La crisis de la derecha francesa

Una profunda crisis política afecta actualmente a Francia, acompañada de una crisis moral, mientras los efectos sociales y económicos de la crisis financiera iniciada en septiembre del 2008 se hacen sentir con redoblada energía.

Hace apenas dos años se describía a la izquierda francesa como realidad delicuescente, carente de proyecto y de liderazgo y desorganizada; ahora cabe referir este juicio a la derecha y el Gobierno francés. Todo empezó en octubre del 2009, cuando el hijo de Sarkozy, Jean Sarkozy, que apenas contaba 23 años, ambicionó, con el positivo apoyo de su padre, acceder a la presidencia de la EPAD (Établissement Public pour l´Aménagement de la région de la Défense), el Manhattan parisino. Ante el escándalo, perceptible incluso entre las filas de la derecha, se abandonó el proyecto. Pero el asunto abrió la puerta a otros problemas morales y políticos para la derecha.

Aparecieron asuntos en relación con los cuales se cuestionaba la probidad de varios ministros o ex ministros, además de la condena del ministro del Interior por comentarios de signo racista y, sobre todo, el folletín Woerth-Bettencourt que reunía todos los ingredientes de un magnífico culebrón; en este caso, fraude fiscal por la señora Bettencourt, una de las personas más ricas de Francia y sostén financiero del Gobierno, aparte de mediar conflicto de intereses ya que la esposa del entonces ministro del Presupuesto gestionaba la fortuna de esta multimillonaria; entrega de la legión de honor – por el ministro Woerth en persona-al más cercano colaborador de la millonaria (sospechoso de haber sido así recompensado por haber beneficiado ampliamente a Sarkozy gracias a la generosidad y esplendidez de la millonaria), etcétera.

Y, en este ambiente delicuescente para el jefe del Estado, dos incidentes espectaculares le impulsaron a dar un viraje a su política. El atraco a mano armada a un casino de Grenoble seguido de la muerte de su autor abatido por los disparos de la policía se saldó con disturbios en una barriada reprimidos violentamente por la policía. En otro punto del país, la muerte de un joven de una comunidad sin residencia fija, abatido por los disparos de la policía cerca de Saint-Aignan tras saltarse al parecer un control de seguridad, suscitó las iras de la misma comunidad, cuyos miembros provocaron disturbios.

El giro adoptado por Sarkozy entraña dos aspectos. Por una parte, responde a la voluntad de garantizar la respuesta frente a los riesgos en materia de seguridad; por otra, pretende granjearse al electorado del Frente Nacional. Este giro se traduce en discursos y actuaciones políticas concernientes de forma especial a los grupos de población gitana y prevé el desmantelamiento de campamentos ilegales que los inmigrantes procedentes de Rumanía diseminan por el territorio nacional.

Al emprenderla con los gitanos, en forma incluso de una circular oficial del Ministerio del Interior con mención expresa de ellos, el poder creía llevar a cabo una buena operación política… Los franceses – tal sería el razonamiento-le respaldarían frente a esos nómadas que no son precisamente del agrado de la población sedentaria. En realidad, los gitanos forman un conjunto vario y diverso, que no debe confundirse con la población de origen cíngaro, en buena parte sedentaria. Desmantelando los campamentos en cuestión para expulsar acto seguido a sus moradores a Rumanía o a Bulgaria, el poder ha procedido, por una parte, a hacer una amalgama entre todos estos grupos de población distintos entre sí y, por otra, se ha visto capaz de movilizar y sensibilizar a una parte importante del país en la cuestión de la identidad nacional amenazada, asunto que ya había intentado sacar a la palestra, sin éxito, unos meses antes.

No contó con la reacción de la opinión pública internacional: el Vaticano, la UE, la ONU, la prensa extranjera han declarado que a su juicio la política de Francia era contraria a su propio ideal democrático y a los derechos humanos. En cuanto a la propia opinión interna – incluidas las filas de la derecha francesa-,la confusión y el revuelo, y cabe admitir que las mismas críticas, han sido notables.

Al jefe del Estado ya no le quedan bazas, como al principio de su quinquenato, para llevar a la práctica una doble apertura, tanto hacia la extrema derecha como también hacia su izquierda, con lo que sólo le queda desviarse hacia la extrema derecha. El encanto se ha quebrado. La opinión pública le abandona y baja en los sondeos en una caída libre que traduce, de hecho, una mezcla de referencias a valores como tales y un rechazo de un comportamiento político que no aporta solución a los grandes problemas del país.

Al emprenderla con los gitanos, el poder ha descendido un escalón más por la pendiente del declive y del fracaso, en lugar de proceder según su función con renovados bríos. Una situación triste para Francia, aunque de signo confortador para quienes consideran que debería ser posible conjugar la racionalidad política y económica de una parte y los valores universales y el humanismo de otra.

Michel Wieviorka, sociólogo y profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa