La cuestión no es el arrepentimiento

El deseo de maternidad nace no se sabe cuándo ni dónde. Puede que en las primeras etapas de la infancia, en ese simulacro de vida que los expertos llaman juego simbólico. La niña juega a acunar a la muñeca y a amamantarla. Mucho antes, claro, de saber cómo se hacen los niños, dónde se hornean y cómo salen a la luz del mundo. Después se olvida de las criaturas aunque se enternezca al ver alguna. Hasta que el deseo empieza a rugir en algún lugar desconocido y sombrío del cuerpo. No tarda en decirse a sí misma que las ganas de bebés son fruto de la educación recibida, del hecho de estar demasiado cerca de generaciones y generaciones de mujeres que no han hecho otra cosa que embarazarse y parir sin preguntarse nunca si era o no lo que querían. Reprimirá las ganas de procrear. Antes hay que disfrutar de la vida, pasárselo bien ahora que es joven, salir, viajar, formarse para acceder al mejor futuro posible.

Y el futuro es un trabajo precario, mal remunerado y nada estable. El deseo sigue existiendo, pero la chica, ahora en la edad pertinente, se dice que no, que aún no es la hora, que tiene que buscar al mejor padre posible para un proyecto tan importante, que tiene que consolidarse laboralmente. Ambas condiciones tardan mucho en cumplirse, así que no es extraño que la mujer ya se haya plantado en los 35 sin haber tenido hijos. Entonces ya no puede acallar más la necesidad, entonces el deseo ya es un fuego que le estalla entre las manos y pasa a llamarse reloj biológico. Es el momento en que se convierte en obsesión, lo más importante del mundo, y ahora que ha tomado la decisión nacen los problemas que conlleva: la infertilidad, el método a utilizar si no se tiene pareja o esta no es un hombre y la sensación de que la vida le ha puesto un cronómetro en tiempo de descuento.

Cuando el hijo llegue, finalmente, será como han sido todos los hijos nacidos hasta el momento. No por ser más buscados y más difíciles de engendrar van a ser perfectos, entre otras cosas porque nacen de nosotros. Serán, como siempre, ese trozo de carne que nos ha salido de dentro, que creíamos parte de nosotras y descubrimos pronto que no, que es otro que vive fuera del vientre que lo ha llevado durante nueve meses como esa mano mordida por un tiburón que se mueve por sí sola de la que nos hablaba Maria Mercè Marçal. Por eso es tan precisa la palabra embarazada en árabe, hámila, que es, literalmente, la que lleva. Somos esto, los padres, el elemento del que se sirve la vida para perpetuarse, por muy consciente que haya sido nuestra decisión de tener hijos, tan pensada, tan poco salvaje. Pero la mano arrancada por el tiburón no sobrevive sola, cuando nace necesita alimento, cuidados y afecto de la madre.

Es una tarea intransferible en los primeros meses, aún no han inventado los pechos perfectos que hagan las mismas funciones que los de las madres. Lo intentan, claro, la industria de la alimentación infantil ya querría poder sustituir la leche materna. Pero no lo han conseguido porque no es el simple alimento lo que nutre, también el hecho de estar muy cerca, piel con piel, del cuerpo del que el bebé procede. En esta fase la mujer independiente y hecha a sí misma, que ha basado su periplo vital en no tener que atarse a nada, descubre una relación de alto compromiso y hace cosas por la criatura que no habría hecho en la vida por nadie: no dormir, no comer o comer mal, a veces no tiene tiempo ni para mirarse al espejo, para pensar en quién es y quién no, porque tener que cuidarse de la mano del tiburón lo llena todo, le absorbe las horas y las fuerzas. Los primeros años de crianza le pasan volando, cuenta los del hijo y un día descubre que ella, como mujer, no sabe exactamente qué ha hecho con ese tiempo suyo de vida, ocupada como estaba en el tiempo del otro.

Es entonces cuando la maternidad te encara con una verdad ineludible: somos, las personas, dependientes por defecto. Nacemos necesitados de otro para sobrevivir y necesitamos de los demás para morir, sobre todo para morir bien. Y no nos engañemos, en lo que va del nacimiento a la muerte también vivimos en los demás. De modo que las que hemos luchado con uñas y dientes por nuestra independencia nos damos de bruces, con la experiencia de la maternidad, con esta verdad que nos trastoca la vida entera.

En este punto ya no es pertinente plantearse si una se arrepiente o no de tener hijos, porque la perspectiva que tenemos sobre el mundo ya no es la misma, nosotras ya no somos las mismas. Las prioridades, lo que es importante y lo que no, la escala de valores, todo ha cambiado y a lo mejor lo que echamos de menos es esa mirada menos honda sobre las cosas, más despreocupada.

Najat El Hachmi, escritora.

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