La concubina del economista

En las últimas décadas, la economía ha estado colonizando el estudio de actividades humanas hasta ahora consideradas ajenas al cálculo formal. Eso que los críticos llaman «imperialismo de la economía» ha dado lugar al surgimiento de la economía del amor, del arte, de la música, del lenguaje, de la literatura y de muchas otras cosas.

La idea unificadora que subyace a esta extensión de la economía es que independientemente de lo que haga la gente —se trate de hacer el amor o de fabricar artilugios técnicos— procura lograr los mejores resultados con el menor costo. Estos beneficios y costos se pueden reducir a dinero y la gente, entonces, siempre busca la mejor rentabilidad financiera para sus transacciones.

Esto va en contra de la popular separación de actividades entre aquellas en que es correcto (y racional) considerar el costo y aquellas en que la gente no lo hace (y no debiera hacerlo). Decir que los asuntos del corazón están sujetos al frío cálculo implica, según los críticos, equivocarse. Pero en el frío cálculo, replican los economistas, reside exactamente la respuesta.

El pionero del enfoque económico del amor fue el premio nobel Gary Becker, quien pasó la mayor parte de su carrera en la Universidad de Chicago (¿dónde, si no?). En su trabajo seminal, «Una teoría del matrimonio», publicado en 1973, Becker sostenía que la elección de una pareja se da en su propio tipo de mercado y que los casamientos solo tienen lugar cuando ambas partes salen ganando. Es una teoría muy sofisticada que descansa sobre la naturaleza complementaria del trabajo de los hombres y las mujeres, pero que tiende a considerar al amor como un mecanismo de reducción de costos.

Más recientemente, economistas como Lena Edlund, de la Universidad de Columbia y Evelyn Korn, de la Universidad de Marburg, así como Marina Della Giusta, de la Universidad Reading, Maria Laura di Tommaso, de la Universidad de Torino y Steiner Strøm, de la Universidad de Oslo, han aplicado el mismo enfoque a la prostitución. En este caso, un enfoque económico parecería funcionar mejor, dado que se admite que el dinero es la única moneda relevante. Edlund y Korn tratan a las esposas y a las prostitutas como sustitutos. Una tercera alternativa, trabajar en un empleo común, se desecha mediante un supuesto.

Según los datos, las prostitutas ganan mucho más dinero que las mujeres en empleos comunes. La pregunta es entonces: ¿por qué existe una prima tan alta por habilidades tan poco cualificadas?

Del lado de la demanda se encuentra el macho libidinoso, a menudo en tránsito, que evalúa los beneficios de salir con prostitutas frente a los costos de ser atrapado. Del lado de la oferta, la prostituta exigirá mayores ganancias como compensación por el mayor riesgo de enfermedades y violencia que enfrenta, y su renuncia a la perspectiva del casamiento. «Si el casamiento es una fuente de ingresos para las mujeres», escriben Edlund y Korn, entonces se debe compensar la prostituta por renunciar a las oportunidades de ese mercado». Por lo tanto, la prima refleja el costo de oportunidad para la prostituta por realizar trabajo sexual.

Existe una respuesta a la pregunta de por qué la competencia no reduce la compensación a las trabajadoras sexuales. Cuentan con un «salario de reserva»: si les ofrecen menos ingresos, elegirán una línea de trabajo menos riesgosa.

¿Qué justificación tiene el estado para interferir en los contratos de este mercado de compradores y vendedores voluntarios? Por qué no despenalizar totalmente al mercado, algo que muchos trabajadores sexuales desean. Como en todos los mercados, el mercado sexual requiere regulación, especialmente para proteger la salud y la seguridad de sus trabajadores. Y, como en todos los mercados, la actividad criminal, incluida la violencia, ya es ilegal.

Pero, por otra parte, existe un fuerte movimiento a favor de prohibir totalmente la compra de sexo. La llamada Ley de compra de sexo, que penaliza la compra —aunque no la venta— de servicios sexuales, se ha implementado en Suecia, Noruega, Islandia e Irlanda del Norte. Se espera que la reducción forzosa de la demanda reduzca la oferta, sin necesidad de penalizar al proveedor. Cierta evidencia indica que logra el efecto deseado (aunque los partidarios del llamado «sistema nórdico» ignoran el efecto de penalizar la compra de sexo sobre las ganancias de quienes lo ofrecen, o lo hubieran ofrecido).

El movimiento para prohibir la compra de sexo se ha visto fortalecido por el crecimiento del tráfico internacional de mujeres (y también de drogas). Esto puede considerarse como un costo de la globalización, especialmente cuando implica un flujo hacia Occidente desde países donde las actitudes hacia las mujeres son muy diferentes.

Pero la solución propuesta es demasiado extrema. La premisa de la Ley de compra de sexo es que la prostitución es siempre involuntaria para las mujeres: que se trata de una forma orgánica de violencia contra las mujeres y las niñas (aunque no encuentro ningún motivo para creerlo). La pregunta clave está vinculada con la definición de la palabra «voluntario».

Es cierto, algunas prostitutas son esclavizadas y los hombres que contratan sus servicios debieran ser enjuiciados. Pero ya existen leyes contra el trabajo esclavo. Creo que la mayoría de las prostitutas han elegido su trabajo a regañadientes, bajo la presión de la necesidad, pero no involuntariamente. Si los hombres que usan sus servicios son penalizados, también debieran serlo quienes usan los servicios de los cajeros de supermercados, trabajadores de centros de llamados, etc.

Luego tenemos algunas prostitutas (una minoría, por cierto) que afirman disfrutar su trabajo. Y, por supuesto, existe la prostitución masculina, homo- y heterosexual (típicamente ignorada por las críticas feministas a la prostitución). En pocas palabras, la visión de la naturaleza humana de quienes buscan prohibir la compra de sexo es tan limitada como la de los economistas. Como dijo San Agustín, «Si se abolieran las rameras, el mundo se vería convulsionado por la lujuria».

En última instancia, todos los argumentos contra la prostitución basados en nociones de desigualdad y coerción son superficiales. Existe, por supuesto, un sólido argumento ético contra la prostitución, pero a menos que estemos preparados para lidiar con eso —y nuestra civilización liberal no lo está— lo mejor que podemos hacer es regular ese comercio.

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, became the Conservative Party’s spokesman for Treasury affairs in the House of Lords, and was eventually forced out of the Conservative Party for his opposition to NATO’s intervention in Kosovo in 1999. Traducción al español por Leopoldo Gurman

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *