La cruz en democracia

En este país seguimos alimentando debates que en otros lares más afortunados digirieron hace décadas. Y lo hacemos utilizando unos planteamientos y unas ideas que, la verdad, en ocasiones causan sonrojo. A nada que se profundice, muchos de los argumentos del personal parecen obedecer no a un razonamiento previo o a un uso más o menos coherente del sentido común, sino a la simple obediencia a los eslóganes del partido, del grupo o de la ideología en la que cada uno se integra. Y, si no se oyen otras voces, ese nivel zafio, electoralista y correoso lo va impregnando todo. hasta lo más obvio.

Recientemente escuché a alguien -ya no recuerdo quién- despotricar contra los pendones navideños que desde hace unos años muchos ciudadanos cuelgan en los balcones. «Éste es un país laico», sostenía como toda argumentación, «y por tanto los adornos religiosos deberían prohibirse». Y pocas veces he visto yo un ‘por tanto’ con tan poca consistencia y entidad, porque nada tiene que ver la premisa de partida con la conclusión de llegada. Lo que el laicismo garantiza es, precisamente, la religiosidad privada. El laicismo -es decir: la tolerancia- no es enemigo de la religión, por mucho que algunos se empeñen, sino todo lo contrario: nació para que cada uno viva su fe sin contratiempos ni prohibiciones de ninguna laya.

Es en la otra parte, con todo, donde la cosa está peor. Aunque a día de hoy cueste encajarlo, algunos siguen alegando que el crucifijo es nada menos que nuestra enseña cultural e identitaria, o un espantajo similar. De ser cierto, entonces los que no tenemos fe seríamos algo así como menos españoles que los cristianos. ¿A qué les suena eso? Pero no se preocupen, no creo que cueste demostrar que semejante afirmación no cae ni siquiera en el terreno de lo opinable, sino directamente en el de lo erróneo: el crucifijo fue, sin duda, un emblema identitario, pero dejó de serlo hace unos treinta años. Lo que es un emblema de España (y de Europa, de Estados Unidos, y en general de cualquier democracia que se precie) es la libertad religiosa, no ninguna religión concreta. ¿De veras hace falta repetir eso a estas alturas? Pues parece que sí.

‘¿De dónde sacarán unos y otros semejante idea del laicismo, que parece ideada sólo como arma arrojadiza y porra de zurrar?’, piensa uno. Pero a la vista está: de los parámetros del debate actual, si es que el galimatías al que asistimos merece tal nombre. Porque todo esto no debería ser una cuestión política. O, mejor dicho, es una cuestión política para la que existe ya una solución bastante obvia que resulta evidente sólo cuando se tienen los conceptos claros. Y ahí, claro, es donde parece que está el problema. Así que vayamos a los conceptos.

Una cosa es la sociedad, otra el Estado. Las sociedades pueden ser más o menos religiosas. Los Estados pueden ser más o menos laicos. Y lo uno nada tiene que ver con lo otro. La sociedad más religiosa que existe en Occidente es la de Estados Unidos, que a su vez disfruta del Estado más laico del mundo. Desde Jefferson, ahí a nadie se le ocurre pensar que el hecho de que el Estado sea perfectamente laico -esto es, perfectamente neutral- sea un impedimento para que cada cual viva la religión como le venga en gana. Es exactamente al contrario: piensan que es el requisito para la libertad religiosa. Y lo mismo piensa el Tribunal de Estrasburgo. y unánimemente, claro, porque es de cajón. El abc de la teoría de la democracia.

En una democracia las personas, la sociedad, pueden ser o no religiosas con libertad. Con absoluta libertad. Y, precisamente por eso, el Estado ha de ser neutral con respecto a las religiones, absolutamente neutral. Todo lo que tenga que ver con el Estado estará libre de injerencia religiosa. ¿Qué cosas tienen que ver con el Estado? Lo público en el sentido de oficial: hospitales, juzgados, escuelas, etcétera, lugares que prestan servicios a todos los ciudadanos y que por tanto no pueden lucir un símbolo religioso que sólo algunos abrazan.

¿Cuál es entonces el lugar de lo religioso en una democracia? En primer lugar, la conciencia personal y autónoma. Y, en segundo lugar, y en la medida en que los creyentes de una determinada fe logren hacer público su compromiso y lo quieran manifestar, el espacio social público. Pero no hay que confundir el espacio social de una religión -los pendones, procesiones, iglesias, cruces en los cementerios y en las esquelas, y un inmenso etcétera- con el espacio oficial del Estado, que es otra cosa completamente distinta. Ambos son ‘públicos’, cierto, pero con un público diferente. El público del Estado lo somos todos los ciudadanos, el de una religión lo son tan sólo sus feligreses. Las sociedades pueden ser religiosas, el Estado no. La expresión ‘país laico’ no se sostiene: el país será más o menos religioso, lo que es más o menos laico es el Estado. Conceptos, conceptos, conceptos.

Querer prohibir los pendones navideños supone una violación directa de la libertad religiosa de los ciudadanos que ningún Estado laico puede permitir, porque si el laicismo saca la religión del espacio público es precisamente para garantizarla en el privado. Y querer imponer la cruz en espacios oficiales -y las escuelas públicas lo son- supone al menos dos cosas. La primera, violentar la libertad religiosa de los no cristianos, que también son ciudadanos y que no tienen por qué ver a sus hijos estudiar obligatoriamente bajo el signo de una fe que no es la suya. La segunda, mezclar la política y la fe, el aparato del Estado y la experiencia de lo trascendente, la religión y la nación. algo que empobrece profundamente, creo, cualquier vivencia religiosa digna de ese nombre. Si de veras quiere aumentar el espacio social de su fe, el catolicismo haría bien en intentar conquistar los corazones de los demás mediante la palabra y el ejemplo, y no las paredes oficiales del Estado mediante el BOE y la imposición de cruces. Los Evangelios aquí son cristalinos: a Dios lo que es de Dios, no lo que es del César.

Jorge Urdánoz Ganuza, doctor en Filosofía y porfesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.