La COVID-19 no será el fin de las ciudades

Es posible que hayas escuchado que las ciudades están acabadas. La razón es sencilla y aparentemente irrefutable: el coronavirus prospera entre grupos cercanos de seres humanos, y en ningún lugar están más cercanos los grupos humanos que en las grandes ciudades. El daño causado por el virus parece dejar clara esta relación. La ciudad de Nueva York, el área urbana más poblada y densa de Estados Unidos, también fue la primera en ser devastada por el virus.

La pandemia pasará, pero muchos temen que nuestra respuesta a la COVID-19 podría haber devastado a las economías urbanas de manera definitiva. Los confinamientos cerraron bares y convirtieron a los restaurantes en “cocinas fantasmas” cuyos principales clientes son personas, sobrecargadas de trabajo, que entregan comida a domicilio. El cambio, de la noche a la mañana, al trabajo remoto hizo obsoleta la necesidad de edificios de oficinas y la vasta economía que sustenta a sus trabajadores, desde el transporte público hasta las tiendas de la esquina. El comercio en internet, que ha diezmado a los minoristas durante más de una década, aceleró su aplastante inevitabilidad. Incluso las instituciones culturales se encuentran en riesgo: si Hamilton no perdió mucho de su sentido al pasar del Richard Rodgers Theater a la plataforma de emisión en directo Disney+, quizás el fin de Broadway también está cerca.

Ahora que la tecnología nos puede proveer muchos de los beneficios de la vida urbana mientras holgazaneamos en gigantescas mansiones suburbanas producidas en masa, ¿por qué deberíamos volver a vivir y trabajar tan juntos?

La COVID-19 no será el final de las ciudadesAquí va una respuesta: porque ni Estados Unidos ni el mundo pueden existir sin las ciudades.

Las ciudades son motores indispensables del crecimiento económico, catalizadores de la innovación tecnológica y cultural, así como una de las formas más sustentables ambientalmente que conocemos para albergar a muchas personas.

No solo vale la pena salvar a las ciudades, estas también están listas para el renacimiento. El virus representa una oportunidad para rehacer, de mejor manera, la vida urbana, particularmente al atender sus desigualdades.

La pandemia ha impulsado a las ciudades en todo el mundo a aceptar ideas que fueron radicales en algún momento. En medio de las calles libres de tráfico y las cenas al aire libre, surge la nueva imagen de una ciudad más habitable. Pero podemos hacer mucho más que peatonalizar los caminos. En el año 2021 y más allá, debemos lograr que la reconstrucción de nuestro paisaje urbano sea la principal prioridad.

Contrario a lo que dice el sentido común, la densidad poblacional de las ciudades no parece haber sido el primer factor para la propagación del virus, solo hay que observar como gigantescas ciudades como Hong Kong y Seúl combatieron el virus de manera exitosa, mientras que muchas áreas rurales en Estados Unidos sufrieron grandes brotes.

Pero en Nueva York y otras ciudades estadounidenses, el hacinamiento dentro de las residencias, causado por una falta de viviendas asequibles, agravó el contagio. Así que arreglemos eso: además de flexibilizar nuestras anticuadas reglas de zonificación, quizás los edificios de oficinas vacíos y las tiendas pueden ser convertidos en apartamentos, lo que reduciría el costo de las viviendas.

Esta también es nuestra oportunidad para reconstruir la infraestructura urbana que está en ruinas, para crear espacios públicos al aire libre más atractivos y mejorar radicalmente el transporte público.

Y luego está el cambio climático. Piensa en el coronavirus como un pequeño adelanto de la película de terror que serán los desastres naturales por venir. Tenemos una oportunidad para fortificar el espacio urbano contra futuros brotes de enfermedad, así como también las próximas calamidades causadas por el clima cambiante, de hecho, podemos hacer las dos cosas al mismo tiempo. Por ejemplo, reducir el tráfico automotor en las ciudades no solo reducirá las emisiones que calientan al clima. También limpiará el aire tóxico que se mantiene en nuestras áreas más pobladas y que se cree aumenta el riesgo de enfermedades respiratorias, incluida la susceptibilidad a la COVID-19. Un diseño urbano más transitable a pie y en bicicleta es bueno para el medioambiente y nuestra salud; un estudio entre viajeros diarios en el Reino Unido mostró que ir en bicicleta al trabajo estaba asociado a un menor riesgo de enfermedad cardiovascular y cáncer.

Lo que importa aquí no son las ideas específicas, sino un empuje masivo por la revitalización civil. El coronavirus no tiene que matar a las ciudades, solo a nuestra vieja noción de lo que las ciudades fueron, cómo funcionaron y para quiénes eran.

Repensar el espacio urbano después de una enfermedad no es una idea nueva. Si las ciudades fueran aplastadas por la pestilencia, estas habrían desaparecido hace milenios. La enfermedad ha dado forma a la ciudad moderna y la ciudad moderna ha dado forma a la enfermedad.

La práctica de la epidemiología nació en la ciudad, cuando John Snow, un anestesiólogo de Londres, rastreó la propagación del cólera hasta una bomba de agua contaminada en 1854. Y mucha de la infraestructura civil que ahora damos por sentada —parques públicos, camiones de basura, cloacas— fue puesta en marcha, en parte, para frenar las enfermedades. Las ciudades han superado a las enfermedades antes y pueden volver a hacerlo.

Sin embargo, en este momento, un gran proyecto para reconstruir a las ciudades en Estados Unidos, parece bastante difícil de alcanzar. A pesar de su importancia económica y cultural, las ciudades en Estados Unidos son excluidas con frecuencia de la política y, más profundamente, de nuestra imagen de cómo el país debe funcionar. Cerca del 80 por ciento de los estadounidenses viven en áreas urbanas, pero muchos dicen que preferirían vivir en otro lugar.

Los republicanos usan a las ciudades como garrotes, las “ciudades demócratas” supuestamente azotadas por el crimen se convirtieron en un mantra para el presidente Donald Trump. Los demócratas dependen de las grandes ciudades, y sus suburbios, para la mayor parte de sus votantes, pero ¿cuándo fue la última vez que escuchaste a un político demócrata defender enérgicamente la belleza, la creatividad y la importancia de las ciudades, por todo lo que les debemos y todo lo que todavía podemos obtener de ellas?

Si vamos a reconstruir las ciudades de Estados Unidos después del coronavirus, debemos reconocer su valor y proclamar sus cualidades. Debemos aprender a amar su inmensidad, su caos innato y admitir lo desprovistos que estaríamos sin ellas.

“Las ciudades fueron alguna vez las víctimas más indefensas y devastadas de las enfermedades, pero se convirtieron en grandes conquistadoras de enfermedades” escribió Jane Jacobs, la gran urbanista, en su libro Muerte y vida de las grandes ciudades.

Jacobs luego listó sus contribuciones: “Todo el mecanismo de cirugía, higiene, microbiología, química, telecomunicaciones, medidas de salud pública, hospitales de aprendizaje e investigación, ambulancias y otros similares, de las que dependen las personas no solo en las ciudades sino también fuera de ellas para la guerra interminable contra la mortalidad prematura, son básicamente productos de las grandes ciudades y serían inconcebibles sin ellas”.

Las ciudades crearon el futuro. Ahora debemos asegurar el de ellas.

Farhad Manjoo es columnista de Opinión de The New York Times desde 2018. Antes de eso escribía la columna sobre tecnología State of the Art y escribió True Enough: Learning to Live in a Post-Fact Society.

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