La concordia posible

Ahora que la marea Suárez ha decrecido y que los periódicos, radios y televisiones han dejado ya de dedicarle espacio prioritario, es quizá el momento de enfocar con cierta perspectiva las informaciones que nos ofrecieron y observar algunos detalles. El primero es el de la inscripción de la lápida de la tumba que contiene los restos de Adolfo Suárez y de su mujer Amparo Illana, “La concordia fue posible” que, a modo de lema o conclusión de la vida del presidente, aparece grabada debajo de sus nombres. La afirmación lapidaria por partida doble, en sentido literal y figurado, resume, en cierto modo el espíritu de Suárez, una persona que, por encima incluso de sus ambiciones personales, buscó el acercamiento de los contrarios e hizo del consenso su paradigma político. No cabe duda de que cada una de las palabras del epitafio ha sido escogida con cuidado e incluso, quebrando la expectativa de lo esperable, en vez de “Hizo posible la concordia” se ha optado por una frase de apariencia más ambigua como “La concordia fue posible”. Posible, por descontado, gracias a él, gracias a Suárez, interpretamos.

Al parecer, según uno de los periodistas que más saben sobre el fallecido presidente, Fernando Ónega, tal epitafio no fue idea de Suárez, sino de su familia, tal vez de su hijo mayor que, desde que anunció a los medios el inminente final de su padre hasta que concluyeron los actos fúnebres de homenaje con el funeral de Estado, acaparó para sí el mayor protagonismo. Sólo monseñor Rouco Varela, con su pericia para meter no una sino las cuatro patas, pudo arrebatárselo brevemente. El epitafio me parece pues muy certero, sin las habilidades extraordinarias de Adolfo Suárez la transición hubiera sido muy distinta y sin duda mucho peor. No olvidemos que sin la legalización del Partido Comunista, en la que se empeñó aun a sabiendas del riesgo que corría frente a la vieja guardia franquista y de lo que podía llegar a costarle, como así fue, no hubiera habido concordia. Una palabra que curiosamente usaba por entonces mucho más la izquierda que la derecha pero que el presidente hizo suya.

Tal vez porque la inmensa mayoría de españoles estamos de acuerdo en el epitafio apenas nos hemos fijado en que la lápida contiene una referencia un tanto absurda. Tras el nombre de Suárez aparece “Expresidente del Gobierno”. Una obviedad del tamaño de la torre Foster porque todo difunto es ex cualquier cosa que haya sido. Poner “Presidente del Gobierno 1976-1981” habría sido mucho más apropiado.

Pero hay además un segundo aspecto que me ha llamado igualmente la atención. Entre las fotografías de Suárez que se han reiterado en diversos canales televisivos, hemos podido ver una en la que la cámara capta al presidente del Gobierno trabajando en su despacho junto a la que fue la primera jefa del gabinete de Presidencia, Carmen Díez de Rivera. Un personaje, a mi juicio, fascinante y que hubo de ejercer un papel en cierto modo importante en la transición. Inteligente, guapísima, enormemente atractiva, sólo dos puntos menos que Suárez, sin duda entre los presidentes de la democracia el mejor y el más seductor. Fue Carmen la encargada de acercarse, en el hotel Ritz de Barcelona, a Santiago Carrillo, que se la comía con los ojos, al poco de abandonar la peluca de clandestino. Díez de Rivera daba así el primer paso hacia los comunistas, en nombre de Suárez y quizá también a título personal, afilando el alfiler de su venganza, por supuesto engastado en brillantes, no contra el líder del PC sino contra la clase en que nació. Carmen Díez de Rivera, a la que tuve la fortuna de conocer en casa de Soledad Ortega, era hija extramarital de Serrano Súñer, el cuñadísimo de Franco, puesto que estaba casado con la hermana de Carmen Polo, y de Sonsoles de Icaza (por Sonsoles de caza y pesca se la conocía entre la alta sociedad madrileña). Sonsoles también estaba casada, con el marqués de Llanzol, una buenísima persona, bastante mayor que ella, que, al parecer, se pasó la vida en Babia. Carmen Díez de Rivera guardó siempre un especial amor por el hombre que la creía su hija y que se ocupó de ella como un verdadero padre. Se enteró de que no lo era cuando –oh destino cruel– se enamoró de su hermanastro, uno de los hijos de su padrino, Ramón Serrano Súñer. Por la época en que la conocí me contaron que quien le advirtió que debía romper con su novio porque jamás podría casarse con él fue su tía, la escritora Carmen de Icaza, quien, por otro lado, no aprovechó para sus novelas un argumento tan enjudioso y cercano. Desesperada, Carmen entró en un convento del que se salió para irse a África como cooperante. Al regresar a España, trabajó en TVE, al parecer por recomendación del Rey, según asegura la periodista Ana Romero en un libro, Historia de Carmen, reeditado y ampliado en el 2013, con un título mucho más comercial, que nada le hubiera gustado a su protagonista.

Carmen Díez de Rivera, que formó parte del CDS y se pasó después a los socialistas, distanciada de Suárez, murió de un cáncer, en 1999. Que hubiera sido o no su amante, que tuviera al alimón otros amores reales, poco importa –dejemos que las camas de los muertos callen en paz–; sí importa, en cambio, que Díez de Rivera, a su modo y junto a Suárez, contribuyera también a la concordia.

Carme Riera, escritora.

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