La crisis de los partidos políticos

La elección de de Donald Trump en EEUU ha convulsionado al mundo. Son ya miles los análisis que pretenden explicar lo que parece inexplicable. Se han convocado causas de carácter general: el miedo a las consecuencias de una revolución tecnológica que remueve todos los consensos públicos y privados adquiridos durante mucho tiempo, las migraciones sin control o la paulatina e inevitable deslocalización de empresas que han disminuido drásticamente los empleos industriales clásicos. Otras son de carácter psicológico: la inseguridad que provoca un futuro impredecible en los términos que ha sido posible en un pasado reciente y la velocidad que han adquirido los acontecimientos que hacen imposible cualquier previsión para nosotros y aún menos para nuestros hijos. Todas estas causas juntas han impulsado a una gran masa de votantes americanos a desdeñar el sistema y refugiarse en un líder antisistema, autoritario y de ideas simples, que transmite con la seguridad del que sabe que miente o simplemente no sabe; tampoco es ajena a esta reacción que una gran parte de la sociedad estadounidense haya descubierto el desequilibrio entre la magnitud de la crisis, no sólo económica, y la capacidad de sus representantes tradicionales para enfrentarse a ella.

El americano no es un caso especial ni aislado; antes y en otros países occidentales hemos comprobado cómo la dosis de razón que contenía la política occidental se iba perdiendo. El Reino Unido opta, en un referéndum visceral, por separarse de la UE, siguiendo las pautas de líderes desaprensivos y mentirosos que prometieron para lograr el éxito de su causa volver a un pasado en el que los países poderosos fueran capaces de imponer sus condiciones; y en Francia Marine Le Pen se presenta como una opción realmente posible de encaramarse a la Presidencia de la República. En Holanda, Austria y otros civilizados países del norte de Europa hoy la política no se podría entender sin la influencia determinante de los partidos de extrema- derecha. Todo ello pone en grave riesgo el futuro de la UE, la obra política humana más sutil, sofisticada y cosmopolita, aunque inacabada y por tanto, deficiente, pero digna de todo reconocimiento si tenemos en cuenta que se ha ido realizando en base a acuerdos, en un marco de paz, sin guerras ni imposiciones militares.

Estos acontecimientos han venido precedidos por el debilitamiento del conflicto de clases institucionalizado en el que se ha basado, en gran parte y con formas peculiares, el progreso a los dos lados del Atlántico durante los últimos 70 años –me apresuro a decir para los menos adornados por la inteligencia que esa afirmación no implica creer en la desaparición de las diferencias entre ricos y pobres, ni que éstas no hayan aumentado en los últimos 20 años. Simplemente significa que las clases, claramente la trabajadora y la clase media, han perdido homogeneidad–. Muchos votantes que en el pasado atendían las reclamaciones de apoyo de sus partidos, fundamentalmente de los partidos socialdemócratas, han optado ahora, perdida la lealtad asegurada por la homogeneidad de la clase, por partidos claramente nacionalistas y por líderes autoritarios. Esta coherencia de las clases, que no impedía la movilidad social, dio estabilidad y una alternancia política segura entre partidos moderados de derechas y de izquierdas. Y es ese debilitamiento de las lealtades de clase el que ha permitido a Le Pen ser una alternativa posible en Francia, la victoria de los partidarios del Brexit o el triunfo de Trump en las elecciones estadounidenses.

En España tampoco nos hemos librado de esta crisis, aunque se desarrolle sin que nos demos cuenta y con la inquietante falta de ideas de siempre; así vemos a IU integrada en Podemos para sobrevivir, al PSOE deambulando en un laberinto oscuro del que no parece que pueda salir próximamente y a Podemos desgarrándose entre inscribirse en el grupo de las formaciones antisistema o convertirse en una opción política de izquierdas e institucionalizada.

Prestando atención a los partidos de la izquierda española vemos cómo en Podemos, en los prolegómenos de su congreso, mantienen un eje fundamental de discusión entre Iglesias y Errejón. Por encima de confusas polémicas organizativas, la discusión se establece entre una política más institucional, supongo que sin dejar las movilizaciones, unida a una política de alianzas que tenga en cuenta al PSOE, y otra, la de Iglesias, que ve el Parlamento exclusivamente como un instrumento más donde teatralizar su discurso y tiene como objetivo último, en esta etapa, sobrepasar al PSOE; importándole poco que gobierne el PP si consigue doblegar a los socialistas. Errejón, en cierta medida, ha sucumbido ante las posibilidades que ofrecen las instituciones, parece un pragmático inteligente dispuesto a entrar de lleno, aun con un lenguaje de madera, en las contradicciones de la democracia burguesa; Iglesias, por el contrario, desea aprovechar esas contradicciones en contra de una democracia que se le antoja corta y justificativa, una especie de corsé para sus aspiraciones. El debate planteado en esos términos y en el marco de un partido como Podemos no se puede solucionar con un pacto si Errejón quiere mantener cierta relevancia política y tiene las trazas de que, por mucho o por menos, terminará ganandoIglesias, líder autoritario, de ideas simples y análisis en los cuales los datos no cuentan.¡Sí!, Pablo Iglesias tiene todas las de ganar, por desgracia para ellos y por suerte para el PSOE.

En el PSOE también se han adentrado en una polémica política que puede condicionar su futuro a medio y largo plazo. Por ahora no veo los ejes del debate, una vez que los dos dirigentes socialistas que se han presentado a las primarias defienden posiciones políticas parecidas, teniendo de esta forma que adentrarnos en la difusa cultura de partido para ver alguna línea diferencial –cierto es que en las primeras intervenciones López parece más claro mientras que Sánchez utilizará su dimisión de la Secretaria General y de diputado como un argumento moral, muy eficaz en un panorama político en el que pocos asumen sus responsabilidades–. Tanto Pedro como Patxi creen que el fracaso de la socialdemocracia en Europa ha sido causado por el abandono de los principios tradicionales, ¡volveremos a ser un partido de izquierdas! Yo, en contraste con ellos, creo que las dificultades del socialismo democrático se deben a su propio éxito, a que la doctrina partidaria se ha convertido en cultura política, aceptada por la mayoría. Ellos creen, coherentemente con su planteamiento inicial, que el reto está en volver a ser socialistas, desembarazándonos de las ideas neo-liberales que han contaminado el ideario socialista; yo, por mi parte, creo que el socialismo democrático se tiene que reinventar y adaptarse a una sociedad que no se parece, en Occidente por lo menos, en nada a la de hace 50 años. Para ellos la descontaminación neoliberal pasa por realizar una política de alianzas con la izquierda de nuestra izquierda, dando igual su naturaleza, y en España eso se plasma en pactos con cualquiera que no sea el PP. Yo considero que los socialistas fuimos útiles a la sociedad y pudimos imponer nuestra filosofía en la vida pública cuando fuimos posibilistas, cuando tuvimos en cuenta la realidad, cuando optamos por la vía de las reformas compartidas.

Creo que será más fácil volver al pasado que reinventar la socialdemocracia cuando nuestros pies se mueven en terreno movedizo. Pero volver al pasado, ser más rojo, más socialista, sólo supone cerrar nuestra puerta a nuevos grupos sociales, activos y dinámicos, que tienen voluntad reformista y no se asemejan a la vertebrada y coherente clase trabajadora de antaño. Podremos gobernar pero nunca contaremos con las mayorías que se necesitan para las reformas, podremos gobernar pero nos terminarán comiendo por la izquierda y por el centro, podremos gobernar pero a cambio de profundas divisiones sociales. Sin embargo, lo más probable es que siga gobernando quien gobierna con más respaldo y más tiempo. Volviendo al pasado nuestro papel nunca será de mayorías.

En España, los candidatos a su reconquista del pasado unen la alabanza al afiliado al desdén –desde mi interpretación, por la intensidad con la que halagan a «las bases»– por la democracia representativa. Pero el énfasis en las bases no es más que la manifestación de un ensimismamiento estéril; terminarán convirtiendo un instrumento al servicio de la sociedad en un fin, un partido político en una especie de religión. Si atendiéramos un poco nos daríamos cuenta de que ya el lenguaje es funcionarial, que las palabras han perdido su carga épica y sólo la rutina, no la emoción, mantiene la relación con el oyente. ¡No!, lo verdaderamente importante está fuera del partido. Si yo me afilié al partido no fue para buscar una familia que ya tenía ni para sustanciar mis frustraciones personales o para encontrar un modo de vida; fue para que voluntariamente, unido a otros que pensaban parecido y con la disminución mínima de mi libertad, pudiéramos hacer mejor la sociedad en la que vivíamos. Sabía entonces y sé ahora con más precisión que lo importante es el resto de ciudadanos que no están afiliados.

Del pasado sólo me importan los principios –adquiridos durante largo tiempo– de igualdad en equilibrio permanente con la libertad individual, el espíritu reformista –que se acompañaba mal antaño con los comunistas y hogaño con los nuevos populismos– y la capacidad de adaptación política unida a una inflexible ética personal de los viejos militantes. Todo lo demás suele encubrir un afecto nostálgico por un pasado hecho a la medida y, que por lo tanto, da una seguridad tan ficticia como prescindible.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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