La conversación que nos debemos

«Se entiende por campaña electoral (…) el conjunto de actividades lícitas llevadas a cabo por los candidatos (…) en orden a la captación de sufragios.».

Tras esa aséptica definición de campaña que expresa nuestra ley electoral (art. 50.4 de la Loreg), se echa en falta un consejo: y por favor, que sea en voz baja, será mejor. Porque ruido, casi sólo ruido, es lo que nos ofrece esta campaña electoral. Un ruido que viene ya de demasiado tiempo atrás, como si una sala se hubiera ido llenando primero de murmullos, luego de voces, y por fin de una algarabía insoportable. Nadie evitó ese crescendo del ruido cuando se pudo evitar, luego ya fue irrefrenable. Es así, con el ruido, como acaban las conversaciones.

Y es así también, a base de ruido y furia, como naufragan las democracias. Como en esa sala paulatinamente invadida de barullo, la democracia se ve invadida, de forma progresiva, de actores políticos que a fuerza de sus voces destempladas la corroen poco a poco. La técnica es siempre la misma, corrosiva, al modo de las termitas que finalmente todo lo devoran; en feliz expresión de Alfonso Guerra, se trata de «los partidos termiteros» (La España en la que creo, de necesaria lectura).

Es así como la democracia cae, siempre porque no se defendió. Bien la desidia dejó hacer a esas voces crecientemente destempladas, bien el aventurerismo condujo a buscar alianzas con actores políticos peligrosos. De lo uno y de lo otro hemos tenido mucho y malo en los últimos años.

La defensa de la democracia se funda en pocos principios, rigurosamente innegociables. El primero consiste en conocer que el fundamento de nuestra convivencia reside en la Constitución, que contiene nuestra carta de libertades y garantiza el imperio de la ley, es decir, de las reglas del juego que nos hemos dado para asegurar nuestra convivencia libre entre distintos; sin la Constitución las libertades quedarían arrasadas como también la convivencia. El segundo reside en comprender bien que no todas las ideas son legítimas; que las políticas de odio, de exclusión, de enfrentamiento, que el antisemitismo, la xenofobia, la persecución del diferente, conducen siempre al desastre, y deben ser tenazmente combatidas. Y el tercero se basa en entender que la inacción frente a esas políticas de odio, o, peor aún, que la búsqueda de alianzas con los representantes de dichas políticas infames son caminos seguros hacia el colapso de nuestra convivencia y libertades.

Si Churchill definió la democracia como el sistema en que cuando tocan a tu puerta de madrugada sabes que sólo puede ser el lechero, aparecen ya demasiados signos de que hoy quien pretende tocar a la puerta no es precisamente el lechero.

En la última media docena de años, y tomado por su orden de aparición en el tiempo, el ruido y la furia se viene desarrollando en Cataluña a partir de la epifanía independentista del Sr. Mas en 2012. Se inició una cabalgada hacia el desastre. Tantos acosos, palizas, persecuciones, asaltos a la universidad y a viviendas privadas, a cargo siempre de partidas de la porra, hacen recordar la figura de George Orwell; cuando le preguntaron cómo definiría a un fascista, respondió «un fascista es un matón». Pues sí, tomada esa definición de Orwell es creciente el número de fascistas empeñados en apropiarse a golpe de violencia del espacio público catalán. Se trata de esos CDR y similares a los que, en su desvarío, el supremacista Sr. Torra – en puridad, un perfecto fascista-, ha animado a proseguir: «Apretad», dejó dicho. Esa violencia de matones convive con una situación de completa degradación institucional. Todo ya ahí es mera política de propaganda, de sectarismo en medios públicos de comunicación y adoctrinamiento en las escuelas, de asalto sistemático a las leyes.

Los hechos golpistas de otoño de 2017 se inscriben en ese marco de deriva hacia el desastre que promueve el nacionalismo catalán. Ese nacionalismo catalán que a no poco tardar -lo veremos- archivará las figuras de Puigdemont y Torra, percibidos ya como individuos alocados y excéntricos. Y veremos también que el relevo de ese nacionalismo destructivo será tomado por ERC, cuyo único «mea culpa» tras el golpe al estado de otoño de 2017 consiste en manifestar que no midieron bien sus fuerzas en aquellos hechos; como el que anuncia que seguirá y seguirá, y que la próxima vez no fallará. Por otra parte, la alianza electoral de ERC con Bildu -legatarios de las políticas del terrorismo, y agentes de su blanqueamiento e impunidad- debería provocar que todas las luces rojas de alarma estuvieran bien encendidas. Tanta aberración hace bueno el principio de que el nacionalismo destruye la nación. Esos proyectos, mirados en perspectiva, encarnan lo peor de nuestra historia europea. Arrasan la nación a la que dicen aspirar y contaminan cuanto tocan.

Por orden posterior de aparición, el siguiente actor de voces destempladas en llegar fue Podemos. Desde el cuño chavista venezolano, su vocación de asaltar los cielos a base de demoler nuestro orden constitucional -«el régimen del 78», dicen con desprecio- recuerda que el izquierdismo es la enfermedad infantil del socialismo; y que siempre embarranca en las aguas negras del despotismo.

La última voz destemplada en aparecer se llama Vox. Salvo que son un peligro poco más queda por decir de ese proyecto. Basta con acercarse a los espeluznantes vídeos que pasan en redes sociales, repletos de imaginería bélica, sea de guerras de las galaxias o de nuestra guerra civil para comprobar que su lenguaje es justamente ese, el de la guerra. Y si además resulta que su líder busca instalarse bajo la advocación de Don Pelayo y la Reconquista, de todo ese disparate cualquiera puede entender que su único discurso consiste en la llamada a combatir al «infiel» -léase, los que somos distintos- a garrotazos.

Es así que esta campaña electoral se carga de ruido y de furia. Y mientras tanto, las preguntas elementales quedan sin respuesta ¿qué España queremos, y con quién la queremos hacer?

Necesitamos saber si queremos una España abierta en la convivencia y el progreso. Necesitamos saber cómo afrontar los desafíos que se nos abren. Cómo atender las políticas de bienestar. Cómo renovar el pacto social entre las generaciones, y abordar los desafíos de las desigualdades, a la vista de dos aspectos que todos reconocemos y a los que no se alude: el primero, la situación de la montaña de deuda pública que drena nuestros recursos -hoy destinamos más de treinta mil millones de euros al pago de los intereses de nuestra deuda pública-, de manera que esas enormes cantidades que pagamos por intereses de deuda quedan necesariamente sustraídas a la promoción de políticas sociales; la segunda, cómo hacer frente al declive demográfico, en que ya hay en España más personas mayores de 65 años que niños y jóvenes menores de 15 años. Si cada vez es mayor el gasto público en pensiones y sanidad para proteger a nuestros mayores -y así debe ser-, cómo hacemos para rescatar a las generaciones venideras, cada vez más menguantes, y sobre las que recaerá ese esfuerzo de mantenimiento, a su vez creciente, para con nuestros mayores. De otra forma, ¿es nuestro modelo sostenible, qué reformas se deben introducir para ir en la buena dirección?

Y también, ¿con quién queremos hacer España? Necesitamos saber si se construye mediante acuerdos entre fuerzas constitucionales, ya sea a derecha o a izquierda constitucional, o se prefiere saltar ese perímetro en busca de alianzas con fuerzas peligrosas.

La presente campaña electoral da mala respuestas a esas preguntas. Cuando el candidato Sánchez truena contra «las tres derechas», a base de equiparar con fraude a Partido Popular y Ciudadanos con Vox, uno se pregunta entonces con quién demonios pretenderá hablar este candidato al día siguiente de las elecciones. Y una advertencia sobre algo bien peligroso que el candidato Sánchez practica: jugar a realzar el alcance de Vox es jugar con fuego. Ese juego ya lo jugó el presidente Mitterrand con Le Pen en la Francia en los años 80. Se arrepintió luego Mitterrand, sí, pero para entonces ya era tarde y hoy, 30 años después, ahí seguimos con la inquietante presencia lepenista en Francia. Del lado de los candidatos Casado y Rivera, el mensaje es el mismo pero al revés: nada que hacer, no ya con Sánchez, sino con el PSOE entero. En esas condiciones, ¿con quién pretenderán entonces hablar al día siguiente de las elecciones?

Sí, los peligros se adivinan con facilidad. Corremos el serio riesgo de que de las urnas salga un gobierno que reproduzca los apoyos parlamentarios de la moción de censura. Creo que de eso ya tuvimos bastante, lo pagamos en inestabilidad, en el zarandeo diario al gobierno por parte de sus propios aliados, lo pagamos también en pérdida de convivencia. Y sólo desde el aventurerismo político se puede pretender que haciendo otra vez las mismas cosas el resultado vaya a ser diferente. Como corremos el riesgo de que PP y Ciudadanos busquen la alianza con Vox -si los números llegaran para ello-, lo que es tanto como introducir a plena luz a un actor político ciertamente peligroso; «partido termitero» que pretende corroer, hasta destruir, nuestro orden constitucional de libertades.

No podemos admitir ya seguir remando por más tiempo en la mala dirección. Necesitamos al día siguiente de las elecciones restablecer el diálogo entre los partidos constitucionales. Necesitamos que el nuevo gobierno que se forme recupere esa conversación, hoy interrumpida, entre los demócratas distintos. Necesitamos no transigir ya, nadie a derecha o a izquierda, con los enemigos de la democracia.

Los demócratas, a derecha o a izquierda, nos debemos esa conversación serena y en voz baja, que fortalezca nuestras libertades y afronte los desafíos por venir. Esa conversación bajo nuestro anclaje constitucional. Es el único puerto seguro que podemos ofrecernos.

Esa conversación que nos debemos PSOE, PP y Ciudadanos requiere el esfuerzo y generosidad de los tres partidos constitucionales. Que el gobierno que surja sea constitucional; y que, cualesquiera que sean los partidos constitucionales que lo formen, se labren acuerdos sólidos entre todos ellos que permitan orientar nuestro futuro común, más allá de los avatares de tal o cual configuración de gobierno.

Es así que lo hicimos entre todos hace cuarenta años, que entre todos se construyó nuestra carta de libertades inscrita en la Constitución. Que entre todos decidimos que la mejor España valía la pena, cuajada de generosidad, diálogo y convivencia democrática entre distintos. Y es en ese camino que debemos proseguir.

Tal vez lo más revolucionario hoy consista en revisitar la voz limpia de nuestros padres fundadores. Que todos los hombres nacemos libres e iguales en derechos inalienables como la vida, la libertad y el derecho a la felicidad, de manera que un gobierno digno de tal nombre tenga por obligación proteger esos derechos -lo dejó dicho la independencia americana-; que la nación, España aquí, somos el conjunto de ciudadanos libres e iguales amparados por la misma ley -lo dejó dicho la revolución francesa-.

Viejas ya esas palabras de más de doscientos años, fue sobre ellas que echó a andar la formidable aventura de la libertad y la convivencia entre los seres humanos. Y así continúan esas palabras, tan luminosas, necesarias y urgentes como la primera vez.

No es verdad que la democracia sea un sistema débil frente a los autoritarios, salvo que no sepa defenderse. A cambio, cuando se defiende, cuando las virtudes mejores de la condición humana prevalecen, resulta un sistema indestructible.

Es por todo ello también que los demócratas, cualesquiera sean nuestra religión o nuestras ideas, nos debemos esa conversación de libertad y futuro.

José María Múgica Heras es abogado.

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