La danza de los delfines

Cada vez que salgo de Chile, me despido de rincones del barrio bajo de Santiago, de librerías de viejo que parecen catacumbas, de patios, jardines, callejones del barrio de Providencia. Intento pasar por Valparaíso, pero desviarse del camino a la costa no siempre es fácil, y paseo después por senderos de Zapallar, el pueblo de mar que descubrí en mi adolescencia, pero donde las caminatas de ahora no son las mismas que antes. Arriesgo una torcedura de tobillo bajando por escalinatas de piedra, cruzando un túnel estrecho, angosto, oscuro, al lado de acequias de aguas servidas. Hay buganvillas perfumadas y canales más o menos pestilentes. Al desembocar en paseos de las orillas de la caleta, escucho una música lejana, chillona, de ritmos ultramodernos, y me demoro en entender lo que ocurre. En los días de mi primera llegada, hace ya más de medio siglo, los muros del paseo de la Isla Seca no existían.

El jardín de don Matías Errázuriz, por ejemplo, llegaba hasta la playa, sin solución de continuidad, y su tumba anticipada, con su epitafio tallado en la piedra, podía leerse con toda facilidad: «Fue malo, pero no tanto como los buenos». A mis quince o dieciséis años de edad, me acercaba a la mesa del bar del final de la playa donde don Matías, con sus barbas de Quijote, con su manta de vicuña en los hombros, en su larga decadencia, bebía una cerveza barata y fumaba un puro nacional que hedía como un petardo. Me aseguraba que él, a mi edad, ya había empezado a coleccionar cómodas francesas de época y a viajar por el ancho mundo. No era necesario creer todo al pie de la letra, pero la fantasía volaba. Nijinsky y Ana Pavlova, los grandes bailarines de los legendarios Ballets Rusos, habían bailado en los jardines de su «hotel particular» de París.

Con los años, con las lecturas, supe que todo esto había ocurrido en la realidad, y que una de las invitadas a aquellas fiestas era Elena Huici de Errázuriz, la mecenas de Pablo Picasso, conocida en la vida de París como «madame Errázuriz». Todo esto es historia, y tuve ocasión de asomarme a ella desde lejos. Disimularlo ahora por prudencia, por miedo a la incorrección política, me parece de una estupidez rampante. Llegamos hasta la Isla Seca, regresamos, murmurando contra la música chillona que brotaba de una mansión del otro lado de la bahía. Eran los vástagos de una familia zapallarina que alquilaban su antigua residencia para realizar eventos, aniversarios, matrimonios. Y de repente, en la luz crepuscular divisamos sombras negras, ondulantes, que saltaban desde la profundidad de la bahía. Eran delfines que habían llegado del Pacífico y que saltaban y bailaban al son de los mambos, de las cumbias, del rock duro. ¡Por increíble que pareciera! La modernidad, la conversión de una vieja casona en centro de eventos, traía consigo un espectáculo insólito, una fiesta de la naturaleza y del mar en medio de un maravilloso crepúsculo. Quizá don Matías, con su afición a los ballets clásicos, habría comprendido. Supe en tiempos muy anteriores, cuando el personaje se había sentido cerca de la muerte, que le había mandado una caracola de su propiedad, de formas catedralicias, como legado a Pablo Neruda. Me lo contó el poeta, y me pareció que el detalle rompía prejuicios habituales y persistentes; que reflejaba un ánimo transversal, como se dice a veces ahora. Ahora bien, don Matías, que había encargado los planos de su casa a Le Corbusier, que tenía en sus archivos una nota original de Paul Valéry y una colección de cartas de Enrique Larreta, el autor de La Gloria de Don Ramiro, no era un personaje que pudiéramos encontrar en el Chile de estos días.

Nosotros contemplamos el espectáculo de los delfines hasta que se apagó la música y los peces desaparecieron. Nos fuimos al bar de la playa, a los rincones donde había dialogado con don Matías hacía más de cincuenta años; pedimos un par de aperitivos y comentamos los sucesos de la tarde. Se produjo, entonces, otro episodio sorprendente. La gente que había alquilado la casa de la orilla y que había celebrado un matrimonio, bajó a la playa en masa, en medio de gran jolgorio, y ocupó más de la mitad de las mesas del lugar. Eran afronorteamericanos bastante jóvenes, gente que había bajado de Harlem, de Brooklyn, de otro lugar parecido, y que se tomaba el espacio con naturalidad, con notable soltura de cuerpo, con singular alegría, como si continuaran danzando después de que había cesado la música. Desaparecían los delfines, se repartían por las mesas hombres de sombreros de todos colores, de zapatos rojos y amarillos, muchachas vestidas con estrellas plateadas y doradas, una novia deslumbrante cuya piel oscura contrastaba con el vestido albo ceñido. Era una transformación, una metamorfosis, una ola parlanchina que pasaba frente a nosotros. El mundo de don Matías, de Misiá Elena Huici, de las hermanas Morla, que convocaban a los espíritus en una terraza, en atardeceres parecidos, era, sin duda, extraordinario. ¿Y el de Harlem, con su «sangre estremecida dentro del eclipse oscuro», con su «gran rey prisionero con un traje de conserje», como escribía Federico García-Lorca? La poesía nos lleva a formular las grandes preguntas, y a lo mejor don Matías, con su legado a un poeta coleccionista, sabía de qué se trataba. Contemplo la destrucción de un mundo señorial, hermoso, pero excluyente, implacable, y no tengo respuestas claras. Aceptemos el cambio, me digo, por fin, contemplémoslo con alegría, con agradecimiento: es la única forma de no caer en la decrepitud, en el hielo. Pero cuidemos, en cualquier caso, de que esos cambios no sean para peor, como suele suceder tan a menudo en las sociedades actuales… En esta materia, las respuestas sólo las tienen los delfines, y se las han llevado a las profundidades oceánicas.

Jorge Edwards, escritor.

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