La crisis recupera a Dickens

La celebración del 200º aniversario del nacimiento del novelista inglés Charles Dickens da pie a una relectura reposada de su obra, en especial Oliver Twist, y examinar así las posibles semejanzas e incluso diferencias de aquella época victoriana con nuestra sociedad, que se ve abocada a ser cada día más pobre. Hay similitudes y disparidades entre las vicisitudes de esa etapa del siglo XIX y la actual del XXI, pero hay una diferencia fundamental: gracias a los testimonios de escritores como Dickens conocemos aquella forma de vida sumida en graves carencias materiales y de derechos, y su posterior evolución al progreso; pero en la actualidad, sumergidos en una gran incertidumbre, ignoramos hacia qué modelo de convivencia se dirige nuestra sociedad actual. Faltan ideas y perspectiva. Y en lugar de progresar, empeoramos.

'Oliver Twist' es sin duda una crónica social para quien desee contemplar en la obra un poco más allá del trajinar del propio protagonista. No hace falta mucho esfuerzo para detectar que la explotación infantil, la falta de trabajo, su pésima retribución o las actuaciones impunes de los corruptos dibujaban entonces -¿y ahora?- un panorama sórdido entre la miseria y el escaso amparo legal. Posiblemente no le quedaba otro remedio a aquella sociedad que avanzar y mejorar, como así ocurrió con la revolución industrial, el crecimiento de la burguesía y la creación y posterior asentamiento de ese colchón social -entre pobres y ricos- que es la clase media. En definitiva, el siglo XIX aportó el arranque de una forma de vida mejor; y el XXI revela el agotamiento de un sistema que obliga a unas reformas profundas sobre las que los expertos cavilan totalmente desorientados.

Llegados a la situación en la que nos encontramos, sí se ve claro que es inevitable, aunque no se sabe cuál, un cambio económico y social, aquello que algunos bienintencionados dieron en llamar en su momento refundación del capitalismo o capitalismo de rostro humano. Una idea vaga que se diluyó como un azucarillo y que estuvo en su origen forzada por la crisis brutal del sistema, en la que aún estamos instalados. Hay que cambiar hacia nuevos y fiables motores sociales, en los que las reformas estructurales, académicas, financieras y laborales sean capaces de alumbrar un mundo más equilibrado, justo y armónico.

Eso es la teoría, porque a día de hoy lo que de verdad preocupa y angustia al ciudadano es el empobrecimiento de una sociedad aplastada por el desempleo, el nulo crecimiento económico y unas deudas, públicas y privadas, que ponen en cuestión la posibilidad de encauzar el problema hacia una salida salvadora. Al menos, no con la rapidez que sería deseable. Y esa falta de horizonte puede ser aterradora.

La pobreza en España ya tiene sus termómetros no oficiales a través de admirables oenegés. El último informe sobre esta espinosa cuestión viene a señalar que nunca ha estado la pobreza más asentada que ahora, hasta el punto de que la brecha social es cada vez más acusada entre ricos y pobres. Es como si se volviera a retroceder hacia la polarización entre la clase alta y la baja, sin el colchón de la burguesía media. Y aquí sí vale acordarse, aunque sea para no olvidarlo, de la época victoriana de Dickens, del tiempo previo a su evolución.

Como señalan quienes trabajan en estas tareas de socorro y ayuda, casi el 22% de los hogares se sitúan ya por debajo del umbral de la pobreza y otro 25% se encuentran en situación de riesgo. De la misma manera, es indiscutible que el paro alcanza ya a más de cinco millones de personas, y que la cifra tiende a aumentar.

Y si de momento no se ha producido un estallido social es porque, según apuntan otros informes, detrás de esta complicada y dramática situación se esconde una actividad sumergida que mitiga en buena parte la brutalidad de ese escenario, por otro lado insoportable y de consecuencias imprevisibles.

Sin quitar ni un gramo de peso a este empobrecimiento sistemático y admitiendo sin reservas el drama de miles de familias, no se puede olvidar que este país tiene las cifras más altas de economía sumergida de la UE -junto a Italia y Grecia-, que supone ya el 24% del PIB. Baste decir que el fisco ha dejado de ingresar por esta razón 32.000 millones de euros en los últimos años, sin que ningún Gobierno haya sido capaz de poner fin a esta fuga, que, por otra parte, da trabajo ilegal, curiosamente, a unos cuatro millones de personas y genera más de 200.000 millones de euros.

En definitiva, la similitud con la sociedad de Dickens cobra hoy sentido por cuanto resulta evidente el actual retroceso económico hasta una situación de precariedad real y denunciable. Pero la gran diferencia entre la época victoriana y este arranque del siglo XXI estriba en que en ese escenario del XIX se daban los condicionantes para entrar de lleno en el progreso, y, por tanto, sacudirse la miseria; mientras que hoy nadie se pone de acuerdo en el camino a seguir. Quizá, el problema sea que hemos gastado ya el horizonte de Oliver Twist y necesitamos nuevas formas de entender progreso y evolución social.

Por Miguel Ángel Liso, director editorial y de comunicación del Grupo Zeta.

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