La Dama Infame

Por el camino que vamos –o por el que nos llevan– llegará un momento en el que la única tarea del intelectual consistirá en desmontar los tópicos. Sólo con eso habrá alcanzado el nivel necesario para ser considerado un benefactor de la humanidad. Un ejemplo, ¿hasta cuándo habremos de soportar a toda la canalla del poder y sus sicarios repitiendo como cotorras que “el fin no justifica los medios”?

Es sabido desde la antigüedad que el fin justifica los medios, salvo en los casos en que no se alcancen los fines, por lo que entonces se echará toda la culpa a los medios. La Iglesia católica, apostólica y romana se dedicó durante años a practicar la tortura sobre cualquier sospechoso de herejía con el saludable fin de que confesara sus crímenes. ¿Alguien tendría el tupé de decir que la Inquisición no fue una eficacísima fábrica de justificar los medios para lograr el supuesto fin de salvar las almas? Cada vez que escucho a algún prohombre de la política, la finanza o los tribunales de injusticia diciendo con voz engolada que “el fin nunca justifica los medios” soy consciente de que estoy ante un cínico o un simple.

Sucede con la tortura, esa Dama Infame, amante del Poder, ya sea de barniz democrático o una brutal dictadura. Ella se mantiene oculta y perversa, pero muy querida, muy útil, gratificante siempre. Fíjense bien, esa prostituta del Estado se manifiesta bajo la forma de una justificación que todos hemos escuchado tropecientas veces. Ante la inminencia de un atentado terrorista, faltos de tiempo para evitarlo, se hace obligado torturar para acelerar la confesión y detener la tropelía. Falso, absolutamente falso. Jamás, salvo en las películas para idiotas voluntarios, se ha descubierto nada a partir de la tortura.

Porque la finalidad de la tortura no consiste en saber algún delito oculto y por ejecutar, sino en destrozar todo vestigio humano en el que la sufre. A partir de un momento el torturado es capaz de asumir lo que tengan a bien hacerle decir sus verdugos. No buscan la verdad por un procedimiento tortuoso –nunca mejor dicho–, sino obligar a asumir el papel que ellos le han designado a la piltrafa que queda después de días, semanas o meses de martirio. Quizá algunos lo han olvidado, otros no; pero hay una generación española que conoció la tortura y que la sufrió en su vida o en el terror de ser susceptible a ella. Cada vez que sale a la palestra Rodolfo Martín Villa, exministro de Gobernación en épocas de torturadores condecorados, me viene a la nariz el olor putrefacto con el que se perfumaba a la Dama Infame. Lo peor de los restos criminales de nuestra transición es la desvergüenza de los supervivientes, ya fueran verdugos o cómplices.

No se dejen engañar más con la bomba que va a explotar o el terrorista que prepara el atentado sangriento. La tortura no va hacia ahí; la tortura es una fórmula de Estado para extorsionar a los enemigos. Y su ilegalidad, su carácter criminal es tan evidente que todos se apresuran a enmascararla bajo justificaciones –detener un atentado inminente, proteger nuestra seguridad de ciudadanos– tan falaces que ni ellos mismos las explican; lo hacen sus sicarios. ¿Por qué el Comité de Inteligencia del Senado de los EE.UU. ha levantado una discreta esquina del Gran Crimen de Estado de la mayor potencia democrática del mundo, la supuesta depositaria de las esencias del Derecho y la Libertad? Porque el volumen de basura acumulada amenazaba con anegarlo todo.

Si usted no airea una parte del delito, más pronto que tarde acabará apareciendo la amplitud del crimen en toda su dimensión. Se han hecho públicas 500 páginas de atrocidades –y debemos creerlo con fe de carbonero, sin posibilidad de salirse del guión– que forman parte de un conjunto delator que sobrepasa las 7.000. De creerles, apenas 119 islamistas radicales pagaron su tributo a la Dama Infame. ¿Y por qué habríamos de creerlo, tratándose de unos mentirosos profesionales? ¿Por qué no 1.190, o 3.000, o 480? El día que se sepa, las almas cándidas se quedarán de un pasmo si es que no estarán ya dando ortigas.

O sea que todo Estado imperial tiene su Kolymá siberiana para hacer quebrar a los enemigos, someterlos a una muerte lenta, silenciosa, impune, ya sea en la calurosa Guantánamo o desplazando sus juguetes rotos, destrozados por la maquinaria arrasadora de la tortura, por Polonia o Rumanía, campos de concentración poscomunistas de los que apenas sabemos nada.

Cuando el criminal de Estado que fue Dick Cheney, el matarife ilustrado, como antes lo había sido Henry Kissinger –menos locuaz y por eso más discreto–, sostiene que los informes de torturas de la CIA –por qué siempre se nombra a la CIA, haciéndola asumir las aventuras de las 40 organizaciones norteamericanas dedicadas al espionaje, denominado “inteligencia”, por ese virtuosismo anglosajón del léxico que inventó sin saberlo Lewis Carroll en su Alicia: los que mandan son los que ponen el nombre a las cosas–. Pues bien, Dick Cheney emulando a los grandes exterminadores de la historia, amén de sostener que el informe sobre las torturas se reduce a “basura”, añade que los torturadores “deberían ser condecorados”… si es que no lo han sido ya.

La historia de la violencia política, terrorismo incluido, y su vinculación a la tortura revive la leyenda del huevo y la gallina: ¿quién procede de qué? Disquisición falaz porque al final conviven y se alimentan en el mismo comedero. Pero los tiempos han cambiado al menos en una cosa. No en el lenguaje de Dick Cheney, el falsario de Iraq que convertiría buena parte del mundo en un matadero, tan evocador de los grandes exterminadores del siglo XX, sino en el de los ayudantes del verdugo. La aportación de la ciencia y su correlato de expertos. Confieso que siempre me impresionaron aquellos médicos colegiados y sin mácula aparente que se desvivían firmando los partes policiales sobre detenidos, físicamente irreconocibles, marcados por las torturas en los locales policiales de la Puerta del Sol madrileña o la Via Laietana barcelonesa. ¿Qué se “ficieron”? ¿Y sus hijos, con qué “se holgaron”? Galenos impecables a los que ningún colegio profesional con el viejo código deontológico colgado en la pared puso en cuestión, al contrario, los enmedalló en medida semejante a los grandes letrados de mafiosos, honrados con la Orden de San Raimundo de Peñafort, creada por el Caudillo en 1944.

Por eso al tiempo que siento un desprecio omnímodo por esos supervivientes del crimen de Estado como Cheney o Martín Villa, me atraen sobremanera los personajes que no salen en los papeles del delito, los auténticos inspiradores de la tortura posmoderna, casi idéntica a la medieval salvo en el lenguaje. Se abandonan las viejas prácticas que dejan huellas, como las cerillas sobre las uñas arrancadas y las corrientes eléctricas en los testículos, pero se vuelve a “la bañera”, al ahogo, a las variantes de la escopolamina, y se introduce la novedad científica de la alimentación anal… eso que usted se niega a considerar sentado en su sillón orejero porque se trata de descubrir la bomba que va a explotar o el atentado que puede evitarse. El fin que justifica los medios que tantas veces usted ha repetido como conducta indigna.

Los expertos. Dos psicólogos norteamericanos que acaban de salir del anonimato porque llevan colaborando con los torturadores desde el 2002 por la módica cantidad de 80 millones de dólares. A ellos se debe el lenguaje. Han cambiado el apelativo de la Dama Infame; ya no es tortura sino Técnicas de Interrogatorio Reforzadas, simplificadas en el acrónimo EIT, sus siglas en inglés. Un “eit” no se reduce a una sesión de tortura, sino a un “eit”. Lo desarrollaron dos perlas de la psicología, James Mitchell y Bruce Jessen, que tuvieron tiempo para perfeccionarse en las sesiones “eit”. ¿Existe un Nobel para psicólogos? Si le dieron el de la Paz a Henry Kissinger, no sería una contradicción repetir la experiencia, porque el fin justifica los medios.

Gregorio Morán

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