La decencia intelectual

Días atrás, en un templo budista de Kioto, vi unas tallas de madera de tres monos que uno tras otro se tapaban orejas, ojos y boca. Es bastante interesante ver las cosas, escucharlas y hablar después. Sin embargo, a menudo nos encontramos con quien hace la figura del mono budista japonés. El pasado día 4, Joaquim Coll publicaba un artículo de opinión en este diario (1936-1939, la secesión imaginaria) en torno a la exposición ‘Une Catalogne indépendante? Geopolítica europea i guerra civil espanyola (1936-1939)’, de la que soy comisario.

Todo fantástico, la opinión es libre, si no fuera porque la muestra en cuestión no se inaugurará hasta el día 14 de septiembre en la sede del Memorial Democràtic, en la calle del Peu de la Creu 4, de Barcelona (hasta febrero del 2018). Como un crítico que ya tiene el comentario escrito antes de ver la obra de teatro, Coll publicaba comentarios de alguien que ya ha visitado una muestra aún por montar.

Es evidente que el título y la temática no le gustan y que los comentarios negativos son talmente lícitos, necesarios y, en algunos casos, esperables en un país donde cuesta reflexionar antes de publicar. Donde se prefiere atacar antes de leer, o aceptar que algunas cosas que no nos gustan no son siempre fruto de la manipulación histórica. Los historiadores no vivimos en una burbuja y ocasionalmente somos criticados –a menudo con razón– por intentar dar argumentos históricos a gobiernos, partidos o movimientos sociales. Sin embargo, si esperamos a que los acontecimientos se produzcan podremos ser tan contundentes como queramos. Con argumentos, eso siempre. Si Coll hubiera esperado solo unos días, habría podido adquirir un ejemplar del libro que acompaña la muestra, visitar de manera gratuita el Memorial e, incluso, establecer un diálogo constructivo sobre el relato historiográfico expuesto. Un debate, basado en realidades y no en apriorismos, que nos habría enriquecido a todos.

Sin embargo, esta aparente demostración de ganas de visitar la muestra me sirve para exponer a todos los lectores lo que podrán ver. Pues bien, si todos los críticos tienen un poco de espera, podrán descubrir una mirada a la guerra civil bastante innovadora y, sobre todo, muy documentada. Basta leer el «catálogo» –con diferentes autores como Ucelay-Da Cal, Núñez Seixas, Puigsech y Sánchez Cervelló– para captar que no nos encontramos ante la imaginaria historia manipulada por los perversos nacionalistas.

Los documentos, libros, artículos de prensa e informes militares allí están. Que los gobiernos, los diplomáticos y la prensa occidental creyeran probable que Catalunya se independizara durante la guerra está tan documentalmente probado que negarlo es absurdo. Sobre todo, porque el hecho de que estos actores de la escena internacional valoraran, temieran y/o quisieran la secesión catalana no hace que aquello estuviera más cerca o no producirse. No da ni quita legitimidades presentes. Lo que denota es el conocimiento de la realidad catalana pero la incapacidad de separar la trayectoria del catalanismo respecto de sus homólogos europeos.

Para los diplomáticos, parecía lógico que Catalunya siguiera el camino de Finlandia (1917), de los países bálticos (1919) o de Irlanda (1922). Pero no afinaron lo suficiente. Aunque las circunstancias fueron propicias a la secesión, el catalanismo de izquierdas –el de derechas quedó en el campo franquista– no tenía una visión definida en este ámbito. No había un cuerpo teórico que pensara en una Catalunya-Estado, y casi nadie en ERC –especialmente– creyó que aquel cambio histórico era el apropiado. El federalismo y la voluntad de cambiar/dominar a España siguió siendo predominante.

¿El presente mantiene relación con eso? Sí, pero no somos esclavos de nuestros antecesores. Hay que visitar esta exposición adentrándonos en los años 30. No es ningún drama hablar sobre estas temáticas, incluir la historia catalana en las dinámicas europeas de las que forma parte y valorar cómo marcaron al país las grandes ideologías de la primera mitad del XX. Cómo se vio a Catalunya en el exterior.

Si se espera a visitar la exposición y a leer el libro, cualquier persona entenderá que no está hecha para satisfacer una posición en los debates del presente. Que en algún apartado los independentistas se lamentarán, así como los unionistas en otras partes. La historia, que no es neutra ni inocua, pretende hacer reflexionar sobre lo que hicieron y expresaron otros seres humanos. Una vez visto y leído todo, no antes, hagamos todas las valoraciones que se crean necesarias.

Arnau González Vilalta, profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona.

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