La contrarrevolución de Trump

Cuando se cumple el centenario de la Revolución Soviética, aquélla que iba a crear el «paraíso del proletariado» y el «nuevo hombre», lo que estamos teniendo es justo lo contrario: una contrarrevolución a cargo de un multimillonario que no quiere dejar rastro no ya del comunismo, sino también de cuanto huela a izquierda, sea el socialismo, sea la socialdemocracia y, puestos a barrer, de la democracia liberal. Un cambio, no de siglo, sino de edad, puede incluso de era.

Pero vayamos por partes. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, sus vencedores, Estados Unidos y las URSS, se repartieron el mundo bajo un equilibrio del terror («en una guerra nuclear, no habrá vencedor, sólo vencidos») y los primeros ordenaron su esfera de influencia (el llamado mundo occidental) bajo cuatro principios:

–No podía repetirse el error de la Primera Gran Guerra, aplastar con reparaciones a los vencidos, so pena de que cayeran en manos de un demagogo y buscaran revancha. Había que ayudarles a reconstruirse.

–Pero no para volver a los nacionalismos anteriores, sino para formar bloques de naciones afines cultural e históricamente.

–Fomentar el comercio que, junto a la industrialización, es uno de los principales motores de la riqueza de los pueblos.

–Junto a la democracia que, con su libre intercambio de ideas, ofrece el mejor campo para el progreso y desarrollo.

Así fueron surgiendo las nuevas instituciones, Mercado Común, OTAN, Tratados de Libre Comercio, bajo la mirada paternal de Washington, que protegía tierras y mares con un despliegue de fuerzas nunca visto, mientras Europa occidental se convertía en un emporio de bienestar, libertad y convivencia civilizada. Demasiado hermoso para ser realidad.

La primera grieta en tan idílico panorama la trajo el desplome del muro berlinés, que arrastró a la Unión Soviética, incapaz de mantener la carrera no solo de bienes de consumo, sino también armamentística (los misiles antisimiles), acabando con el equilibrio nuclear e hizo creer a algunos ilusos que la historia se había acabado, con la democracia como única forma política y el mercado como única norma económica. Únanle un presidente norteamericano más corto de inteligencia que de ambiciones y tendrán lo que siguió: un conflicto de civilizaciones (o religiones, si quieren) y los Estados Unidos atacados por primera vez dentro de su territorio. Como consecuencia, guerras que no pueden ganarse, regueros de sangre por doquier, billones de dólares en las armas más sofisticadas, la crisis económica más destructiva desde la de 1929 y el mundo más peligroso que nunca, con los occidentales no sintiéndose seguros ni en su propia casa. La guinda de todo ello: un presidente norteamericano dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva de todo lo que ha sido política interior y exterior USA, al estar convencido de que no ha favorecido a su país, sino a los demás, empezando por sus propios aliados. Donald Trump representa un corte brutal de aquellas cuatro premisas que Washington estableció en 1945. Ni ayuda a los aliados («America First», el resto que se las apañe como pueda). Ni formación de bloques multinacionales, por lo que hay que aplaudir el brexit y fomentar que sigan otros estados miembros de la UE. Ni los tratados de libre comercio, en los que EE.UU. salen siempre en desventaja, sino acuerdos bilaterales, como los que se hacen entre empresas. Por último, se acabó lo de «building nations», lo de montar naciones democráticas en zonas que nunca han conocido la democracia, con tradiciones incluso opuestas a ella. Cada cual debe arreglar sus asuntos como crea conveniente y, desde luego, los Estados Unidos no están para derribar regímenes e instaurar otros a su imagen y semejanza, como han venido haciendo, con suerte varia y, a menudo trágica, como estamos viendo en los distintos escenarios en que se ven envueltas sus tropas.

Como ven, mayor cambio imposible. La contrarrevolución de Trump representa un vuelco en la escena internacional, que podemos criticar o aplaudir, aceptar o rechazar, pero lo que no podemos es ignorar, porque este hombre está dispuesto a llevarlo a la práctica con la dureza, decisión y falta de escrúpulos que le caracteriza. De los cuatro principios, el último es el más de temer. Nunca oirán a Trump alabar la democracia representativa. Al revés, siente hacia ella el recelo de los que intentan establecer un lazo directo con su pueblo, por encima de los partidos, asociaciones y cámaras. De ahí su afinidad con Putin, cuya relación con el pueblo ruso parece envidiar. Y aquí sí que empezamos a meternos en zona pantanosa. Porque buena parte del pueblo norteamericano, aquélla que le ha votado pese a todo lo que se ha dicho y escrito sobre él, se siente desilusionado con su clase política y, en el fondo, con su sistema. Un sistema que cree que no le protege, que no le ayuda, que le ha olvidado, que le tiene sólo para sacarle impuestos, que luego gasta sin que le llegue el más mínimo beneficio. Que es exactamente de lo que se quejan los europeos que votan al National Front en Francia, a Alternative für Deutchland en Alemania, al Freedom Party en Holanda o Austria y a tantos otros populismos en auge en el Viejo Continente. «La democracia –me decía un vecino estudiando su nómina en el ascensor–, sólo beneficia a los muy ricos, que no pagan impuestos, y a los muy pobres, que viven de los subsidios. Y a los políticos, naturalmente, que viven de todos. Al resto solo nos toca trabajar y pagar». Solo entonces entendí a los votantes de Trump.

Si esto ocurre en Estados Unidos, uno de los países más alejados del «Estado Social de Derecho», ¿que no ocurrirá en Europa, donde el «Estados de Bienestar» ha alcanzado cotas nunca alcanzadas en la historia? Cotas, además, inasumibles, pues ese Estado de Bienestar nuestro está haciendo aguas por todas partes, y si las pensiones no podrán empezar pagarse en un futuro no tan lejano, los gastos por enfermedad acusan ya un enorme desequilibrio, junto a los de educación, de desempleo, de asistencia y ese largo etcétera que constituyen los gastos sociales. Echamos la culpa a los demás, a Trump últimamente, pero las culpas son nuestras. La democracia representativa sólo atrae a los que se aprovechan de ella, esa extraña coalición de muy ricos y muy pobres, orquestada por la clase política de derechas e izquierdas. El resto son, simplemente, paganos. Y han dicho basta.

Si la democracia quiere sobrevivir tiene que experimentar una transformación a fondo. Se acabó lo del «dinero del Estado». El dinero es del contribuyente. Y tiene que repercutir en el contribuyente. Tendrá que ser, por tanto, una democracia mucho más frugal, mucho más escueta, mucho menos generosa. Una democracia presidida por el rigor y la eficacia, no por la ley del más listo o del que mejores conexiones tiene. Una democracia en bancarrota no es una democracia. Es una estafa piramidal. En este caso, ya sabemos lo que nos espera: Putin por el Este, Trump por el Oeste y África por el Sur. Sin escape.

José María Carrascal, periodista.

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