La crisis y la UE: cumbres y claves

Primera reflexión: hace unos días, Noruega, o mejor dicho, el comité noruego que otorga el Nobel de la Paz, tuvo la gentileza de dar tan prestigioso premio a la Unión Europea (UE). Cada cual opinará lo que le parezca de esto que el general De Gaulle llamó «ce machin» (este trasto), pero sin duda los padres fundadores de la actual UE, los Jean Monnet y Robert Schuman, merecían ese Nobel y muchos más. Este premio, al día siguiente de saberse la noticia, ofreció a los sufridos espectadores una simpática farsa. Van Rompuy, Barroso y Schulz se enzarzaron en una extraña ceremonia: ¿quién iría a recoger el premio? El primero argumentaba que es el presidente del Consejo; el segundo, que es el presidente de la Comisión; el tercero, que es el presidente del Parlamento Europeo. Pero la UE, con todo el Tratado de Lisboa sobre la mesa, no sabe quién tiene que recoger una minucia como el Nobel de la Paz. Una película de los hermanos Marx sin gracia ninguna.

Segunda reflexión: acabamos de padecer una nueva cumbre europea. Desde más o menos mediados del 2010 ha habido unas dos docenas de cumbres parecidas y, ante cada una de ellas, durante meses y meses, los medios han titulado en la portada Semana clave para el euro, Cumbre clave del euro o cualquier otra variante con tal de que incluya los términos «clave» y «euro». A estas alturas los ciudadanos europeos ya no saben qué pensar de tanta clave y tan poco euro, pero la distancia entre los gobernantes y los ciudadanos crece y crece y ya no se ven los unos a los otros de tan grande como es la sima que los separa. A este paso la fractura entre gobernantes y gobernados a escala europea parece insalvable, y el proceso de degradación, irreversible. No es que tenga que serlo inevitablemente, pero la UE explica poco y mal lo mucho que ha hecho bien en medio siglo, y tiene un enorme activo a su favor.

Ninguna otra organización internacional de ámbito regional (Europa) ha tenido nunca tanta eficacia política y un balance tan positivo: espacio de libertad cívica, regímenes democráticos, Estado de derecho, superación en la (traumatizada) memoria colectiva de dos guerras mundiales, capacidad de atracción para todas las transiciones posdictatoriales en el último medio siglo. Y, sin embargo, desde 1979 y las primeras elecciones al Parlamento Europeo por sufragio universal hasta las del 2009 la participación electoral ha ido bajando del 65% al 43%. En el 2009 no se había hecho sentir con todo su peso el impacto de la crisis. Las próximas elecciones al Europarlamento nos depararán dos no-sorpresas: una tasa de participación aún más baja y unas campañas previsiblemente surrealistas.

Tercera reflexión: algunos analistas (algunos de ellos, incluso muy bien informados) afirman que la soberanía ya no existe, que todo esto de Escocia, Flandes y Catalunya no tiene sentido, que la soberanía está en Bruselas. Y parecen olvidar algo obvio: la soberanía en su sentido tradicional se ha ido relativizando, pero para navegar en estas aguas -y la crisis lo demuestra de modo irrefutable en su versión europea- no parece haber instrumentos de sustitución de los estados. Dicho de otro modo: los tira y afloja de la UE no son entre Van Rompuy y Ashton, son entre Hollande, Merkel, Monti y, cuando le dejan, Rajoy. Con Barroso de espectador, no de director de orquesta. Cuando hay que tomar decisiones para el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera o el Mecanismo Europeo de Estabilidad, es mejor ser uno de los 27 gobiernos que no ser ninguno o incluso que ser presidente de la Comisión. ¿La soberanía ya no cuenta? Entonces, ¿cómo es que, en esto de los estados, todo el mundo quiere uno? ¿Cómo se explica que los que lo tienen no renuncian a él ni a rastras? Que nadie se llame a engaño, la crisis ha puesto más de relieve que nunca que la UE ha sido, es y será una organización de estados soberanos. Están encadenados a esta lógica, la del derecho internacional público.

La soberanía ya no es lo que era, pero ¿cuándo y dónde ha sido sustituida por otras formas de intervención más directas en los asuntos de este mundo? ¿Alguien cree que el Consejo de Seguridad de la ONU es un órgano que gobierna sobre sus 15 estados miembros? Es al revés, y en particular, cinco de ellos gobiernan sobre tan importante organismo. La crisis ha tenido un impacto sobre Europa, y en la UE como institución, que no hemos ni empezado a medir en profundidad. El mantra de «más Europa», más «unión política», más «claves», no sirve para enmascarar lo obvio: en el Tratado de Niza del 2000 -sin crisis a la vista- quedó claro que ningún Estado (¡ninguno!) de la UE piensa ceder ni una sola de sus atribuciones esenciales y formales de soberanía, por muy formal que sea. Y el Tratado de Lisboa no tiene buen aspecto y ya se ha anunciado uno nuevo. ¿Quién lo ha dicho y quién lo hará? Los estados de la Unión.

Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política (UB).

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