La cuenta regresiva final de Siria

Una serie de derrotas cruciales del ejército sirio han echado por tierra cualquier ilusión de que el gobierno de Damasco ejerciera el control de su país. Al dispersar sus fuerzas de manera inconsistente por toda Siria, el presidente Bashar al-Assad redujo drásticamente su capacidad para ganar batallas decisivas, y ahora se ve obligado a evacuar grandes zonas del país para concentrar su ejército alrededor de Damasco y el enclave Alawi en el noroeste. A medida que se vuelve evidente que Assad probablemente pierda la guerra, sus aliados más estrechos -así como las potencias mundiales y los actores regionales- están empezando a planear la jugada final.

A fines de mayo, el líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, ofreció un discurso que revelaba mucho sobre el impacto de la guerra siria en su organización. “La amenaza que enfrentamos es existencial”, dijo Nasrallah. “Ahora tenemos tres opciones: expandir la guerra y luchar mucho más de lo que hemos combatido en los últimos cuatro años, capitular y ser masacrados o dispersarnos por el mundo y caminar humillados y sin objetivos, de catástrofe en catástrofe”.

Más de 3.000 combatientes de Hezbollah han muerto en Siria y otros 4.000 resultaron heridos. Militantes sirios, entre ellos combatientes del Estado Islámico, se infiltraron en el Líbano, amenazando con reavivar la guerra ética del país y minando la legitimidad de Hezbollah como garante de su seguridad. La caída de Assad le negaría a la organización su logística vital en el interior del país, tornándola vulnerable a los desafíos planteados por las milicias sunitas insurgentes.

También es probable que Irán enfrente un ajuste de cuentas en tanto su aliado en Damasco se acerca a la derrota. Es una certeza que los cálculos estratégicos del país se han visto afectados por el ascenso de Salman bin Abdulaziz Al Saud al trono saudita, un verdadero punto de inflexión que resultó en un cambio de alianzas entre las potencias sunitas de la región. Los vínculos más sólidos entre Arabia Saudita, Turquía y Qatar -y los éxitos espectaculares de los representantes de este último en Siria- ejercerán presión para que Irán le suelte la mano a Assad si no quiere correr el riesgo de terminar aún más hundido en la ciénaga siria.

La guerra por poder en la región entre el gobierno de Assad respaldado por Irán y los rebeldes apoyados por los sunitas minó en gran medida la influencia de Estados Unidos en el curso de los acontecimientos en Siria. Los combatientes sunitas han ignorado los llamados de Estados Unidos a concentrarse en combatir al Estado Islámico en lugar del régimen de Assad. De hecho, la fuerza de combate más efectiva en el país es Jaish al-Fatah -El ejército de la conquista-, una colección de grupos rebeldes sunitas, algunos de los cuales Estados Unidos considera organizaciones terroristas.

Estados Unidos tiene motivos para preocuparse de que una victoria de Jaish al-Fatah y otros pudiera darle poder a elementos antioccidentales en Siria. Luego de su triste experiencia en Irak, el gobierno de Estados Unidos teme que tras la caída de Assad rápidamente se produjera el colapso del ejército sirio, lo que dejaría al país sin una fuerza estabilizadora. En lugar de virar su atención al Estado Islámico, los vencedores díscolos muy probablemente se atacarían mutuamente. Como en Libia, el combate tornaría al país ingobernable.

Mientras tanto, es de esperarse que Rusia, que considera estratégicamente vital la base naval de Tartus, haga todo lo que esté a su alcance para impedir una derrota total del régimen. Cuando el secretario de Estado John Kerry propuso, en una reunión a fines de mayo, una estrategia internacional conjunta para contener el conflicto, el presidente ruso, Vladimir Putin, no se mostró interesado. Pero el régimen ruso no es ciego a las realidades del campo de batalla. Luego de la pérdida de la ciudad de Palmyra a manos del Estado Islámico, se comenzó a repatriar a familias de adversarios rusos. De cara a un futuro posible sin Assad, el Kremlin ahora intenta ganar influencia en grupos opositores.

Por ahora, Assad está haciendo todo lo que puede para aferrarse al poder. Un acuerdo para compartir el poder es impensable y la geografía de Siria no es muy apropiada para una división ordenada según líneas sectarias. Los objetivos de la guerra de Assad se han reducido a evitar una derrota decisiva y ganar legitimidad internacional, con la esperanza de una solución política favorable. El ascenso del Estado Islámico efectivamente respaldó los argumentos del gobierno de que Siria corre el riesgo de ser usurpada por grupos terroristas; no obstante, el régimen se encuentra cada vez más aislado.

Es poco probable que los últimos días de Assad sean agradables. Los miembros muy unidos de su clan, sus aliados políticos y muchos miembros de la minoría alawi combatirán por su supervivencia. A menos que de alguna manera se encuentre una solución política, el destino de Siria se resumirá en las palabras proféticas que un combatiente del frente de batalla sunita de Homs le dijo a un periodista alemán en 2012. “Es una cuestión de números”, dijo. “Hay 18 millones de sunitas en su contra. Assad debe matarlos a todos. De lo contrario, ganaremos y nosotros lo mataremos a él y a sus secuaces”.

Shlomo Ben Ami, a former Israeli foreign minister, is Vice President of the Toledo International Center for Peace. He is the author of Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy.

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