La creación de la reforma monetaria internacional

Si el presidente francés, Nicolas Sarkozy, hubiera escrito el prólogo de su presidencia del G-20, que acaba de comenzar, no podría haberlo hecho mejor. Las vísperas de la cumbre del G-20 en Seúl se vieron entorpecidas por una serie de controversias monetarias, lo que puso sobre el tapete la reforma monetaria internacional. Si bien las intenciones francesas de reformar el sistema monetario internacional habían sido recibidas con escepticismo en un principio, de repente la reforma parece ser la prioridad correcta en el momento correcto.

La tarea no es simple. El tema es abstruso. Nadie fuera de la academia se interesó en él durante los últimos 20 años. En consecuencia, prácticamente no existe ninguna propuesta integral sobre la mesa.

Estados Unidos, para el que la reforma monetaria internacional es sinónimo de disminución del papel global del dólar, se muestra indiferente. China, que lanzó la idea, está feliz de ver que la discusión cobre fuerza, pero carece de ideas precisas. Como el tiempo está de su lado, no ve razón para apurarse.

Los países emergentes tienen una opinión similar: quieren que sus problemas se resuelvan, pero no están dispuestos a reescribir las reglas del juego. Japón es entusiasta, pero sus opiniones sobre la cooperación monetaria regional no coinciden con las de China. Y Europa está más distraída que nunca con sus crisis internas.

No obstante, la reforma monetaria internacional sigue siendo una aspiración legítima. Como alguna vez, según se dijo, declaró Vladimir Lenin, “la manera más segura de destruir el sistema capitalista es corromper su moneda”. Esto se aplica a la economía mundial de hoy.

Cuando las reglas del juego monetario global no son claras, o son inadecuadas u obsoletas, los países no pueden acatarlas, y es probable que algunos intenten explotarlas para beneficio propio. Esto socava el tejido de las relaciones económicas internacionales.

La agenda para la reforma se reduce a cuatro puntos esenciales. El primero son las relaciones de tipo de cambio. Las monedas de los países desarrollados vienen flotando entre sí desde hace varias décadas, pero esto sólo sucedió en parte en los países emergentes y en desarrollo. Muchas, especialmente en Asia y el Golfo Pérsico, están asociadas de facto al dólar, otras al euro.

Pero los tipos de cambio fijos muchas veces conducen a la subvaluación (como en China) o a la sobrevaluación (como en la Argentina a comienzos de los años 2000 y, en un contexto diferente, hoy en varios países de la eurozona). Y los regímenes de tipo de cambio flotante y fijo no conviven fácilmente, porque la volatilidad tiende a afectar las monedas flotantes (muchas veces el euro y, recientemente, las monedas latinoamericanas).

De manera que el sistema necesita que se vuelva a barajar. La piedra de toque  actualmente es el renminbi –no tanto por la relación bilateral de China con Estados Unidos, sino porque otros países emergentes y en desarrollo monitorean el tipo de cambio entre el renminbi y el dólar al fijar sus propias políticas-. China sabe que la situación actual es insostenible, pero se sigue mostrando reacia a tomar medidas agresivas para dejar que el renminbi se fortalezca.

El segundo problema es imponer disciplina a las políticas nacionales para evitar la tentación de exportar inflación o desempleo domésticos. Bajo el patrón oro, la disciplina era automática. Con tipos de cambio flotantes, no lo es.

De acuerdo con una regla tácita que surgió a lo largo de los años, los bancos centrales pueden actuar como crean conveniente, siempre que mantengan estable la inflación en el mediano plazo. Esta regla normalmente asegura un módico de coherencia y evita reacciones exageradas en los tipos de cambio, pero es insuficiente en tiempos deflacionarios.

La Reserva Federal de Estados Unidos sostiene, con cierta justificación, que el alivio cuantitativo es compatible con la estabilidad de precios, mientras que Europa y varios países emergentes lo consideran un comportamiento proteccionista. El problema es que el contexto actual no ofrece un criterio para evaluar cuándo una política nacional deja de ser cooperativa.

De modo que necesitamos lo que en la jerga se llama “vigilancia”. Este es el papel del Fondo Monetario Internacional, pero el mandato del FMI es justamente eso –vigilancia, no hacer cumplir la ley-. También es el papel del G-20, pero ni Estados Unidos ni los países emergentes se muestran entusiastas con las restricciones colectivas.

El tercer problema tiene que ver con la liquidez internacional. Los flujos son excesivamente volátiles. Los países emergentes están inundados de ingresos de capital un día y se enfrentan a salidas de capital abruptas e igualmente desestabilizadoras al día siguiente.

Para impedir que sus monedas de aprecien demasiado en el primer caso o caigan demasiado en el segundo, los países emergentes acumularon reservas de monedas extranjeras, dos tercios de las cuales están denominadas en dólares. Estas reservas hoy representan el 15% del PBI global, comparado con el 6% hace diez años. En última instancia, si esto se debe a un autoseguro o a los objetivos de tipo de cambio, poco importa: ayer este crecimiento improductivo de reservas fue una causa indirecta de la crisis; hoy está afectando la demanda.

El objetivo debería ser que el autoseguro resultara innecesario si se garantiza el acceso a líneas de crédito internacionales en caso de salidas abruptas de capital privado. El FMI comenzó a hacerlo cuando creó mecanismos de crédito sin la condicionalidad habitual (y humillante) del Fondo. Pero las sospechas sobre el FMI persisten y, la mayoría de los países, especialmente en Asia, todavía prefieren un autoseguro costoso a una forma de mutualización percibida como incierta.

El cuarto problema es el anclaje colectivo. Naturalmente, a los principales bancos centrales les preocupa la inflación que pueden controlar –la inflación interna-. Pero esto deja de lado la inflación global impulsada por los crecientes precios de las materias primas, lo que cada vez resultó más evidente.

Esto no fue un problema en el contexto desinflacionario de la última década, pero se está convirtiendo en un problema hoy, lo que quizás impulsó al presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, a proponer devolverle un papel al oro. La noción es absurda –John Maynard Keynes ya hace tiempo hablaba del oro como una “reliquia bárbara”- pero el problema de anclar la política monetaria global y asegurar su alineación con los desarrollos en la oferta global no es en absoluto real.

Robert Mundell, el economista galardonado con el Premio Nobel, alguna vez comparó un régimen monetario con una constitución política, porque establece las reglas del juego. La analogía es válida. Desafortunadamente, también indica lo ambiciosa y desafiante que es la tarea de reformar el orden monetario internacional.

Por Jean Pisani-Ferry, director de Bruegel, profesor de Economía en la Université Paris-Dauphine y miembro del Consejo de Análisis Económico del primer ministro francés.

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