La crisis iraquí: una versión coherente, esta mañana

Por Joaquín Romero Maura, historiador (EL PAÍS, 25/02/03):

Conjeturamos con los datos que tenemos. Lo primero es procurar ordenarlos en una composición de lugar coherente.

I. Datos y presunciones de partida sobre los protagonistas

Sadam Husein. Es un tirano de cuidado, pero racional. No corremos el peligro de caer en el error de quienes, empezando por Stalin, creyeron erróneamente a Hitler capaz de evaluar riesgos medianamente y de acompasar sus fines a los medios de que disponía. Con la anterior guerra del Golfo, Sadam Husein (SH) se equivocó de guerra, y juzgó mal el talante de sus adversarios; pero eso es otra cosa. La presunción de la racionalidad de SH le supone bien informado. En el caso de lo que ahora baraja, es, sin embargo, harto posible que SH no haya comprendido la importancia que da el equipo de Bush a que las armas cuestionadas salgan de manos tan inseguras: bastaría que sus cortesanos, aunque plenamente enterados al respecto, se lo hicieran saber a su Caudillo -¿quién le da una mala noticia?- poco receptivo a esa dimensión de la tesitura enemiga. Sería una pena.

Tendrá o no las armas e ingredientes que se le sospechan; si no, le encantaría tenerlas; pero eso, para él, aparte del gusto de tener un juguete caro, no es más que un medio secundario de poder: sería contradictorio jugárselo todo -poder y vida (propios)- por eso.

Es casi seguro que ha entendido que, si él llegase a oponer una resistencia mínimamente creíble, una guerra como la que le preparan equivale para su modesta persona al apocalipsis. No puede esperar que se le repita la inaudita suerte saudí que le cupo hace diez años cuando, a impetración histérica de Riad, temeroso de una oleada shií abocada al control de los Santos Lugares, suspendió Bush I la ofensiva trituradora de la Guardia Republicana.

Le tiene que dar, eso de la guerra en casa, una enorme pereza. Esta del cansancio es una dimensión vital, y casi siempre inadvertida. Napoleón se pasó una gran parte de la batalla de Waterloo durmiendo a pierna suelta. SH, que no parece tenga la adrenalina del demagogo, habrá sopesado alguna vez el desapacible lío personal que se cierne sobre él si no cede a tiempo en lo útilmente cedible.

No tiene dónde ir. Quizá sea esto un ineluctable efecto perverso de tanto celo penal internacional; ello es que ya nadie tiene en su mano el ofrecer santuario seguro ni retiro discreto, como se venía haciendo para facilitarles la salida a incómodos asesinos tambaleantes.

Sabe SH, y lo dicen todos los que parecen saber algo del país, que, gracias en parte a su diligente actuación, tan propia en eso de los dictadores, no tiene sucesión política fácil. Nada presagia una democracia estable ni pacífica.

El equipo de Bush. Es un verdadero equipo, capaz de trabajar como tal, de darse objetivos confidenciales y observar discreción.

Es racional, y, a la hora de calcular, tiene una reserva considerable con la que ayudarse de quienes lo hacen competentemente.

Cuando calcula, lo hace como una potencia geoestratégica, en vez de como los europeos desde unos decenios acá. Es la diferencia entre los reflejos adquiridos de conducir mucho la moto y los de viajar siempre en el sidecar.

Sabe mover las piezas de su Administración pública y orquestar recursos. Puede, por lo tanto, permitirse objetivos complejos. En el capítulo de recursos, hay que decir que este elefante ha aprendido a bailar sobre un balón cuando le parece importante porque hay sesión de circo. La propia población -patriotismos aparte- tiene un sentido pronunciado de la articulación de roles y de las funciones que corresponden a sendas situaciones. La gente está en sus puestos y les parece natural que, cuando, como el 11-S, hay un fuego grave, mueran bomberos, empezando por sus jefes y capellanes. No se comprende de dónde ha salido la noción tan generalizada de que el mastodonte norteamericano suele no saber realizar las cosas que su Gobierno se propone. Acaso de los colosales, antológicos errores de sus servicios secretos. Pero repasen la historia. Saben, y además aprenden. Digámosnos que a las manifiestas “torpezas” yanquis se las comprende mejor suponiéndolas primero intencionadas, luego fruto de la indiferencia y sólo residualmente fruto de incompetencia.

Están convencidos de que SH es un malvado racional que no se hace ilusiones acerca de lo que le pasaría en una confrontación como la que se perfila.

Están convencidos de que SH tiene o procura tener armas químicas o bacteriológicas, como lo procuró con la bomba atómica, que gestaba cuando la abortó la acción de Osirak.

Le dan suma importancia a eso. Nuestra bendita indiferencia provinciana al problema de la posesión descontrolada de esas armas, y las nucleares, no debe cegarnos ante lo serio que les parece el problema a quienes lo tienen estudiado. Para prueba de lo poco que nos hemos enterado de lo que se tercia, véase el énfasis con que, de este lado del Atlántico (y del canal de la Mancha), venimos asegurando que la disparidad de modos con que Bush trata a Corea del Norte y a Irak constituye una prueba palmaria de que es mentira la preocupación que el equipo norteamericano manifiesta por las armas iraquíes. ¡Como si, precisamente, no residiera la disparidad en que el ogro de Piongyang blande ya labomba nuclear y su cohete…! A lo mejor creíamos que era una broma lo de la disuasión ejercida por el débil sobre el fuerte. Otra más, a la que responde la siguiente, el viejo chiste remozado del escudo espacial. Etcétera.

Están convencidos de que, si no hay todavía conexión entre SH y organizaciones terroristas más importantes, el riesgo de que alguna de éstas ponga las manos sobre tales recursos de regímenes como el iraquí merece que se lo confronte.

Y este dato, crucial para nuestra composición de lugar acerca del juego que se está jugando: sólo el equipo de Bush sabe hoy con seguridad absoluta si habrá, no habrá o es contingente la guerra. Normal: puesto que ellos lo deciden. Han hecho mucho para mantener esa baza asimétrica. Lo vale.

Un aspecto vital a la hora de comprender las opciones que contemplan los adversarios es el de cómo ven las consecuencias peores razonablemente imaginables. Como queda dicho, para un Sadam que probablemente no cree en la metempsicosis, se salda en puro fin del mundo. Para el equipo de Bush, perder, en este juego, no es una posibilidad realista, aun la peor. Pero hay que afinar más sobre este punto. Como no hay información pública -estaría bueno – sobre planes estratégicos alternativos o ya decididos para el caso de lanzarse la ofensiva, tenemos que usar nuestras pobres entendederas para imaginar la dimensión del conflicto. No sería de extrañar que el equipo de Bush tuviese una visión que no se parezca nada a lo que la prensa europea da por sentado. Seguimos un poco demasiado aferrados al modelo de los sitios de Zaragoza. No sé. En muy poco tiempo, digamos días, una o dos semanas, casi sin bajas en la población civil, silenciadas las emisoras de TV (están prohibidas las antenas parabólicas), clavados al suelo aviones y cohetes, paralizados y en muchos casos sencillamente encerrados en su redil los blindados, podríamos ver a Bagdad y otras ciudades que lo merezcan, circunvaladas, con cierres herméticos para todo lo que sea más grande que una Vespa, pero porosos para cuantos civiles y militares desarmados quisieran salir. Campamentos de la Cruz Roja para acoger a todos los que salgan sin armas hasta la rendición de las tropas encerradas. Gobierno nuevo afuera, en un “Burgos” cualquiera, con sus emisoras; transistores presintonizados gratuitos. Esta próxima guerra, si por desgracia la hay, puede ser la de la irónica rehabilitación de las plazas fuertes, pero esta vez como recurso con el que enceldar al enemigo. Por poco que se la deje, la Guardia Republicana resultará tan eficaz como hace poco el invicto ejército serbio. El equipo de Bush puede pensar que, en el peor de los casos -es decir, si hay guerra-, su victoria es alcanzable con poquísimas bajas civiles, y hasta militares, entre los iraquíes. El valor consiguiente, y hasta el signo, de los costos políticos en la opinión internacional podrían así ser muy distintos de lo que se viene vaticinando. Se observará, dicho sea de paso, que, al abaratarla, ello no va necesariamente en el sentido de inhibir la proclividad belicista.

II. Objetivos de los protagonistas.

Sadam quiere durar

Bush II quiere, en ese orden, desmantelar lo que haya de capacidad iraquí, presente y futura, en materia de armas prohibidas; buscar una solución política lo menos explosiva posible; lograr acuerdos económicos que puedan contribuir a estabilizar las perspectivas del petróleo -suministro, precios- en Oriente Medio.

Lo más interesante es que estos objetivos de los enemigos son perfectamente compatibles. Es más: se impone que lo que más favorecería los objetivos de ambos adversarios sería negociar y llegar a un acuerdo que evite la guerra. Tratándose de una negociación entre enemigos reales, si la hay, será por conductos secretos -a través de rusos, turcos, españoles…-. Dado el contexto, no sería de extrañar que no nos la cuenten.

¿Es más coherente suponer que hay negociaciones y no lo sabemos o creer que no las hay?

Surgen inmediatamente varias objeciones, fundadas en la información cotidiana, que, últimamente, parece contradecir la coherencia misma de la suposición. A ver. Sostengo que abonan, en vez de contradecirla, la hipótesis de la negociación clandestina entre enemigos con voluntad de ahorrarse la guerra, con tal de alcanzar sus objetivos.

III. Indicios racionales

Dado que SH no ha cedido mientras no hubo amenazas palpables, quienes no abandonaran el objetivo de hacerle ceder tenían que montarle una amenaza creíble. Pero, si ha de serlo para Sadam, también tiene que parecérnoslo a nosotros. La belicosidad expresada por el equipo de Bush, incluida la acumulación de recursos reales para la guerra, no es, pues, unívoca.

Extrañan, sin embargo, algunos comportamientos por parte de los enterados. Dos ejemplos flagrantes. Uno: Colin Powell, cauto si los hay, cuidadoso de su imagen específica, posible candidato presidenciable (no se sabe de cuál de los partidos con las vueltas que da el mundo), se ha uncido súbitamente al carro de los jingoístas. Dos: el presidente Bush presenta al Congreso un proyecto de Presupuestos del Estado superestimulador (según él) de la economía, pero incompatible con los costos de la guerra en puertas; olvido tan escandaloso que el presidente de la Reserva Federal, tan comedido siempre, se siente obligado a criticárselo abiertamente. ¡Qué cosas tiene la gente!

Lo más curioso es la forma metódica en que el equipo de Bush está echando a los europeos fuera del ring. Desde la crisis de Yugoslavia, es bastante unánime en Washington la percepción de que es poco menos que absoluta nuestra incapacidad de pensar y plasmar una política europea. Y conocen nuestra incansable proclividad vanidosa a correr detrás del primer señuelo de independencia o de influencia que se nos echa. Pero es notable lo que vemos, porque, en el fondo, y acaso por las mismas razones, somos también muy fáciles de conciliar. Aunque el tiempo apremia (condiciones de visibilidad, etcétera) para la guerra que pueden acabar librando, los hombres del equipo de Bush eran perfectamente capaces de conciliarse con “Europa” en bloque si les hubiese parecido útil. Pero, para negociar con SH, cuanto más solos -o rodeados de pequeños respetuosos-, mejor.

Conclusión, ninguna, como es natural. La coherencia de la imagen no entraña su plausibilidad si los datos son insuficientes para juzgar acerca de ésta. Eso sí, parece que nos la estamos jugando, con la cabeza a pájaros. No hace falta viajar en sidecar, pero preocupa ver cómo el paquete europeo, que ni se ha apeado ni tiene la menor idea de cómo seguir viaje por su propio pie, manifiesta su desacuerdo con el conductor echando con fuerza el cuerpo del lado externo de la curva cuando más rápido entran en ella.

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