La conexión Al Qaeda-Yemen

Hay confirmación oficial: en su discurso semanal, el presidente Obama manifestó que el supuesto terrorista de un avión en vuelo el día de Navidad actuó bajo órdenes de la rama yemení de Al Qaeda. Tras prometer que haría responsables del hecho a todos los implicados en el intento de acción terrorista de ese día, Obama envió una carta a su homólogo yemení, Ali Abdulah Saleh, entregada por el general David H. Petraeus, comandante del Mando Central estadounidense, en la que prometía duplicar la cantidad de setenta millones de dólares en concepto de ayuda antiterrorista destinada en el 2009 a este país golpeado por la pobreza.

En razón del incremento adicional de la ayuda en materia de seguridad, Yemen supera actualmente la cantidad que recibe Pakistán, que asciende a unos 112 millones de dólares, signo patente de la creciente amenaza que representa Al Qaeda en la península Arábiga (conocida como AQAP o Al Qaeda Reconstituida en la Península Arábiga, en inglés) a juicio de Estados Unidos.

Sin embargo, la estrategia estadounidense funciona bajo supuestos que no reconocen plenamente la complejidad y gravedad de la situación en Yemen. La primera premisa es que, merced a una mayor ayuda estadounidense en materia de seguridad, el gobierno de Yemen combatirá y eliminará a los miembros de Al Qaeda. La segunda, los estadounidenses dan por supuesto que enfrentarse a Al Qaeda exige medidas de contraterrorismo.

En los últimos tres años, y contra todos los pronósticos, el resurgimiento de la rama yemení de Al Qaeda ha venido a contrarrestar los reveses sufridos por el movimiento en la península Arábiga, de forma que se presenta efectivamente como una poderosa fuerza en potencia. La citada AQAP cuenta actualmente con entre 100 y 300 miembros operativos, tantos como los existentes en Pakistán, si bien más jóvenes y faltos de la preparación y medios técnicos que poseen los pakistaníes.

La estructura y composición de la rama yemení de Al Qaeda parecen haber cambiado debido a la fusión con elementos militantes de Arabia Saudí y la reactivación de la red yihadista en el área. Algunos combatientes han vuelto de zonas de conflicto bélico como Iraq, Afganistán y Pakistán aportando su nivel de entrenamiento, motivación ideológica y liderazgo.

En el 2007 hablé con diversos combatientes yemeníes y saudíes que habían vuelto de Iraq, quienes me dijeron que dirigirían sus armas contra Estados Unidos y Gran Bretaña si sus tropas respectivas no se retiraban de suelo musulmán.

Se advierten, asimismo, indicios de influencia recíproca entre AQAP y el grupo somalí Al Shabab, de mentalidad similar a la de Al Qaeda, que lucha por el control del país desgarrado por la guerra.

Todo esto, no obstante, no es más que parte de la película. La reciente reactivación de la rama yemení de Al Qaeda es producto de una crisis socioeconómica estructural y de divisiones y fracturas políticas que han llevado al país al borde de un conflicto bélico generalizado.

En la actualidad, Yemen es un Estado frágil y endeble, cuyo tejido institucional se halla sumido en el fracaso y cuya economía se ha desmoronado. Yemen presenta un paro de un 40% con una población de 23 millones de habitantes. Más de un tercio de la población acusa malnutrición y casi el 50% vive en la pobreza absoluta. Yemen, el país más pobre de África,posee uno de los menores índices de disponibilidad de agua per cápita (WAI, o water availability index)del mundo, así como uno de los índices de fertilidad más elevados del planeta, un 7,1%. La explosión demográfica (el 60% de la población tiene menos de 20 años) abre las puertas a un posible proceso de radicalización de la población.

Cada vez que visito este país de belleza deslumbrante observo un nivel de seguridad en franco deterioro que afecta asimismo a las condiciones de vida de la población. Ya es corriente ver mujeres vestidas de negro de la cabeza a los pies que mendigan por las calles de las ciudades, señal alarmante de quiebra social en el seno de una sociedad ultraconservadora donde las mujeres no se dejan ver en público.

Los rebeldes chiíes del líder Al Huti en la provincia de Saada así como el distrito de Harf Sufian, en la provincia de Amran, mantienen una miniguerra civil en el norte que ha causado estragos de forma intermitente en el área durante cuatro años, con más de cien mil víctimas, la mayoría civiles. En el sur ha aumentado la influencia de un movimiento secesionista. Tribus de las provincias orientales de Marib, Al Jauf, Shabuah y Abyan desafían a la autoridad de Saná y proporcionan refugio y apoyo a las fuerzas de Al Qaeda.

Al Qaeda se ha aliado con los separatistas del sur en esa lucha, iniciativa extrema, ya que muchos separatistas son socialistas y no presentan inclinaciones religiosas. Constituye una ironía el hecho de que el presidente Saleh confiara en los yihadistas e islamistas en 1994 para sojuzgar al sur socialista y unificar Yemen.

En los años ochenta, miles de yemeníes se sumaron a la yihad afgana contra las fuerzas soviéticas de ocupación. A diferencia de sus homólogos en Oriente Medio, el régimen de Saleh recibió a los yemeníes que volvían del combate con los brazos abiertos.

A principios de los años noventa, cuando Bin Laden – cuyo padre nació en Yemen-estableció Al Qaeda en Sudán y posteriormente en Afganistán, reclutó personalmente a numerosos yemeníes. El líder de Al Qaeda ha confesado en varias ocasiones su amor por Yemen. El contingente saudí-yemení es el más numeroso entre las huestes de Bin Laden, como también entre las rejas y muros de la prisión de Guantánamo.

En el empeño de eliminar Al Qaeda, los responsables políticos estadounidenses parecen sobrevalorar la aptitud del gobierno de Yemen para estar a la altura de los múltiples desafíos y amenazas planteados a su autoridad e integridad. Las fuerzas de seguridad gubernamentales se diseminan por el territorio en débiles unidades tratando de sofocar los levantamientos en el norte, el sur y el este del país. Cuatro años después de la rebelión de las fuerzas de Al Huti, Saná ha sido incapaz de hacerle frente y ha fracasado.

Factor aún de mayor importancia, el gobierno ya se halla incapaz de suministrar apoyo y ayuda social a la población, la sólida baza de que dispuso históricamente el régimen. El país ha acusado el golpe de la caída de unos ingresos procedentes del petróleo próxima al nivel del consumo (Yemen es el menor país productor de petróleo de Oriente Medio), de la corrupción generalizada y de la crisis financiera. Después de más de tres décadas en el poder, la capacidad de Saleh para granjearse a los adversarios y conservar a los amigos ha menguado, precipitando a Yemen en un incierto futuro.

Por sí misma, lo más probable es que fracase la acción contraterrorista en su intento de expulsar a Al Qaeda de las áreas tribales de Yemen; podría ser incluso contraproducente y desencadenar una reacción violenta contra el régimen de Saleh y sus patrocinadores occidentales. Cualquier rumbo que adopte la política de Estados Unidos en el sentido de menospreciar las realidades de la región ayudará a Al Qaeda a vender su discurso a una audiencia, por otra parte, receptiva.

Yemen necesita contar de modo apremiante con una visión política y económica que afronte debidamente los problemas derivados del deterioro social y de seguridad, que refuerce al Estado y a la sociedad civil y no sólo al régimen de Saleh. Tal perspectiva no puede diseñarse en Estados Unidos. Los vecinos de Yemen, sobre todo Arabia Saudí y Kuwait, junto a la Liga de Estados Árabes,deberían encabezar el empeño de dar con las adecuadas soluciones a las divisiones políticas y tribales de Yemen, aportando los necesarios recursos para evitar que Yemen se convierta realmente en un Estado fracasado.

El llamamiento del primer ministro británico, Gordon Brown, a la celebración de una reunión internacional para debatir los métodos para combatir la influencia de Al Qaeda en Yemen es un buen comienzo, pero tal propuesta debería extenderse al análisis de la crisis estructural, social y política de Yemen, implicando plenamente a sus vecinos árabes en las conversaciones.

Fawaz A. Gerges, profesor de Relaciones Internacionales sobre Oriente Medio de la London School of Economics. Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, Ed. Libros de Vanguardia. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.