La Cumbre de Asia Oriental y la seguridad energética

Por Pablo Bustelo, Investigador principal de Asia-Pacífico, Real Instituto Elcano, y profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid (REAL INSTITUTO ELCANO, 26/01/07):

Tema: Tras la reciente Cumbre de Asia Oriental en Cebú (Filipinas), que aprobó una importante iniciativa sobre la seguridad energética de la región, se repasan los problemas principales que presenta el sector de la energía en Asia-Pacífico.

Resumen: Este análisis expone, en primer lugar, el contenido de la “Declaración de Cebú sobre seguridad energética en Asia oriental” (15 de enero de 2007). En segundo término, repasa los tres problemas principales a los que esa declaración pretende dar solución: ineficiencia energética, excesiva dependencia con respecto a los combustibles fósiles e inestabilidad potencial en los suministros, especialmente en los procedentes de fuera de la región. Finalmente, argumenta que la “Declaración de Cebú” es un paso importante, aunque sólo el primero, para promover en Asia-Pacífico la necesaria cooperación regional en materia de energía.

Análisis: La segunda Cumbre de Asia Oriental (East Asian Summit), de jefes de Estado y de Gobierno, se celebró el pasado 15 de enero en la ciudad filipina de Cebú, tras aplazarse un mes por razones meteorológicas. Como es bien sabido, esa cumbre, cuya primera edición fue en Kuala Lumpur en diciembre de 2005, reúne a 16 países de Asia-Pacífico, incluyendo en esa región no sólo a Asia oriental en sentido estricto sino también a Asia meridional y a Oceanía, puesto que en la cumbre participan la India, Australia y Nueva Zelanda. Esos 16 países, que tienen conjuntamente la mitad de la población mundial, se denominan en ocasiones ASEAN+6, esto es, los 10 países de la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental, junto con China, Corea del Sur, Japón, la India, Australia y Nueva Zelanda.

En comparación con la cumbre de Kuala Lumpur en 2005, cuando los resultados fueron escasos (por las diferencias de opinión entre Japón y China, las discusiones previas sobre los miembros adecuados del proceso y la hostilidad de EEUU), la de Cebú fue más productiva. Entre otros resultados, aprobó una declaración sobre la desnuclearización de la península coreana, la lucha contra las enfermedades pandémicas, la futura creación de un área de libre comercio en Asia oriental y, sobre todo, la cooperación para la seguridad energética en la región.

La “Declaración de Cebú”

La “Declaración de Cebú sobre la Seguridad Energética de Asia oriental” ha sido considerada como el resultado tangible más importante obtenido hasta la fecha en el proceso de las cumbres de Asia oriental.

Pretende alcanzar tres objetivos principales: (1) aumentar la eficiencia energética, con el fin de frenar el crecimiento de lo que ya es un consumo claramente excesivo de energía en relación al PIB; (2) reducir la dependencia con respecto a los combustibles fósiles, mediante el desarrollo de energías alternativas, con el fin de que la región diversifique sus fuentes de energía y reduzca sus emisiones de dióxido de carbono; y (3) garantizar un suministro estable de energía, especialmente en los países que han visto aumentar su dependencia con respecto a las importaciones, mediante el desarrollo de las infraestructuras regionales o la creación de reservas estratégicas de petróleo.

Más en particular, la Declaración señala que los países firmantes trabajarán conjuntamente para:

  • “Mejorar la eficiencia y los resultados medioambientales del uso de combustibles fósiles”.
  • Reducir la dependencia con respecto a los combustibles fósiles, a través de una mayor eficiencia y conservación, del desarrollo de la energía hidroeléctrica y otras energías renovables (especialmente los biocombustibles, como el azúcar de caña o el aceite de palma) y, “para las partes interesadas, la energía nuclear civil”.
  • Promover mercados energéticos abiertos y competitivos, a escala tanto regional como internacional, para alcanzar suministros asequibles de energía.
  • “Mitigar las emisiones de gases de invernadero, a través de políticas y medidas eficaces”.
  • Promover y alcanzar una mayor inversión en recursos e infraestructuras energéticas mediante la implicación del sector privado.

Para tal fin, Japón dio a conocer en Cebú una iniciativa de cooperación, por valor de 2.000 millones de dólares, para promover el ahorro energético y la difusión de las energías limpias en el resto de Asia-Pacífico. Además, la Cumbre de Asia Oriental decidió crear un grupo de trabajo sobre cooperación energética, que presentará un informe en la cumbre siguiente, así como instaurar reuniones periódicas de ministros de Energía (que ya existen en la ASEAN y en el proceso ASEAN+3, y que se llaman AMEM y AMEM+3, respectivamente).

Asia-Pacífico consume, en términos relativos, demasiada energía. Es muy dependiente del carbón, del petróleo y del gas natural, con lo que sus emisiones de gases de invernadero son muy importantes. Además, los países de la región están aumentando su dependencia con respecto a las importaciones de energía, especialmente de las originadas fuera de la región. Los siguientes apartados ilustran esos tres aspectos de la realidad energética de Asia-Pacífico, con datos obtenidos de diferentes informes y estudios de organismos internacionales y centros de investigación: la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la Energy Information Administration (EIA) del Departamento de Energía de EEUU, el Asia-Pacific Energy Research Centre (APERC) de la APEC, el Institute of Energy Economics of Japan (IEEJ), estadísticas de British Petroleum (BP), etc.

La ineficiencia energética

Es bien sabido que Asia-Pacífico ha aumentado mucho en los últimos años su consumo de energía. Según los datos de BP, entre 1990 y 2005 el consumo de energía comercial de esa región ha pasado de 1.792 millones de toneladas de equivalente de petróleo (mtep) a 3.434 mtep, esto es, prácticamente se ha duplicado, mientras que el consumo del conjunto del mundo ha aumentado el 30%. La región ha supuesto dos terceras partes del incremento del consumo mundial de petróleo entre esos dos años. Su consumo de gas natural ha crecido el 160%, mientras que el consumo mundial de ese combustible ha aumentado el 40%.

Buena parte de ese prodigioso incremento se ha debido al mayor crecimiento económico de la región con respecto al resto del mundo. Además, las masivas inversiones en infraestructuras y la urbanización en Asia oriental y el descenso en el número de personas que usan energía no comercial (biomasa y desechos) para cocinar o calentarse o que no disponen de electricidad (un número estimado todavía en 1.000 millones y 1.700 millones de personas, respectivamente, sobre todo en Asia meridional) explican el fuerte aumento del consumo de energía comercial.

Con todo, la eficiencia energética de Asia-Pacífico, aunque ha mejorado, sigue siendo, con las excepciones de los países más ricos de la región (Japón, Australia y Nueva Zelanda), sustancialmente menor que la de las naciones desarrolladas. Por ejemplo, según la AIE la intensidad energética, medida por el consumo energético por unidad de PIB, es, en relación con la media de la OCDE, de cuatro a cinco veces mayor en China, la India, Indonesia y Vietnam, más de tres veces mayor en Tailandia y de dos a tres veces mayor en Filipinas, Sri Lanka y Bangladesh. Para el conjunto de Asia-Pacífico, la intensidad energética es 3,5 veces mayor que en España o EEUU.

Una dependencia excesiva de los combustibles fósiles

Un segundo rasgo de la situación energética de Asia-Pacífico es la alta proporción del carbón, petróleo y gas natural en el consumo de energía comercial. Según datos de BP para el año 2005, en el conjunto de la región esos tres combustibles suponen más del 90% del consumo de energía comercial. China depende en el 70% del carbón, el 21% del petróleo y el 3% del gas natural. En el caso de Japón, las proporciones son del 23%, 46% y 14% y en el de la India, del 55%, 30% y 8%, respectivamente. A efectos de comparación, el conjunto de la energía nuclear, hidroeléctrica y otras renovables supone el 12% del consumo en España y el 45% en Francia, frente al 9% en Asia-Pacífico y al 7% en China y en la India.

En otras palabras, la energía nuclear, la hidroeléctrica y las otras energías renovables están muy poco desarrolladas en Asia-Pacífico. Esa extrema dependencia de los combustibles fósiles tiene dos consecuencias principales.

La primera consecuencia es que la emisión de gases de invernadero, y en particular de CO2, es muy importante en relación al PIB o al consumo de energía. Según datos de la AEI, si las emisiones de CO2 fueron en 2004 de 0,47 kilos por cada 2.000 dólares de PIB en la media de la OCDE, alcanzaron 2,76 en China, 1,91 en Vietnam, 1,90 en la India, 1,71 en Indonesia, 1,38 en Tailandia, 1,35 en Pakistán y 1,28 en Malasia. Incluso Taiwán (con 0,79) y Corea del Sur (con 0,75) superan con mucho las emisiones de Japón, con apenas 0,25 kilos. Aunque las emisiones per cápita siguen siendo bajas en los países en desarrollo de Asia, su elevada población hace que China, Corea del Sur, la India y Japón supongan conjuntamente ya el 30% de las emisiones globales y que la parte de China y la India sumadas sea ya mayor que la proporción de EEUU.

La segunda consecuencia es que hace depender la base energética de Asia-Pacífico de un carbón abundante pero muy contaminante y de un petróleo y un gas natural que los países asiáticos tienen que importar en cada vez mayor cuantía. Según las estadísticas de BP, en 2005 Asia-Pacífico consumió 1.650 mtep de carbón, 1.116 millones de toneladas de petróleo y 366 mtep de gas natural. Es autosuficiente en carbón, ya que su producción ascendió a 1.645 mtep y en un 90% en gas natural, pero la producción de petróleo fue de apenas 382 millones de toneladas, esto es, la región tuvo que importar dos terceras partes de sus necesidades de petróleo.

La estabilidad en el suministro de energía

Las importaciones netas de energía, en proporción del consumo total de energía, han aumentado en buena parte de Asia-Pacífico y algunos países lo han hecho de manera considerable, como puede verse en la Tabla adjunta, que incluye también las previsiones para 2010, 2020 y 2030.

 

Destaca el aumento de la dependencia importadora pasada o potencial en varios países, como China, la India, Filipinas y Tailandia, y también el hecho de que otros, que actualmente son exportadores netos de energía, dejarán de serlo en los próximos años (Malasia en los años diez, Vietnam en los años veinte e Indonesia en los treinta).

Más en particular, el consumo de petróleo se ha visto abastecido cada vez más con importaciones, que en su gran mayoría son procedentes del Golfo Pérsico, lo que se cree que continuará en los próximos decenios. Sirvan como ejemplos que en 2005 Asia-Pacífico produjo el 10% del petróleo mundial pero consumió el 30% y que entre 1990 y 2004 la dependencia de las importaciones del petróleo, en proporción del consumo de ese combustible, ha pasado en China de menos del 25% (esto es, en 1990 China era exportador neto) al 49% y en la India del 44% al 68%. Los principales importadores de petróleo en Asia-Pacífico son, por este orden, Japón, China, Corea del Sur y la India. La proporción importada de Oriente Medio es muy elevada en todos los casos: 40% en China, 67% en la India, 80% en Corea del Sur y 82% en Japón. Según el IEEJ, la dependencia del petróleo importado pasará, en Asia-Pacífico, del 55% en 2004 al 89% en 2030, mientras que la parte importada desde Oriente Medio aumentará del 90% al 93% en Japón, del 72% al 83% en Corea del Sur y del 46% al 74% en China.

¿Será Cebú el punto de partida?

Todas las previsiones apuntan a un fuerte aumento del consumo de energía en Asia-Pacífico en los próximos decenios. Según la EIA, entre 2003 y 2030 esa región será responsable, en proporción del aumento del consumo mundial, de la mitad en energía total, del 85% en energía nuclear, del 75% en carbón, del 56% de las emisiones de CO2 y del 46% en petróleo. Por tanto, lo que ocurra en Asia-Pacífico será determinante para la situación energética y medioambiental del conjunto del planeta.

Los especialistas consideran igualmente que, de mantenerse las tendencias actuales, la proporción conjunta de los combustibles fósiles en el consumo total de energía comercial de Asia-Pacífico será en 2030 muy parecida a la actual, en torno al 90%. Simplemente bajará algo el peso relativo del carbón, pero lo hará en beneficio del gas natural. Esto es, en ausencia de cambios radicales, la emisión de gases de invernadero seguirá creciendo de manera sustancial. Según la EIA, las emisiones de CO2 de Asia-Pacífico se duplicarán entre 2003 y 2025 y pasarán del 32% al 42% del total mundial.

Para evitar ese escenario, es preciso fomentar mucho más la energía nuclear, la hidroeléctrica y las otras energías renovables pero también propiciar un consumo más limpio de los combustibles fósiles. En palabras de la Declaración de Cebú, “los combustibles fósiles sostienen nuestras economías y serán una realidad duradera durante nuestra vida”.

La Declaración no contiene compromisos concretos, en forma de objetivos, plazos o financiación, sobre el aumento de la eficiencia energética o la reducción de las emisiones de CO2. En eso último, la situación en Asia-Pacífico es muy distinta de la de la UE, que acaba de anunciar un objetivo de reducción de emisiones de al menos el 20% en 2020 con respecto a 1990. La razón principal, como es bien conocido, es que muchos países asiáticos se amparan en que no son firmantes del Protocolo de Kioto.

No obstante, es un paso adelante de gran importancia, porque por vez primera se están planteando en un foro pan-asiático (sin presencia de países de América y con asistencia de la India, a diferencia de la APEC) asuntos esenciales como son la ineficiencia energética, el escaso desarrollo de energías alternativas y la insuficiente cooperación regional en materia de suministros energéticos. Tal cosa quizá permita contener los esfuerzos no cooperativos que han llevado hasta ahora a cabo algunos países asiáticos, en lo relativo, por ejemplo, a acuerdos con países productores (Japón, China y la India han competido fuertemente entre sí por recursos de Rusia, Asia central, Oriente Medio, África y América Latina) o al fomento unilateral de la energía nuclear (Japón, China y, más recientemente, la India).

Conclusiones: El fuerte crecimiento pasado y potencial de la demanda de energía en Asia-Pacífico ha puesto finalmente sobre la mesa, por primera vez en un foro estrictamente asiático y con la importante presencia de la India, asuntos como la ineficiencia energética, la dependencia excesiva de los combustibles fósiles y la inestabilidad eventual de unos suministros de energía cada vez más orientados hacia las importaciones procedentes de países no asiáticos.

En esos tres aspectos, la situación en Asia-Pacífico, con la excepción de Japón, Australia y Nueva Zelanda, deja mucho que desear. Los diferentes indicadores que se han usado en este análisis confirman que, en eficiencia energética, uso de combustibles fósiles, emisiones de CO2, importaciones de energía y dependencia del petróleo de Oriente Medio, la situación de China y la India es realmente grave. Malasia, Pakistán y Tailandia, así como, en cierta medida, Indonesia, presentan también unas condiciones adversas. Los restantes países de Asia-Pacífico tienen indicadores intermedios.

A la vista de esa información y de la Declaración de Cebú, dos parecen ser las conclusiones principales.

En primer lugar, Japón tiene mucho que enseñar en materia energética al resto de Asia, por lo que la iniciativa de cooperación desvelada en Cebú es claramente necesaria. El consumo de energía primaria en Japón fue en 2005 inferior al de 1990 y sólo ligeramente superior al de 1980, de manera que se trata de un país ejemplar en ahorro y conservación. La eficiencia energética japonesa ha mejorado en un 37% durante los últimos tres decenios. Además, Japón tiene experiencia en el desarrollo de la energía nuclear, lo que sin duda será muy útil para China e India, que tienen programas nucleares muy ambiciosos.

En segundo término, la Declaración de Cebú contiene medidas necesarias pero insuficientes, en ausencia de compromisos nacionales más decididos y de objetivos cuantificados. Entre otras cosas, hay prioridades que parecen evidentes y urgentes: mejorar drásticamente la eficiencia energética en China y la India; desarrollar las energías no convencionales, incluida la nuclear en su caso, en China, la India, Tailandia, Malasia e Indonesia; reducir de manera ambiciosa las emisiones de CO2 por unidad de PIB en China, la India, Indonesia y Vietnam; hacer frente a la sensación, cada vez más extendida, de inseguridad energética mediante la exploración conjunta de los recursos o la integración de las infraestructuras de producción y distribución; contener las implicaciones que supondrá la inevitablemente creciente dependencia del petróleo importado desde Oriente Medio, con la creación de reservas estratégicas de crudo en un contexto regional, la mejora de las infraestructuras y de la seguridad en el Estrecho de Malaca o una política energética coordinada con respecto al Golfo Pérsico.

La Cumbre de Asia Oriental ha creado un mecanismo efectivo de cooperación energética en Asia-Pacífico, lo que era necesario desde hacía tiempo. La cuestión que se plantea ahora es si los países de Asia-Pacífico serán capaces en años venideros de dotarlo de contenido.