La Constitución o el declive

La democracia y las libertades que derivan de ella son como el aire que respiramos, es decir, son naturales hasta el momento en que nos ahogamos porque se nos priva de ellas. De hecho, no hay nada más irresponsable que no darse cuenta cada mañana de lo afortunados que somos. Si vivimos en una democracia occidental, hemos nacido en el lugar correcto, y más o menos, en lo que respecta a la mayoría de nosotros, es nuestro único mérito y la única razón por la que vivimos libres. Hasta el día, siempre imprevisible, en que lo que parecen derechos adquiridos para toda la eternidad ya no son nada seguros. Fíjense en Cataluña, y pienso en particular en todos aquellos, ya sean de origen catalán o no, que corren el enorme riesgo de encontrarse bajo una autoridad que no han reclamado. Lo que resulta más inquietante es que Cataluña no es un incidente aislado en la gran historia de la democracia europea. Miren el Brexit y los británicos expulsados de Europa sin haberlo querido, por la manipulación de algunos políticos y publicistas deshonestos. La desventura escocesa casi hundió, por un pequeño margen de votos, a los escoceses en un agujero negro. Los polacos y los húngaros son prisioneros en este momento de gobiernos que, sin duda, han sido elegidos por sufragio universal, pero que cada día se alejan un poco más del Estado de Derecho e imponen unas normas culturales que han decretado que son las únicas auténticas y legítimas. Reescribir la historia siempre es el primer paso hacia el declive de la democracia liberal.

Si traspasamos el umbral de nuestra vieja Europa, vemos resurgir en todo el mundo el culto al hombre fuerte. No hace falta buscar muy lejos la atracción de los pueblos por el salvador político, el redentor económico, el padrino tranquilizador. En la política es, desde siempre, un reflejo espontáneo, arraigado tanto en el psiquismo humano como en nuestras religiones patriarcales. Han tenido que pasar siglos para que nos demos cuenta de la impotencia concreta del hombre fuerte bajo la apariencia de la virilidad retórica. Las democracias solo son débiles en apariencia, pero, a la larga, ganan. Eso no quita para que cada generación parezca desconocer las enseñanzas del pasado y se afane por sufrir ella misma las desgracias de la demagogia antes de recuperar la razón pragmática.

Acabamos de ver, la semana pasada, una especie de circuito organizado de la demagogia siguiendo la estela de Donald Trump en Asia. Este, traicionando la historia y la misión de EE.UU., se comportó como una especie de caudillo que va al encuentro de otros caudillos. Alabó al presidente chino, Xi Jinping, por haber concentrado en sus manos el poder político y el militar y por haber restablecido el culto a la personalidad a la manera maoísta. Acto seguido, Trump brindó de buena gana con Rodrigo Duterte, el presidente filipino, un asesino reconocido que se jacta de sus crímenes. Entre esta panda, Putin recibía de nuevo las alabanzas de Trump, mientras los servicios secretos estadounidenses denunciaban unánimemente las injerencias rusas en las elecciones estadounidenses de 2016. Trump ha exculpado a Putin, porque Putin le ha confesado su inocencia. Y ya se sabe desde la década de 1930, sin remontarse a la Antigüedad romana, que los hombres fuertes nunca se mienten entre ellos.

Incluso me pregunto si Trump no siente cierta fascinación por el líder norcoreano; después de haber amenazado con arrasar su país, ahora se plantea reunirse con él, sin duda para apoderarse de la receta de su absolutismo. Porque en realidad, entre todos estos hombres fuertes, Trump es el más débil. Según la Constitución estadounidense, que todavía no se ha atrevido a violar, el presidente de EE.UU. solo es presidente, un Gulliver atado por unos enanos, porque los contrapoderes en EE.UU., que son innumerables, prohíben que alguien, aunque haya sido elegido por una mayoría, reine por encima de la ley.

Esta excepción estadounidense que, en este momento, demuestra su eficacia democrática, es un ejemplo a seguir. Ahora bien, pocos países tienen una verdadera Constitución, inmutable e insuperable. Podemos citar a Alemania, Japón y Gran Bretaña, pero no a Francia, que ya va por su decimosexta Constitución desde la Primera República. ¿Y España? Si el país supera la rebelión catalana mediante la fuerza, mediante unas elecciones o mediante la reconciliación, la Constitución española saldrá fortalecida y prácticamente se consagrará. Como una Constitución de verdad es la mejor protección posible contra todas las enfermedades antidemocráticas que atacan a la democracia desde dentro, lo que ocurre en España en este momento es fundamental. No solo para España, sino para toda Europa y para todos aquellos que, en todo el mundo, saben que «la libertad no es un derecho adquirido, sino una lucha». Es una cita de Immanuel Kant de hace 250 años.

Guy Sorman

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