La cultura frente al misterio

Vivíamos plácidamente en el Edén hasta que hizo su aparición la serpiente, insinuando la diferencia: «Dios sabe que el día en que comáis de ese árbol, vuestros ojos se os abrirán, y seréis como Él». Adán y Eva comen del fruto prohibido y se les abrieron los ojos –nos dicen las sagradas Escrituras–, y conociendo que estaban desnudos, se cubrieron con hojas. El paraíso de la naturaleza se había perdido y comenzaba –todos lo sabemos– la historia de la cultura. La unidad entre Dios y el hombre había quedado rota; daba comienzo el drama de la diferencia.

Toda ideología y toda religión reproducen el papel de la serpiente del paraíso: denuncian la diferencia (entre los sueños y la realidad) y prometen la unidad («seréis como dioses») entre el hombre y la naturaleza. La tentación primordial es, pues, naturalizar el misterio, es decir, conservar la unidad con la madre tierra, permanecer al calor y la seguridad del útero materno. Como es lógico, esto sólo puede hacerse mediante la insinuación, sutil o descarada, de un Dios paterno y tirano, juez y legislador, mediante la contraposición entre ley y gracia. La verdadera tentación, sin embargo, es querer reducirlo todo a la dualidad unidad-diferencia, que fácilmente se equipara con bueno-malo. En esta lógica dual hay, necesariamente, inocentes y culpables y, por ello, búsqueda de un chivo expiatorio.

la-cultura-frente-al-misterioTodas las ideologías, totalitaristas por definición, son intentos desesperados por recuperar este mito materno para la Modernidad. No crean un infierno escatológico –como hizo en su día magistralmente la Iglesia católica–, sino que elaboran su propio infierno intrahistórico, muy capaz de competir con el eterno. Marx, por ejemplo, cae en esta trampa al proponer un paraíso sin clases, para lo que necesita extirpar a la burguesía, su chivo expiatorio. Claro que lo mismo puede decirse del fascismo con su sueño infantil de una raza pura, para lo que Hitler necesita exterminar a los judíos. Una vez más la no aceptación de la diferencia; una vez más la tentación de la uniformidad. Marxismo y fascismo –ambas invenciones alemanas– son ideologías claramente maternas que, al no poder sobrevivir sin lo viril, sustituyen la instancia paterna por la figura de un Stalin, un Duce o un Führer. La persistencia de estas mitologías en la actualidad está revelando su colosal fuerza religiosa y arquetípica. Sólo leyendo la historia del siglo XX en esta clave mitológica es posible comprender nuestra tragedia.

Frente a estos brutales inventos, típicamente germánicos, prospera hoy el psicologismo soft importado por Norteamérica. Las promesas son las mismas que las del marxismo o el fascismo, pero para una mentalidad posmoderna. Los movimientos de la New Age y el orientalismo reinante deben entenderse desde esta perspectiva. Sólo esto explica el actual frenesí de las terapias, que son un intento por reducir el cristianismo a un proyecto de plenitud humana.

Frente al mito materno y como reacción se yergue el mito paterno, que consiste en renunciar al sueño de la unidad y la naturaleza y en racionalizar la cultura y la fatalidad. Para sus más insignes representantes (Pessoa, Adorno, Pavese…) sólo hay separación y soledad, realidades que nos invitan a habitar; para ellos todo es proyección de una unidad que ni existe ni existirá y la religión es sólo ley. O matamos al padre –dicen– o el padre nos mata a nosotros (Kafka). O somos víctimas del instinto de vida o eros –dicen también– o del de muerte o thanatos (Freud).

La literatura contemporánea se ha movido en esta última centuria entre estos dos extremos, si bien ha prevalecido con mucho la ideología paterna. Autores como Sartre, Pirandello o Camus, por sólo citar algunos, ofrecen una mirada desnuda sobre la desnudez de la existencia. Estamos condenados a ser libres (Sartre). La existencia carece de consistencia (Camus). La vida es un juego de máscaras (Pirandello). Somos un grito sin eco (Munch). Ajenas a lo barroco pero muy expresivas, sus obras son desgarradoras radiografías del individuo y de la sociedad. Carecen de hermenéutica, pero poseen, por contrapartida, la fascinante precisión de la fenomenología. Sobrios y honestos por principio, estos escritores transforman la simbología en sintomatología, hasta el punto de que todo es para ellos signo de una enfermedad.

Esta mirada lateral y desconfiada, esta sospecha permanente que nos ha inoculado la Modernidad, está ya en todos nosotros, también en los creyentes. Hemos interiorizado esta manera de pensar y vemos, siempre y necesariamente, el precio que debe pagarse, el lado oscuro o negativo, las contrapartidas, las minorías, lo marginal… Heidegger, Freud o Joyce recurren constantemente a las figuras de la tragedia griega (a Sísifo, Edipo, Prometeo, Ulises…); vuelven al mito, sí, pero sin creer en él; y lo hacen para demostrar que la promesa de la plenitud (el fuego de los dioses, la cima de la montaña…) es vana y que el futuro, por tanto, está en suspenso. Sofocada toda posible fe, el arte es para ellos la única esperanza, el último reducto para un mundo mejor.

Entre la naturalización y la racionalización del misterio, como tercera vía la posmodernidad literaria apunta a la ironía, que es algo así como un existencialismo light. Robert Musil, Thomas Mann o James Joyce son dignos representantes de este nuevo ateísmo estético, más que ideológico. Con su Ulises, por ejemplo, Joyce traslada la mitología griega a la jornada de un hombre común. Mann, por su parte, ironiza con la Biblia en su José y sus hermanos. Musil, en fin, en El hombre sin atributos, se toma a broma el nihilismo mediante un refinado juego de semiótica. La fiesta del arte no es ya la del símbolo, sino la del mero signo. Las novelas de Umberto Eco son, en este sentido, puras invitaciones al juego. No es casual que El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y La isla del día antes se sitúen en ambientes explícitamente cristianos y sean espléndidos tejidos de citas. En estas novelas siempre se postula que el mundo no tiene sentido y que la verdad resulta oprimente. Siempre se propone la construcción de un propio sistema de referencias hipotético, lúdico, provisional…

Estas tres vías culturales, simbolizadas en las figuras de la madre, el padre y el juego, afrontan el misterio de la vida, sintetizado en la dialéctica unidad y diferencia. El mito materno, de exaltación de lo natural, representa el teísmo; el paterno, de exaltación cultural, el ateísmo; el semiótico e irónico, en fin, el agnosticismo. La pregunta es si cabe un cuarto camino, y mi respuesta es sí: la vía mística, el camino de la contemplación. Es posible una actitud que no reduzca el misterio, sucumbiendo a la eterna tentación de la serpiente, sino que lo respete: una forma de mantener la tensión entre unidad y diferencia sin disolverla, sino posibilitando su fecunda armonía; una manera, en fin, para no tener que elegir entre el padre y la madre, lo que nos separa o lo que nos une, y para tampoco huir del dilema, como hace –no sin elegancia- el agnosticismo reinante. Esa vía es la del silencio.

El camino de la meditación o del silenciamiento interior no procede por la tradicional vía del análisis –como ha sido propio de la cultura teísta, atea o agnóstica–, sino por la de la síntesis: no por una senda intelectual, que necesariamente subraya la particularidad, sino sapiencial, que por fuerza destaca la noticia general. La cultura –y esta es mi propuesta– no es algo meramente mental; también es esencialmente espiritual: cultura y culto deben ir unidos; ambos permiten ese cultivo al que todos estamos invitados para desplegarnos y crecer en humanidad. Frente al pensamiento totalitario y la acción, típicos de las ideologías materna y paterna, y frente al pensamiento blando y la resignación, típicos del escepticismo irónico, la vía meditativa propone la contemplación y la pasión. En pocas palabras: la meta del ser y la senda de la simplicidad.

Pablo d’Ors, sacerdote y escritor.

1 comentario


  1. Grandioso post, para tener en cuenta diferentes aspectos nombrados acá, a mi parecer el proceso religioso tiene una descendencia y un grande misterio, gracias interesante

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