La Dama de Oro

Con bastante frecuencia uno acude algún fin de semana al cine sin saber exactamente la película a la que cariñosamente le han llevado y casi siempre sin conocer el tema. Así me ocurrió el pasado sábado. Nada más ocupar la butaca me sentí captado por ese gran director que es Simon Curtis. El guión, magníficamente puesto en escena, convergía entre la devolución del patrimonio robado por los nacional-socialistas y el valor de un joven abogado que, sin experiencia, supo superar enormes dificultades para lograr por la vía del arbitraje el justo deseo de su clienta.

María Altmann huyó de Viena a la entrada de las tropas de Hitler. Judía y de posición acomodada, abandonó familia, seres queridos y patrimonio para salvar y rehacer su vida en los Estados Unidos de América. Sesenta años después decide iniciar gestiones para recuperar el importante patrimonio familiar. Entre los diferentes cuadros requisados por las tropas invasoras se encontraban importantes lienzos de Gustav Klimt, y muy especialmente el retrato de su tía, Adele BlochBauer, conocido como «la dama de oro», que, colgado en el museo de Belvedere, constituía un emblema nacional, una especie de Gioconda austríaca. En su deseo de recuperar parte de su patrimonio robado y así rehacerse sicológicamente de sus traumas originados en un violento pasado, conoce a un joven abogado sin experiencia que comprende muy bien los deseos de su clienta, con la que además le une su ascendencia familiar austríaca. Randy Schoenberg creyó en las posibilidades de éxito en favor de su clienta, y para ello arriesgó su situación profesional ante la incompresión del despacho en el que había empezado a trabajar, no obstante sus compromisos familiares con tres hijos pequeños.

Esta película tiene muchos mensajes que deberían tener muy en cuenta los políticos que siempre hablan de la necesidad de reformar nuestro sistema de Justicia, pero nada hacen en la práctica. Todo programa electoral choca con la realidad una vez se ha triunfado en la contienda. María Altmann y su abogado viajan a Viena, pero no consiguen su objetivo. Instancias gubernamentales rechazan la posible devolución de un cuadro que consideran tan valioso para la cultura y la tradición austríacas. Analizan la posibilidad de litigar en los tribunales locales, pues el testamento de su familia puede ser base suficiente para conseguir sus pretensiones. Pero chocan con la cuantía de las tasas judiciales, que impiden cualquier actuación judicial.

De vuelta a Estados Unidos, inician una reclamación ante los tribunales de Nueva York y reciben la contestación del Gobierno austríaco, que se opone a la competencia judicial norteamericana en base al «forum non conveniens». Su nacionalidad y su residencia son argumentos convincentes al juez para aceptar su jurisdicción. El Gobierno demandado recurre hasta el Tribunal Supremo, aunque los costes del procedimiento obligan a pensar en un posible financiador. Encuentra ese «third party funder», pero pone una condición que María Altmann no acepta: cambiar de abogado, asumiendo la defensa de sus intereses ante el Tribunal Supremo un profesional con suficiente experiencia. El joven abogado sale victorioso, pero, declarada la competencia de los tribunales norteamericanos, entiende muy bien que a su clienta le queda por delante un largo calvario judicial. Por ello sugiere al Gobierno austríaco un arbitraje, que a este le satisface, pues según la propuesta tendría lugar en Viena y con tres árbitros aplicando el Derecho austríaco. Aceptado el convenio arbitral, se celebran las audiencias y el tribunal dicta el correspondiente laudo en favor de María Altmann.

Creo que la película es el mejor alegato en favor del arbitraje como fórmula alternativa a la solución judicial, cuando así lo quieren ambas partes. Y además sucede en un momento muy oportuno. En efecto, la negociación del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América ha desatado las críticas contra el arbitraje a un lado y otro del Atlántico. Las discusiones en los medios de opinión pública a la hora de máxima audiencia están dando a la izquierda europea, especialmente en Francia y Alemania, la ocasión de cuestionar el arbitraje en general y el de protección de inversiones en particular. La senadora demócrata Elizabeth Warren, figura destacada en la carrera hacia una posible nominación presidencial, publicaba recientemente un artículo incendiario en el Washington Post, cuestionando especialmente los supuestos riesgos que supone a la legislación medioambiental y de derechos humanos. En Madrid se reunieron hace escasas semanas los líderes socialistas, aprobando un duro comunicado contra el arbitraje; comunicado que no distinguía entre sus diferentes modalidades, dada la repercusión del caso Tapie en Francia, en el cual se produjo una estafa en perjuicio de las arcas públicas promovida desde la Administración Sarkozy en beneficio de uno de sus correligionarios; de ahí, sin duda, el interés del presidente Hollande en la resolución adoptada.

Sin duda, la representación en la pantalla de los logros de María Altmann y la trayectoria profesional de su abogado son la mejor contribución en favor del arbitraje en la defensa práctica de la seguridad jurídica. El Derecho Internacional económico ha cambiado radicalmente en los últimos años: los estados ya no son los únicos sujetos, pues los particulares han adquirido legitimación para reclamar directamente frente a los estados la reparación de los ilícitos internacionales cometidos en ejercicio de soberanía.

Bernardo M. Cremades, abogado.

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