La conspiración de Chartwell

Estamos en el gran año de las efemérides. El 28 de junio se cumplen cien años del magnicidio de Sarajevo, detonante de la Primera Guerra Mundial. Y el 1 de septiembre se cumplen tres cuartos de siglo del comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939. Muchos historiadores consideran esta mera continuación de la Primera. Con nuevo reparto de cartas, más y mejores armas y la irrupción brutal de las ideologías. Las masas estaban lanzadas a la frenética búsqueda de una salvación en las religiones laicas de adoración a un caudillo, a una clase, a una nación. Con fuerza imparable habían surgido las ideologías redentoras, el comunismo y el nazismo o fascismo. Enemigas pero similares, sus dos grandes caudillos tenían mucho en común. Hitler y Stalin eran dos dictadores osados, con vocación de trascendencia, rebosantes de brutal energía y ambición. Frente a ellos parecían enanos los políticos de las democracias, débiles, mediocres y vulnerables. El pacifismo se convirtió así en fiebre de las masas en las democracias que desesperaban por aplacar a las fieras totalitarias. Así lo dieron todo por la paz. Y todo lo perdieron. Paz, dignidad e integridad incluidas. El 30 de septiembre Chamberlain se había bajado de su avión en el aeródromo de Heston procedente de Múnich, blandiendo feliz una hoja de papel con la firma de Hitler. Aquella noche, ante Downing Street, proclamó aquello de «Peace for our time» (paz para nuestro tiempo). Aquella escena y aquella frase son celebérrimas y paradigma del autoengaño. Mucho menos conocido es el encuentro extraordinario que se produjo al día siguiente. Dos hombres, que serían después polos opuestos en la historia británica y europea del siglo XX, compartían penas y miedos y se conjuraban en contra de la claudicación de las democracias frente a la barbarie totalitaria. Disponemos, gracias a los archivos del FBI, de una cinta con la narración de aquel encuentro del 1 de octubre de 1938 hecha por uno de ellos en Washington quince años después en 1951. Es una pequeña joya que nos llega por el túnel del tiempo. Y nos habla de aquel 1 de octubre en que la sociedad británica se levantó pletórica de felicidad. Chamberlain había vuelto de Múnich con la prueba de que las concesiones de Londres y París a Hitler habían surtido efecto. No habría guerra, decían. La paz asegurada, repetían todos. ¿Todos? No todos. Un joven periodista de la BBC llamado Guy Burguess estaba muy deprimido. Que el nazismo hitleriano hubiera cosechado otro triunfo al serle entregada Checoslovaquia, meses después de haber anexionado Austria, no le parecía garantía de paz, sino de guerra. Y tuvo el impulso de llamar a un viejo político del que sabía que compartía su pesar. Era el viejo Winston Churchill. A sus 62 años, se hacía entonces cada vez más evidente para todos que su brillante carrera política había acabado. Sin poder ninguno en Londres, sin partido que le apoyara, aislado en Westminster y evitado por muchos en la City por su «radicalismo», parecía definitivamente un hombre del pasado. Muy abatido por las noticias de Múnich, se había refugiado en su casa de campo de Chartwell, en Kent. Sin visitas ni ganas de trabajar, recibió con gusto la llamada del joven al que había visto alguna vez en algún acto social en Londres. Brillante en Cambridge, miembro del club Pitt y del círculo secreto de los Apóstoles, Burguess era un joven prometedor en la BBC. Y Churchill tenía además ganas de quejarse. Pensaba que la BBC le ninguneaba. Y que la radio pública había tomado partido por el entusiasmo pactista del Gobierno de Chamberlain. Por todo ello, invitó al joven Burguess a pasar el día en el campo para hablar de la desgracia de Múnich. Muchos han imaginado aquel encuentro fascinante entre el mayor ídolo y quizás el peor villano en el imaginario colectivo británico del siglo XX. Se ha escrito alguna novela y hasta obra de teatro sobre ello. Pero ha sido ahora, en enero de 2014, cuando por primera vez se publica la breve cinta. Burguess cuenta que Churchill le había recibido muy deprimido, lamentando que lo único que podía hacer ya por su patria, ante una guerra segura, era entregarle como combatiente a su hijo Randolph. Que su impotencia era total. Burguess animó al viejo león abatido a utilizar su inmensa elocuencia. A batirse con ella para convencer a los británicos de que claudicar ante Hitler era cobardía, pero además una trampa mortal. Pasaron muchas horas juntos de conversación, comida y bebida estos inmensos bebedores. A la tarde, Churchill despidió a Burguess junto al coche en que emprendía regreso a Londres. Y le regaló un libro dedicado. Era «Arms and the covenant» («Armas y el pacto»), que contiene discursos suyos en los que advertía sobre la guerra. Dijo Burguess que creía que su visita había animado a Churchill. Un año más tarde aquel anciano abatido se erigió en líder de un pueblo, del que erradicó toda intención de apaciguamiento. Y, convertido en un ejército, lo llevó a la guerra y a una victoria que se hacía imposible. Churchill no podía ni imaginar entonces quién y qué era aquel joven. Sí lo sospechaba el FBI once años más tarde. Guy Burguess grababa al parecer voluntariamente la declaración. Por la voz, aparenta estar relajado. No podía estarlo. Semanas después huía a Moscú con otro británico al servicio del espionaje soviético, Donald Maclean. Años más tarde les seguiría Kim Philby. Y décadas después se destaparía al último topo de los cinco de Cambridge, que era Anthony Blunt. Todos ellos habían sido reclutados en Cambridge para el Comintern por el espía judío austriaco Arnold Deutsch.

Lo cierto es que aquel sábado 1 de octubre de 1938 hubo pleno acuerdo en lo que muchos calificarían como el encuentro entre el mejor y el peor británico del siglo XX. Churchill y Burguess –el gran líder de una guerra heroica, premio Nobel, estadista y personalidad histórica aclamada en todo el mundo; y el espía y traidor, alcohólico y depredador homosexual, que murió marginado y despreciado en Moscú– eran aquel día la minoría más diminuta y aislada del Reino Unido. En aquella improvisada conspiración de Chartwell, en su desesperada resistencia a la política de concesiones al totalitarismo nazi. Y tenían razón. El apaciguamiento fue claudicación. Y solo alimento del totalitarismo. Aquella paz a toda costa era falsa. Una lección para siempre que los europeos –no digamos los españoles– se niegan a aprender. La historia sería redonda, de acabar así. Pero el traidor no lo habría sido del todo si no hubiera seguido a Stalin en su posterior Pacto con Hitler, que llegaría diez meses después. Y así Burguess dio un gran salto más hacia la infamia. Eso ya sería el 1 de septiembre hace 75 años. Justo cuando su anfitrión de aquel día inolvidable, Winston Churchill, emprendía, con la Batalla de Inglaterra su senda hacia la gloria.

Hermann Tertsch, periodista.

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