La crisis de la Anglosfera

«Si los estadounidenses pretenden entender el Brexit, verdaderamente Gran Bretaña tiene un problema grave». Las recientes palabras de la periodista británica del Guardian Arwah Mahdawi, residente en Nueva York, muestran un importante cambio en las percepciones mutuas. En cuanto perciben su acento británico, utilizado en Estados Unidos en películas o teleseries para subrayar la maldad de personajes siniestros y retorcidos, se ve obligada a explicar que en Londres todavía tienen algo parecido a un Gobierno y la isla continúa -por ahora- a flote. La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea se ha convertido en asunto de moda y, dentro del desconocimiento del estadounidense medio respecto a lo que ocurre fuera de sus fronteras, suscita interés. No será por falta de confusión en la propia política doméstica estadounidense. Habría que remontarse muy atrás para encontrar semejante carencia de entendimiento entre los dos grandes partidos, demócrata y republicano, en cuestiones de Estado. Los estragos de la guerra cultural en Estados Unidos resultan evidentes, tanto en el deterioro de las relaciones internas de la elite, como en su limitada capacidad de influencia sobre la vida cotidiana de las personas. En todo caso, el admirable pragmatismo e individualismo del estadounidense medio hacen que ni siquiera el más ingenuo espere que papá Estado vaya a arreglar nada. La mayoría aspira a que no le compliquen la existencia y cobren más impuestos.

La simultaneidad de la crisis política y de representación a ambas orillas del Atlántico angloamericano permite establecer hipótesis y conjeturas. En primer lugar, lejos de las caricaturas apresuradas que se difunden en la Europa continental y en particular en España, sobre lo que ocurre en Londres y Washington, la operatividad de la división de poderes resulta indiscutible. La armadura constitucional, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, opera en el sentido vital y vivido de lo que Jovellanos llamó constitución histórica. Un ADN comunitario y emocional que vincula y limita, al mismo tiempo, a poderes y ciudadanos, asienta una esfera de libertad con derechos y deberes. Sin duda los denodados intentos del presidente Trump por imponer su voluntad al legislativo y los no menos contumaces actos de resistencia o sabotaje que le oponen, podrían parecer novedosos. No lo son. El actual primer mandatario estadounidense representa una tendencia nacional aislacionista muy antigua. Fue elegido por una mayoría incubada largo tiempo, aunque desde el punto de vista de quienes practicamos el sufragio universal (con leyes electorales discutibles) para elegir presidente del gobierno, parezca extravagante su sistema de designación basada en la representación territorial. Para eso sirve el federalismo. Mantiene unidas las naciones mediante cesiones y responsabilidades compartidas.

La actual división política y cultural de la sociedad estadounidense comenzó en los nefastos años sesenta, con la guerra de Vietnam y la imprevista derrota de 1975. Aunque se haga énfasis en el magnicidio de John y Robert Kennedy, Martin Luther King y otros líderes, fue la temperatura revolucionaria cercana a la ignición lo que desencadenó una lenta pero sostenida reacción nacional y nacionalista que descubrió los dramáticos costos del imperio informal, establecido tras la victoria aliada de 1945. La guerra fría contra la poderosa Unión Soviética y el despliegue global y defensivo de Estados Unidos cristalizaron en el drama de Indochina, último conflicto luchado por soldados no profesionales y transmitido en directo sin censura previa. Tras la presidencia de Jimmy Carter, a quien algunos consideran un traidor por la reversión del canal interoceánico a Panamá en 1999, se estableció un sofisticado poder cultural y tecnológico alternativo, que hizo frente al cuasimonopolio de la educación universitaria y los medios de comunicación por parte de la intelligentsia liberal. El oportuno y masivo uso de la tecnología para difundir ideas «conservadoras» en Europa resulta difícil de entender, o sorprende. La elección del presidente Trump resulta en este sentido consecuencia y no causa de los dramáticos cambios mediáticos, culturales y políticos ocurridos en Estados Unidos durante las últimas décadas. Su facilidad para opinar de lo que ocurre en Europa y, en particular, su proclividad a animar a los partidarios del Brexit extremista y hostil al compromiso con la Unión Europea, supone un gran servicio a los partidarios de la permanencia. Pues el contrario de la imagen estadounidense estereotipada del británico pérfido, esnob y con monóculo, es la imagen británica del yanqui infantil, rico y paleto.

La presunción populista de la conexión entre los nacionalismos en ambas orillas atlánticas también es aventurada. A comienzos del siglo XX, las elites imperiales británicas optaron por una conexión ventajosa con las estadounidenses, probada luego con éxito en ambas guerras mundiales. En etapa más reciente, el apoyo de la presidencia de Bill Clinton fue decisivo en la consecución del acuerdo de Viernes Santo de 1998, que terminó el conflicto norirlandés. Es muy significativo que las negociaciones del Brexit encuentren en este punto un escollo insalvable. Con la territorialidad no se juega, vienen a expresar las partes contendientes. En lo que sí aciertan los partidarios británicos de la salida de la Unión Europea, por las buenas negociando y cediendo en algunas cosas, para ganar en otras, o por las malas, bajo un prisma colonial, «quiero esto y lo quiero ya», es en que, con todas sus limitaciones, la Unión tuvo desde su fundación un horizonte postimperial, imprescindible en la devastada Europa de la posguerra. La asincronía de los tiempos juega en contra de las negociaciones.

La crisis de la Anglosfera, el deterioro de la relación especial entre Estados Unidos y Gran Bretaña, junto a la desconexión de Europa, obvia desde la presidencia de Obama, erosionan sin remisión a Occidente. También conlleva el triunfo de una emoción política tóxica, la nostalgia. El lema obsesivo de la presidencia de Trump, «Hacer a los Estados Unidos grandes de nuevo», evidencia la difusión desmedida de una representación del pasado tan confusa como dudosa, en la medida en que no se sabe si aquello que se propone como espejo alguna vez existió. En el caso británico, la maestría en la gestión de la decadencia postimperial, basada en el alineamiento bélico con Estados Unidos y el uso masivo de poder blando, con Londres como capital financiera, idiomática y musical de la globalización, ha llegado a su fin. El Brexit corre el riesgo de dejar al Reino Unido convertido en un pastiche de paisajes rurales del tiempo de Jane Austen y ferrocarriles victorianos. Nos queda una lección para aprender, un epílogo para españoles. Nadie resuelve lo que nos toca a nosotros. De nada sirve archivar los expedientes y mirar para otro lado en espera de que el tiempo, ese supremo hacedor, termine el trámite. Lo único factible es fabricar el futuro que se cree merecer.

Manuel Lucena Giraldo es miembro de la Real Academia de la Historia.

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