La cuchilla de Occam y el atractivo de la violencia

El pasado 17 de diciembre un artículo publicado en un conocido diario español daba cuenta de la preocupación en las instituciones vascas por los brotes de violencia que habían aparecido durante las últimas semanas en los campus universitarios de Leioa (Vizcaya) y Vitoria. El último de ellos, ocurrido a finales de noviembre, durante las elecciones al rectorado de la Universidad del País Vasco, se saldó con varios heridos, detenidos, cargas policiales por parte de la Ertzainza y abundantes destrozos. De acuerdo con fuentes citadas en dicho artículo, la causa inmediata de los disturbios podría haber sido la manipulación de las protestas por parte de grupos radicales ajenos a la Universidad, con vistas a provocar una confrontación con la fuerza pública. Sin embargo –y siguiendo con dichas fuentes- la protesta estudiantil y su posterior radicalización obedecería, en el fondo, a un fenómeno supuestamente universal como es “[…] el descontento de los jóvenes por la limitación de las posibilidades que le ofrece el sistema, por las incertidumbres de su futuro, por la corrupción.” [1].

Existe una tendencia generalizada a atribuir el fenómeno de la radicalización violenta a constructos teóricos que, por definición, no son sino variables intermedias artificiales. En el ejemplo anterior, dicha variable intermedia sería un supuesto “descontento” ante limitación de posibilidades, incertidumbres, corrupción, etc.; pero también hay otros casos de atribuciones similares. Por ejemplo, el alcalde de la ciudad belga de Malinas –conocido por sus políticas locales contra la radicalización- comentaba hace unos meses en una entrevista a un diario español: “[La radicalización] Es un proceso de aislamiento y da a la persona algo muy importante, porque vivimos en una sociedad muy compleja donde a menudo es un ‘perdedor’, alguien frustrado que no se ve a sí mismo como parte de la sociedad.” [2]. Independientemente de los posibles éxitos de dichas políticas locales, otro constructo teórico –ahora el de “frustración”- se pretende hacer ver como el responsable del proceso de radicalización.

Atribuir el fenómeno de la radicalización violenta a este tipo de supuestas “causas” es un grave error. En primer lugar porque introducir variables intermedias de manera gratuita no ayuda en absoluto a entender el proceso, sino que sólo contribuye a generar confusión. Y en segundo lugar, quizá más importante, porque desplaza la responsabilidad del individuo y coloca parte de ésta en la sociedad donde se inserta. La radicalización violenta, vista a través de la Teoría del Aprendizaje, es un proceso aceptado por el individuo e influenciado por factores externos. Aunque la influencia de estos factores es importante, al final es el propio individuo quien se radicaliza a sí mismo, incrementando su conducta violenta manifiesta y modificando sus pensamientos, creencias y sentimientos de manera acorde [3].

Si la responsabilidad de proceso de radicalización recae fundamentalmente en el individuo, cabe preguntarse cuál es el impulso que produce semejante cambio conductual. Y aquí entramos en polémica de verdad. Hace algunos años pude leer un artículo en la revista Foreign Affairs en el que se mencionaban testimonios de militantes yihadistas que afirmaban que su lucha llegaba a hacerse adictiva. Aquello me llamó la atención, puesto que no era una idea excesivamente popular y, al mismo tiempo, encajaba bien con algunas hipótesis en las que yo mismo trabajaba. El caso es que envié un mensaje a la autora del artículo preguntándole por su experiencia ante las audiencias al respecto. Y la respuesta no dejaba lugar a dudas: “No, people are not open to this idea. I know exactly what you mean!  Good luck with it.” (No, la gente no comparte esta idea ¡Sé exactamente lo que quieres decir! Buena suerte.)

La radicalización de naturaleza yihadista tiene unos matices distintos de la radicalización que puede tener lugar en otros entornos, como pueden ser los extremismos políticos o los movimientos antisistema. Sin embargo, a nivel de vivencia individual, existen muchas similitudes entre ellos. Quizá la principal de todas ellas sea la posibilidad de tomar parte, de manera directa y protagonista, en un proyecto tan excitante y transcendente como es el de cambiar el mundo. Y además, de hacerlo de manera fácil y rápida. ¿En qué otro ambiente se promociona tan fácilmente como para colocarse por encima del resto de los humanos y pertenecer a la categoría de los elegidos, sin necesidad de trabajo o estudio previo? Frustración, descontento u otros supuestos estados de ánimo son añadidos prescindibles, esto es, que si bien pueden estar presentes, no son necesarios para explicar el proceso de radicalización.

“Pluralitas non est ponenda sine neccesitate”, como se le atribuye al franciscano Guillermo de Occam. Hay que asumir –y sobre todo dejar de escandalizarse- ante el hecho de que la violencia puede llegar a ser atractiva, al menos bajo determinadas circunstancias o, si queremos, escondida bajo ciertos ropajes. Sin duda que hay muchos más factores implicados en el proceso de radicalización, pero el atractivo por algunas formas de violencia constituye una línea de aproximación al fenómeno mucho más sencilla y plausible que acudir a constructos tales como frustración o descontento. La radicalización en las sociedades modernas es un proceso complejo y alarmante, donde predominan las incertidumbres sobre las certezas. No obstante, y como suele suceder al tratar con complejidades similares, en igualdad de condiciones la explicación más sencilla suele ser la más probable.

Miguel Peco Yeste, Doctor en Seguridad Internacional. Profesor asociado de Geopolítica y Estrategia en la Universidad Complutense de Madrid.


[1] Aizpeolea, L. R. (2016), “Los brotes violentos en la universidad alertan al Gobierno vasco” El País, 17 de diciembre.

[2] Torrens, M. (2016), “El secreto contra la radicalización se esconde en una ciudad belga”. El Español, 20 de junio.

[3] Peco, M. (2016), “A Functional Approach to Violent Radicalization. Building a Systemic Model Based On a Real Case”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 2, No. 1, (2016), pp. 63-76.

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