La creciente amistad ruso-china

Rusia y China suman casi 27 millones de km2 y 1.500 millones de habitantes. Si se agregan sus aliados (Kazajistán, Bielorrusia, Kirguistán, Irán, etc.), se añadirían otros cinco millones de kilómetros cuadrados y 300 millones de personas, para redondear –grosso modo– 32 millones de km2 y 1.800 millones de habitantes. Más que África (30,37 millones de km2 y 1.220 millones de habitantes). Sus costas y las de sus aliados se extienden desde Camboya, en Indochina, hasta el mar de Barents, controlando el mar Caspio, con proyección dominante sobre el mar Negro y decisiva sobre el Báltico. La alianza con Irán les permite proyectarse con fuerza sobre el golfo Pérsico y el océano Índico y, desde Siria, tener presencia en el Mediterráneo. En otras palabras, la alianza chino-rusa domina la inmensa masa euroasiática con una potencia incontrastable y sin rival posible que pueda poner en duda su dominio.

Hay otros dos protagonistas asiáticos de enorme relevancia geoestratégica: India y Paquistán. EEUU ha querido atraer a su bando a India, potencia dominante del Índico, pero ha encontrado dos obstáculos insalvables. Uno, India tiene su propia agenda como potencia regional, que no incluye alineamientos dudosos e inciertos. Dos, India es aliada estratégica de Rusia -como antes de la URSS- y no parece estar en sus planes romper esa alianza -entendida por Delhi como esencial- para convertirse en peón de una potencia marítima lejana e irrelevante en el Índico. Paquistán, rival de India, país con el que ha mantenido tres guerras (todas perdidas) y mantiene un duro contencioso territorial por Cachemira, ha sido y sigue siendo aliado de China, país con el que tiene vigorosos vínculos militares, económicos, comerciales y estratégicos, que no cesan de aumentar. Es aliado si y no de Washington, según giren los aires en según qué temas. No parece factible que abandone a Beijing para abrazarse a EEUU, país con mucha reputación y un cine dominante, pero incapaz de ganar una guerra. Sus aciagas experiencias en Vietnam, Iraq y Afganistán son ejemplos de su mal hacer militar.

Por demás, Rusia y China no cesan en su proyecto, posiblemente el más ambicioso y singular del mundo actual, de hacer de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), un foro angular en Eurasia. En junio pasado, Paquistán e India entraron a la OCS como miembros de pleno derecho, hecho relevante que no recibió mayor atención en los medios occidentales. Paquistán ingresó apadrinado por China e India lo hizo avalada por Rusia. Con estos dos nuevos miembros, la OCS reúne el 60% del territorio euroasiático, el 45% de la población del planeta y el 20% del PIB mundial. Los movimientos en Eurasia no quedan ahí. India, Irán y Afganistán firmaron un acuerdo, en junio de 2016, para la construcción de un gran puerto en Chabahar, Irán, que servirá de enlace clave para el tránsito de mercancías entre esos países y Asia Central y Afganistán. Con Chabahar, Irán dejará de depender de Emiratos Árabes Unidos para la carga y descarga de grandes buques. A India le servirá para saltar la valla de Paquistán, que obstaculiza el comercio hindú hacia esas regiones. Afganistán, por su parte, hará de Chabahar su principal puerto de salida al mar.

China y Paquistán también han movido sus fichas portuarias. En noviembre de 2016 empezó a funcionar el puerto de Gwadar (Paquistán), parte esencial del Corredor Económico China-Paquistán (CECP), de 3.000 kilómetros de longitud, acordado en 2013 e iniciado en 2015. China está haciendo inversiones en infraestructuras por 46.000 millones de dólares, cantidad que triplica la inversión extranjera recibida por Paquistán entre 2008 y 2015. El CEPC conecta la ciudad china de Kashgar, en Xinjiang, con el océano Índico, en un movimiento geoestratégico que deja grandes beneficios a Beijing. Da a China acceso directo a Oriente Medio y una influencia más fluida en África; le permite reducir el peso del estrecho de Malaca, controlado por la flota de EEUU (y por donde sigue pasando buena parte de su comercio); hace contrapeso al puerto de Chabahar y, como colofón, reduce la influencia de EEUU en Paquistán. Éste país gana -además de desarrollo económico, empleo y modernización de sus infraestructuras- un pulso a India en su enquistado conflicto por Cachemira, pues el CEPC pasa, justamente, por la Cachemira que India reclama como propia. Hay otro aspecto que destacar. Como expresó el primer ministro paquistaní, “el CEPC es un nuevo concepto de diplomacia basado en objetivos compartidos de prosperidad para Paquistán y la región, y un proyecto para eliminar la pobreza, el desempleo y el subdesarrollo”.

Rusia también juega con India como copartícipe de nuevas rutas. En julio de este año, se anunció el proyecto indo-ruso de crear el corredor Norte-Sur, que uniría Bombay con San Petersburgo, a lo largo de 7.200 kilómetros. El trazado del Corredor Norte-Sur pasa a través de Irán y Azerbaiyán, uniendo los puertos de Kandla y Nhava Sheva, en India, con Bandar Abbás, en Irán, desde donde saldría un tren hacia Rusia. Un corredor que seguiría los pasos de la Nueva Ruta de la Senda, a través de la cual China quiere unirse a toda Eurasia y África. De hecho, cada semana salen trenes de China rumbo a España y, en enero pasado, entró en funcionamiento la ruta Yiwu-Londres, que une Gran Bretaña y China, a través de 12.000 kilómetros, en 18 días, por 30 en barco.

Un hecho destaca en esta fiebre de rutas comerciales: las cuatro grandes potencias compiten pacíficamente entre sí y las rutas que promueven no se niegan unas a otras. Se complementan. Rusia apoya el proyecto chino de Nueva Ruta de la Seda y China la Unión Económica Euroasiática (UEE), la gran apuesta rusa. Irán firmó con Paquistán, en 2014, nueve memorandos de entendimiento y, en marzo de 2016, seis acuerdos de cooperación. “La seguridad de Paquistán es nuestra seguridad y la seguridad de Irán es la seguridad de Paquistán”, resumía el presidente iraní, Hasán Rohaní.

Antes de la XII reunión del G-20, el presidente chino, Xi Jinping, pasó por Moscú, en visita oficial, siendo ésa su reunión número 22 con Vladimir Putin, desde que Xi fue nombrado presidente, en marzo de 2013. Más de cinco reuniones por año; de media, una cada dos meses. Si agregáramos las reuniones de vicepresidentes, ministros, etc., rusos y chinos, tendremos lo que hay: un diálogo permanente y diario entre Moscú y Beijing, lo que permite hacerse una idea del grado entendimiento existente entre los dos colosos. Xi y Putin examinaron la creación de una zona de libre comercio entre China y la UEE, así como la participación china en la construcción del tren de alta velocidad Moscú-Kazán. Además, suscribieron acuerdos de cooperación en campos tan diversos como el energético, el espacial y el alimentario. Se busca aumentar los intercambios comerciales hasta los 200.000 millones de dólares e incrementar las inversiones chinas en Rusia hasta 12.000 millones para 2020. Se creó, también, un fondo de inversión chino-ruso para promover las relaciones entre el noreste de China y el Extremo Oriente ruso. Como señaló Xi Jinping, China “se ha convertido en el mayor socio comercial de la región del Lejano Oriente de Rusia”.

Capítulo especial es la colaboración militar sino-rusa. En junio pasado, en Astaná, los ministros de Defensa de los dos países firmaron una hoja de ruta para el desarrollo de la cooperación en el ámbito militar entre Rusia y China entre 2017 y 2020. Como indicara el Gobierno chino, la firma del documento demostraba “el alto nivel de la confianza mutua estratégica y la cooperación estratégica entre los dos países”. Los órganos de defensa de China y Rusia mantienen “consultas regulares sobre la seguridad estratégica”, la última de ellas en septiembre de 2016. Rusia es el único país que suministra a China grandes cantidades de productos y servicios de uso militar. El ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, durante una visita a Beijing, en noviembre de 2016, dijo que el volumen de ventas rondaba los 3.000 millones de dólares anuales.

Comparar esta suma espectacular de proyectos e iniciativas de los colosos asiáticos y Rusia con lo que acontece en Europa y EEUU da una idea bastante aproximada del futuro y del pasado del mundo. No hay proyectos equivalentes en este Occidente envejecido y roto. Su proyección exterior, en las últimas dos décadas, ha sido una suma de guerras e intervenciones -armadas o no- que han desestabilizado al vecindario, de Ucrania al Magreb. La exigencia del presidente Trump a Europa es que aumente su gasto militar. La OTAN quiere más tropas a Afganistán y aumentarlas en Siria. Guerra y pólvora desde un modelo económico-social agotado, insolidario y oxidado. La OTAN afila su maquinaria militar contra adversarios que le quintuplican en recursos, espacio, alcance y movilización. Que dominan un territorio inconquistable y que, aunque también se están armando hasta los dientes, están construyendo pacíficamente la economía del siglo XXI. No es misterio de Eleusis predecir cómo terminarían unos y otros. La economía y el futuro están en Eurasia y esta península Europa debería sumarse a ella, en vez de pensar suicidamente en retarla. Las nuevas reglas del mundo pasan por la cooperación, el desarrollo y la paz. Las guerras tardo-imperiales y el militarismo son reflejos pavlovianos caducos. ¿Entenderán, aquí, a tiempo, las nuevas reglas?

Augusto Zamora R. es autor de Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos.

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