La crisis humanitaria

Por David Rieff, escritor. Su último libro, de próxima aparición en España, es Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis (Taurus). © David Rieff, 2003. Traducción de News Clips (EL PAÍS, 30/03/03):

En muchos aspectos, la empresa humanitaria es víctima del éxito que ha tenido en las últimas dos décadas. En otro tiempo consideradas un socio valioso pero subsidiario de la empresa del desarrollo, las organizaciones humanitarias presentan desde hace tiempo la ayuda de emergencia como una idea salvadora en sí misma, quizá una de las pocas ideas salvadoras que todavía atraen la lealtad de las personas moralmente serias, ahora que el comunismo ha quedado desacreditado, el desarrollo ha sido en gran medida abandonado y la globalización no ha demostrado ser la utopía secular que sus partidarios afirmaban inicialmente que sería. Y así lo entiende la opinión pública occidental. Pero, por supuesto, la ayuda no podría ser nunca una panacea para los males del mundo pobre. Como declaró Sadako Ogata, ex alta comisaria de Naciones Unidas para los Refugiados, “no hay soluciones humanitarias a los problemas humanitarios”. Sin embargo, lo que han demostrado de manera concluyente los catorce años transcurridos desde la caída del muro de Berlín es que, si bien la verdadera práctica de la acción humanitaria está en crisis, el humanitarismo es un pretexto para que florezcan como nunca todo tipo de programas políticos e ideológicos. El imperativo humanitario sirvió de pretexto para que Occidente se negase a intervenir militarmente en Bosnia entre 1992 y 1995, y como pretexto para intervenir en Kosovo en 1999. Como era predecible, los activistas de los derechos humanos la han considerado una ampliación natural de su empresa. Pero también ha sido presentada por las grandes potencias como corolario de sus políticas. Como el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, apuntó en una conferencia de donantes de ayuda humanitaria sobre Afganistán, las organizaciones humanitarias son “una fuerza multiplicadora para nosotros, una parte importante de nuestro equipo de combate”.

Probablemente era inevitable que una idea que desde hace décadas ha atraído niveles de respaldo popular sin precedentes en Occidente resultase irresistible para los gobiernos. A fin de cuentas, ¿qué idea salvadora no ha sido finalmente absorbida y anexada por cualquier orden establecido al que no consiga derrocar? Y la ayuda de emergencia, con su hincapié en la acción de individuos preocupados, por no mencionar su creciente dependencia de la financiación de los gobiernos occidentales -especialmente porque la resolución de las crisis humanitarias se ha vuelto cada vez más complicada y cara- era un candidato más probable que la mayoría a recibir ese trato. Al fin y al cabo, aun cuando la mayoría de sus partidarios procediesen y tendiesen a alinearse con la izquierda política, históricamente es en sí un producto de la idea de privatizar funciones anteriormente monopolizadas por el Estado que ha constituido el legado más duradero de la era Reagan-Thatcher.

Al mismo tiempo, el reto para el humanitarismo no procede sólo de las fuerzas externas, sobre todo de los poderosos Estados que quieren convertirla en instrumento de política exterior, sino del propio movimiento humanitario. Porque si, de hecho, no hay soluciones humanitarias para problemas humanitarios, y si organizaciones humanitarias laicas como Oxfam o Médicos sin Fronteras se sienten incapaces, en conciencia, de adoptar la estoica neutralidad y la dolorosa discreción del Comité Internacional de la Cruz Roja, era seguramente inevitable que los humanitarios se volviesen cada vez más políticos. La política que abrazaron -la de los derechos humanos- estaba destinada a ser intervencionista. Los humanitarios desarmados no pueden esperar ocuparse de que se cumplan las Convenciones de Ginebra, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, o el Tratado de Prohibición de las Minas Antipersona: sólo los Estados pueden hacerlo. Y sin embargo, por mucho que dichos activistas puedan odiar y temer el uso de la fuerza, la mayoría sabe que en lugares como Sierra Leona y Kosovo la diplomacia sin fuerza es a veces peor que inútil. Bosnia y Ruanda lo demostraron.

No es que todos aquellos que trabajan en ayuda humanitaria sean partidarios de las denominadas intervenciones militares humanitarias. Es más bien que su exigencia de que se haga “algo” para frenar los asesinatos en un sistema de gobierno a punto de hundirse, o que se ponga fin a la impunidad de los jefes militares, o cualquier otra exigencia de que se repare un horror inexpresable, y, lo que es igual de importante, el papel de los grupos de ayuda para documentar y hacer públicos estos horrores contribuye poderosamente a la lógica de tales intervenciones. Al igual que el movimiento a favor de los derechos humanos, el mundo de la ayuda se ha convertido en una fuerza que, muy a su pesar, apuntala las llamadas a la recolonización de los denominados Estados fallidos. Obviamente, preferirían que dichas intervenciones se emprendieses bajo los auspicios de Naciones Unidas, de manera multilateral y arropadas por la mayor hoja de parra que el derecho internacional pueda proporcionar, en lugar de unilateralmente, como todos los países de la OTAN, incluida Alemania, y con la única excepción de Grecia, hicieron en Kosovo, o como Estados Unidos y Reino Unido están haciendo hoy en Irak.

Pero éstas son diferencias cosméticas. Independientemente de que los europeos quieran o no creerlo, la oposición entre Estados Unidos y la ONU, entre un Estado poderoso y la denominada comunidad internacional, es en buena medida una ficción. Como recientemente ha declarado el ex secretario general de Naciones Unidas Butros Butros-Gali, “Naciones Unidas es un mero instrumento al servicio de la política estadounidense; y tanto el multilateralismo como el unilateralismo son simples métodos para Estados Unidos: los utiliza a la carta, según le convenga”. Cuando se haya asentado el polvo sobre Irak, eso quedará de nuevo claro. De hecho, ya está quedando claro, a medida que países como Alemania, Francia y Bélgica, que tan farisaicamente se han opuesto a gritos a la campaña angloestadounidense en Irak, se apresuran ahora a afirmar que aportarán ayuda “humanitaria” al Irak de posguerra, y a insistir en que la ONU debe ser el organismo encargado del esfuerzo de reconstrucción.

Sería más sincero admitir que Naciones Unidas, a la que ya sólo le queda un papel legítimo, el de ser el principal organismo de ayuda (¿cómo se puede llorar el descrédito de un sistema de seguridad basado en un sistema palpablemente tan injusto como es el del Consejo de Seguridad?), probablemente se convierta en un futuro en la autoridad colonial de la potencia estadounidense cuando y como haga falta. A eso se refiere Kofi Annan cuando dice que hará “todo lo posible para conseguir que Naciones Unidas supere el reto” que supone el Irak de posguerra. En cuanto a las organizaciones humanitarias, se arriesgan a convertirse en subcontratistas de la ONU; en otras palabras, subcontratistas de un subcontratista. Es un destino terrible para un movimiento que empezó oponiéndose al poder y fieramente decidido a conservar su propia independencia. Pero después de Kosovo, Afganistán, y ahora Irak, es difícil ver qué otro destino le espera; a no ser, claro, que esté dispuesto a romper filas con el poder y reafirme su propia independencia.

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