La corrupción y el silencio cómplice

Es evidente que hay una crisis económica; tan evidente como absurdo e innecesario fue negarla, no en sus comienzos, sino en sus primeras y aun segundas manifestaciones. Si no evidente, sí es sospechable que nos hallemos ante un final de ciclo. Así parece indicarlo la crisis absoluta de valores que nos lleva de la mano sin que sepamos hacia dónde, aunque lo intuyamos. También parece fuera de toda discusión que la clase política ha devenido en una casta, al menos en nuestro país.

Los políticos se han ido convirtiendo poco a poco en la casta que hoy componen. A la altura de 1978, a nadie se le hubiera ocurrido calificar así al conjunto que entonces componían. No lo eran. Había atisbos de lo que podía pasar, del peligro que suponía el hecho de que, en un principio, los socialistas, por ejemplo, pasasen de ser los cinco cientos de ellos que habían sido en la clandestinidad a los 175.000 que lo compusieron nada más abrirse las compuertas. En tantas decenas de miles tenía que haber, necesariamente, mucho trepa y mucho oportunista. Lo había. Y así el resto de los partidos, uno a uno. Incluso los de origen franquista, pues en ellos militaron decenas de miles de demócratas que nunca lo habían sido hasta entonces.

Sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido que aquello era el fermento de una casta. Lo permitió así un conjunto de leyes -la electoral, la de partidos y otras semejantes- que los enquistó en el poder otorgándoles a los partidos, a sus dirigentes, la exigencia de una responsabilidad que debía recaer en la ciudadanía. Se desprotegió a la sociedad civil. Los partidos penetraron en las demás instituciones del Estado de forma que se diría obscena. Invadieron el ámbito de lo judicial y de qué manera, penetraron en el tejido económico a través del Banco de España y de las cajas de ahorros, hollaron los medios de comunicación y no faltaron instituciones que, de un modo u otro, si no coadyuvaron sí ayudaron bastante en el empeño. Desde la Iglesia católica a los sindicatos, aquí nadie se libra.

Poco a poco las leyes que nos hicieron libres devinieron obsoletas, pero cómodas y afines a los intereses de las cúpulas partidarias. Y comenzó el deterioro. Lo hizo de forma que ese poder casi omnímodo de los partidos, de las cúpulas de los partidos, se esparció como una mancha viscosa que lo fue impregnando todo, ensuciándolo todo. La corrupción, también la moral, empezó a asomar la oreja.

En la actualidad, esa casta política es tachada de corrupta en su generalidad. ¿Lo es? Sí, lo es, pero no más que la lista institucional en la que se inscribe. A veces incluso se diría que menos. Si uno pasa lista, lista minuciosa, convocando de uno en uno los nombres de quienes hayan ejercido en ministerios, consejerías autonómicas o diputaciones y ayuntamientos importantes, podrá comprobar el nivel de vida de los así relacionados. Y podrá comprobar que habrá sorpresas. Es cierto que hay políticos que se han enriquecido, claro que es cierto. Los hay, los hubo y los habrá. Pero hay mucho que es honesto y la crisis es más profunda que todo lo que ese dato aporta.

Si repasamos el número de presidentes, directores generales y altos funcionarios de cajas y otras entidades de ahorro, enriquecidos a lo largo de los tiempos y con mayor frecuencia e intensidad durante los dos últimos años, podremos comprobar que forman legión y está compuesta por la mayoría de ellos; también que manejaban dinero público, a no ser que se confirme que el dinero que se atribuyeron no pertenecía a los impositores de sus cuentas corrientes. ¿Qué es lo que ha permitido tal estado de cosas?

Si seguimos observando la realidad que nos rodea, comprobamos que, desde el mundo del fútbol al del espectáculo, todo es una inmensa bacanal de valores conculcados en la que todo está consentido. Posiblemente nos haya faltado la necesaria tradición democrática mínima exigible a estos efectos. La responsabilidad es en gran parte de los políticos, aferrados a sus poltronas, qué duda cabe, pero es una responsabilidad compartida con el resto de la sociedad, que asiste impávida a los expolios que lleva padecidos. ¿Cómo es posible que indemnizaciones, jubilaciones y regalías de tantos millones de euros autoatribuidas por gentes que dejan a sus entidades en puros cueros monetarios pasen sin mayor escándalo? ¿O es que a ustedes les parece suficiente y se conforman con los ya formados?

Vivimos en una sociedad enferma. Se nos han ido los valores al carajo y ya nada nos conmueve. Desde el padre de la novia que se paga la boda de su hija con un dinero que no es suyo y se permite el lujo de cobrarle al consuegro la mitad, a las cifras multimillonarias que se pagan por los traspasos futbolísticos para que una parte sustancial se quede en el bolsillo de un dirigente deportivo, aquí parece que todo esté permitido y que nunca pase nada. A veces pasa, sí, pero no es mentira que el silencio cómplice de los más no ayuda en absoluto a mitigar la crisis de valores en la que hay que inscribir tanto la actitud individual de los así enriquecidos como la pasividad generalizada de la concurrencia amparada en la convicción de que, puesto en su lugar, cada uno hubiese hecho lo mismo. Ese y no otro es el verdadero centro del problema. La razón primera de la crisis. Lo demás se arregla con leyes, pero esa íntima convicción, esa, ¿cómo se arregla?

Por Alfredo Conde, escritor.

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