La crisis del Ébola y la construcción de estado en África Subsahariana

Las operaciones de construcción de paz posbélica (misiones orientadas a reconstruir un país que ha padecido un conflicto armado) se han convertido desde finales de la década de los ochenta en la principal actividad de Naciones Unidas. El nuevo contexto de internacionalismo favorecido por el fin de la guerra fría supuso que dichas operaciones fueran adquiriendo mandatos muchos más amplios, escenificando una notable ruptura con los objetivos de las tradicionales misiones de mantenimiento de la paz. Asimismo, esta agenda de construcción de paz posbélica ha ido configurando un modelo cada vez más estandarizado y homogéneo, conformado por múltiples reformas que persiguen la transformación de diferentes aspectos políticos, sociales o económicos del contexto posbélico en cuestión y por múltiples actores (internacionales, regionales y locales) encargados de implementarlas.

África Subsahariana ha sido desde entonces la principal plataforma en la que estas misiones de construcción de paz han sido desplegadas. En concreto, Roland Paris y Timothy Sisk (2009) estiman que más de la mitad de todas ellas han tenido lugar en territorio africano. Sierra Leona, Liberia, Angola, Ruanda, Mozambique, Burundi o Costa de Marfil son algunos de los países en los que, tras la finalización de las hostilidades armadas, se han llevado a cabo elecciones multipartidistas, reformas económicas de gran calado, reformas en el sector de la justicia, elaboración de nuevas Constituciones o, por citar sólo otro ejemplo, medidas de reconciliación y justicia transicional.

Existe un elemento importante analizado por la literatura en los últimos años: en el “contexto post 11-S”, esta agenda de construcción de paz posbélica ha derivado hacia una agenda de construcción del estado, o lo que es lo mismo, a entender la construcción de paz como la consolidación del estado y sus instituciones. Si en los noventa las reformas hicieron un especial hincapié en la liberalización política (elecciones, derechos humanos, sociedad civil, etc.) como palanca del cambio social, con el nuevo milenio el énfasis se ha puesto especialmente en la consolidación de los instrumentos que garanticen la estabilidad política y el monopolio de la violencia estatal. Este giro, muy influenciado por discursos teóricos como el de Francis Fukuyama (2004) o Roland Paris (2004) y la idea de este último de “Institucionalizar antes que liberalizar” (Institutionalization before liberalization, IBL), se ha traducido en políticas concretas en todos estos países: los donantes y organismos internacionales han privilegiado reformas en los cuerpos de seguridad del estado o en el ámbito de la gobernanza, orientados a fortalecer estados que, desde una perspectiva securitizadora, se conciben como “frágiles” y, por ende, como potenciales amenazas a la estabilidad global.

Desde los estudios críticos de paz y seguridad, sin embargo, se ha problematizado este modelo, tanto en su fase liberalizadora de los noventa como, muy especialmente, en la securitizadora de la década de los dos mil. Por un lado, argumentan que se trata de un modelo que cuenta con poca legitimidad social, debido a la escasa participación de los actores locales en el diseño de muchas de las políticas implementadas. En países como Sierra Leona, por ejemplo, han sido los donantes muchas veces los que han elaborado el grueso de las principales reformas, contando sólo en las fases finales con la opinión de las élites locales y, en ocasiones, con la de las organizaciones de la sociedad civil. Esto ha generado tensiones entre actores locales e internacionales y un claro problema de legitimidad del conjunto del proceso sierraleonés. Por otro lado, los resultados de muchos de estos contextos son, al cabo de los años, muy deficitarios si se avalúan desde la perspectiva del bienestar social. Es cierto que con el énfasis en la construcción del estado se ha logrado una aparente mayor estabilidad política y militar en contextos que eran altamente volátiles (Sierra Leona, en este sentido, está experimentando desde el fin de la guerra una de las etapas de mayor estabilidad política de su historia reciente). No obstante, dicha estabilidad se ha mostrado del todo ficticia –una “paz virtual” o “negativa”, apuntan autores como Oliver Richmond (2012) o Michael Pugh (2010)- ya que en muchos casos siguen subyaciendo gran parte de los problemas estructurales (desigualdades sociales, pobreza, etc.) que se encontraban en las raíces de los conflictos armados correspondientes, por lo que puede afirmarse que el modelo de construcción de paz tiende más a la contención de los problemas que a su verdadera transformación.

La llamada “crisis del Ébola” ha agudizado las contradicciones de todo este modelo. Sierra Leona y Liberia –países en los que la implementación de la agenda de construcción de paz ha sido considerada como muy “exitosa” por algunas voces de la comunidad internacional- han sufrido en los últimos meses fruto de la expansión del virus un colapso total de los sistemas de salud, desencadenando una crisis no sólo social, sino también económica y política. Todo ello pone de relieve que la visión restringida de la seguridad de la que parte este modelo no es sólo insuficiente a la hora de mejorar substancialmente las vidas de las personas, sino que además ante problemas como el del Ébola, caracterizados por una dimensión altamente compleja y transfronteriza, la pretensión de “contener” los problemas de los llamados “estados frágiles africanos” puede volverse en contra.

El reto sigue siendo, en este sentido, impulsar un verdadero protagonismo de los actores locales en todos estos procesos, así como la operacionalización de una idea amplia de seguridad humana.

Òscar Mateos, profesor de la Universitat Ramon Llull y miembro del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la UAM.

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