La debacle

Tras el 28 de abril se multiplicó una pregunta: ¿Cómo es posible que el socialismo de Sánchez, con lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer, ganase las elecciones con holgura? No reproduciré la conocida opinión de Gandhi sobre la idiotez y el poder porque no es nada amable para los votantes.

No caben los paños calientes: el PP sufrió un revés notable cosechando la mitad de los escaños de Rajoy en las anteriores elecciones y su peor resultado desde hace cuarenta años. El otro gran derrotado fue Podemos con la pérdida de 29 escaños. Pasa de tercera a cuarta fuerza política. Iglesias escamoteó su fracaso anunciando que entraría en el Gobierno.

Sánchez manejó sabiamente los tiempos. Su machaqueo sobre la fuerza de Vox al que ciertas encuestas, nacidas desde no se sabe qué intereses, llegaron a atribuir hasta 60 escaños, y sus actos multitudinarios que sobredimensionaban la realidad, hicieron que incluso sus propios dirigentes, y no digamos sus seguidores, se lo creyeran. Caló el repetido mensaje del miedo a la extrema derecha (en España se etiqueta a unos de extrema derecha, pero no se etiqueta a otros de extrema izquierda) y llevó a las urnas a parte de una izquierda que no se hubiera movilizado.

Abascal achaca en exclusiva al propio PP su fracaso, pero un mensaje radical, con esperpénticas propuestas, fortaleció la invocación al miedo que Sánchez necesitaba, a lo que se une que por la Ley D’Hondt Vox perdió muchos escaños; no consiguió escaños en no pocas provincias y sus votos no sumaron, acabaron en el PSOE. El mejor aliado de Sánchez resultó ser Abascal. También Vox fue favorecido por la Junta Electoral al excluirle de los debates. Nos quedamos sin saber qué opina Abascal más allá de la defensa de la unidad de España, compartida por la inmensa mayoría de los españoles, y de algunas ocurrencias de más que dudosa viabilidad.

Soy un veterano afiliado al PP, desde 1983, hoy fuera de la política activa, que ha vivido de cerca muchas situaciones gratas e ingratas. Conozco la peripecia del partido desde la práctica irrelevancia de 1977 y 1979 a los 106 escaños de 1982, y sus mayorías absolutas de 2000 y 2011. En 1986 asistí a la dimisión de Fraga por los pésimos resultados en las elecciones al Parlamento vasco, y en 1989 coordiné la ponencia de Cultura en el llamado Congreso de la Renovación. Entonces importantes dirigentes actuales del PP eran unos niños.

En junio pasado en «El error», publicado en estas páginas, opiné que el abandono por Rajoy de la presidencia del PP inmediatamente después de la moción de censura fue un error. La moción no cumplía ninguna de las condiciones exigibles y, de hecho, era un golpe parlamentario. Con la apertura de la sucesión se pasaba una página que hubiese tenido que estar viva y aprovecharse políticamente. En lugar de eso se abrió un periodo no exento de enfrentamientos. Lo ocurrido posteriormente puede tener su origen en aquel error.

Creo que el PP siguió en la campaña una estrategia desafortunada acercándose a las posiciones de Vox; comprando parte de su discurso. Alguien llegó a proclamar que lo que pretendía Vox «ya estaba en el nuevo PP». A mí personalmente no me motiva lo de «nuevo PP»; me suena a jubilación injusta de lo anterior. Tampoco se acertó prescindiendo en las listas de personas con importantes servicios a España y al PP. Ni echando un rosario de culpas sobre la etapa de Rajoy en la que Pablo Casado fue nada menos que vicesecretario de Comunicación y portavoz.

Tras el 28 de abril Casado reasumió el centrismo pero los bandazos no son buenos. Tampoco será rentable atacar a quienes, de una forma u otra, pueden suponer una parte de la suma para alcanzar un día el gobierno. Diferenciarse sí, atacar no. Cualquier movimiento debe ser medido y no espasmódico. Me preocupó la deriva derechista, porque las elecciones se ganan desde el centro. Tras las elecciones Rivera sacó pecho; le vimos de socialdemócrata, ahora de liberal y mañana quién sabe. En la derecha está Vox, en un centro ubicuo Ciudadanos, y en la izquierda Podemos. En este espectro el PSOE ocupa el centro-izquierda. El PP podría tener difícil su espacio de centro-derecha. La fragmentación blanqueó al PSOE de Sánchez, uno de los escasos socialismos que se salva del creciente hundimiento de sus correligionarios europeos.

El PP ha de superar la debacle como superó crisis anteriores. No será fácil, pero no olvidemos la larga travesía del desierto que padeció el PSOE. Y no exageremos los resultados de la izquierda. El centro-derecha obtuvo decenas de miles de votos más que PSOE-Podemos y superaría en votos la mayoría absoluta si las tres opciones hubiesen ido juntas. Ningún partido tomará decisiones antes del 26 de mayo, algo así como una segunda vuelta del 28 de abril, para no dejarse pelos en la gatera. Espero que los votantes hayan aprendido, en el caso del centro derecha, lo que supone no concentrar el voto.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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