podría ocurrir lo mismo con la oferta de educación superior? Ese escenario, no del todo inverosímil, plantea un nivel de exigencia a la Universidad que hasta ahora no había conocido. De momento se está produciendo una diversificación institucional que señala diferencias abismales de calidad y de prestigio entre universidades formalmente iguales. Los riesgos de la pasividad imponen la necesidad de actuar.

En el primer tercio del siglo XX España era un país atrasado; pero de entre todas las instituciones patrias sólo la Universidad no desmerecía de las europeas. La Central estaba a la altura de las mejores del mundo; ahora se llama Complutense, ya no es una universidad de referencia y lo que le queda de prestigio vive de las rentas, como prueba el hecho de que bajaría unos ochenta puestos si no se considerase el Nobel concedido a Severo Ochoa hace más de medio siglo. Como no es posible negar esa realidad anómala, suele explicarse por la insuficiencia de financiación. Es una afirmación dogmática y, por lo tanto, poco universitaria; como mucho, es una verdad a medias. No sólo no todo es dinero, sino que a partir de cierto nivel de recursos no existe proporcionalidad entre el presupuesto y la calidad. Quienes han estudiado las claves del éxito de las universidades identifican algunos factores comunes: el espíritu innovador, la estrategia clara, la dirección creativa y profesionalizada, el equipo entusiasmado con el proyecto, la concentración de talento, el tamaño crítico de los equipos de investigación, los grupos multidisciplinares que exploran entre las fronteras de los campos del conocimiento. Añadiría que el éxito depende también del principio de realidad, que es refractario a los ensueños ideológicos.

La Universidad Complutense está sufriendo un deterioro alarmante y vegeta en una insípida gelatina de decadencia, el ruido de lo catastrófico silencia el mérito de investigadores y docentes. A pesar del capital intelectual que acumula, el cortoplacismo, la inercia y la imputación a otras instancias de las propias culpas han creado una estructura autorreferencial e ineficiente que bloquea su potencial y entorpece su capacidad de innovación. Esa dinámica precede a la crisis económica y puede sobrevivirla si no hay un nuevo impulso colectivo que la rescate del desaliento. Por su tamaño, por su historia y porque es un valor estratégico del Estado, la Complutense debería tener tanto prestigio como Harvard, Nihon, Humboldt o Cambridge, por ejemplo.

Estamos en el ecuador de la campaña de las elecciones para elegir rector; apostar por más de lo mismo sería primar el voluntarismo sobre lo razonable, o, como solía decir Einstein, no se puede solucionar un problema con las mismas ideas que han contribuido a generarlo. Es el momento de apostar por una victoria de la esperanza sobre la experiencia.

Federico Morán, catedrático de bioquímica de la Universidad Complutense de Madrid y candidato a rector.

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