La decepción de Cervantes

Trabajando con las herramientas y los métodos de hoy, los científicos en Inglaterra han identificado y resucitado los restos del rey medieval Ricardo III y han dado a su esqueleto un entierro real, con la masiva presencia de las autoridades y del público. El rey siempre había recibido mala prensa, sobre todo, en los escritos de William Shakespeare, cuyo cumpleaños se conmemora este mes y quien a bien seguro estaría decepcionado al ver que uno de sus villanos más notables ha sido restituido a un aceptable estatus en la memoria histórica del pueblo de Inglaterra. Sin embargo, tanto Shakespeare como Ricardo III descansan en gloria en sus respectivas tumbas, y nadie desea cambiar su estatus o su fama. A pesar de su mala reputación, Ricardo III ha sido identificado y salvaguardado gracias a los avances en la tecnología arqueológica moderna.

No puede decirse lo mismo de Cervantes, sobre cuyos supuestos restos mortales quedan dudas sin resolver. Los españoles celebraron el día de su muerte el 23 de abril sin saber si se puede dar algún crédito a la idea de que «entre los fragmentos de la reducción de huesos localizada en el suelo de la cripta de la actual iglesia de las Trinitarias de Madrid se encuentran algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes». Cervantes quizá esté allí, puede también no estar allí; no hay evidencia definitiva, y todo lo cierto es que ningún cuerpo ha sido identificado como el suyo. El polvo del tiempo cubre sus restos, donde quiera que se encuentren; y a diferencia de Shakespeare, cuya tumba en Stratford la visitan miles de personas cada año, el poeta nacional español seguirá viviendo sólo a través de sus escritos, y no a través de la presencia física de sus huesos.

ULISES
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Cervantes, incluso más que Shakespeare, es el símbolo de una lengua, y probablemente es en eso donde radica su vulnerabilidad. Hoy en día la lengua de Shakespeare es el lenguaje básico de la raza humana, el lenguaje no sólo de la cultura y del turismo, sino también de la ciencia, la medicina y la tecnología. Se habla donde quiera que los seres humanos desean tener contacto con el mundo moderno. Hubo un tiempo en que Cervantes también podría haber reclamado este estado. Vicente Blasco Ibáñez expresó tal vez mejor que ningún otro el celestial significado de la novela ‘Don Quijote’: «la Biblia de nuestra raza y representativo del espíritu español y del espíritu de toda la humanidad». El problema, sin embargo, fue que muchos españoles intentaron convertir el Cervantes universal en un fenómeno puramente nacionalista, una expresión de sus propias imaginaciones introspectivas. Uno de ellos fue Unamuno, quien defendió su culto al quijotismo como «religión nacional».

Hubo, por supuesto, muchos que se opusieron a esta tendencia. Un crítico de las fantasías literarias que rodeaban a Cervantes fue un ingeniero aragonés de Huesca, Lucas Mallada, uno de los primeros promotores del darwinismo en España y afilado crítico de escritores que, como Unamuno, preferían los sueños a la posibilidad del progreso científico. En un penetrante estudio fechado en 1890, Mallada escribió: «Para todas las clases sociales existe entre nosotros un defecto que me permitiré expresar con una sola palabra: la fantasía. La patria de Don Quijote es un país de soñadores».

Mediante la identificación de Cervantes con un culto nacional, o incluso (en la década de 1950) con un régimen político, los intelectuales españoles hicieron un mal servicio al autor. Pero este no fue el final de las tribulaciones de Cervantes, que siglos después de su muerte tuvo que hacer frente a aquellos que copiaban su trabajo de manera ilegal o bien le imitaban sin vergüenza. Hoy su obra sigue siendo ampliamente leída en una multitud de idiomas, pero no puede escapar de las tendencias de los tiempos. Hoy en día, la tecnología está amenazando a Cervantes y no sólo a él, sino también a toda la cultura y la literatura.

El otro día viajé a Madrid en el tren AVE, que es una maravilla de la ciencia moderna, ya que combina la velocidad y comodidad. Eché un vistazo a los que estaban sentados a mi alrededor. Había cinco mujeres, de distintas edades. Todos ellas, sin excepción, tenían un pequeño teléfono móvil abierto en sus manos, y estaban atareadas jugando con él; una movía objetos de colores en la pantalla, otra estaba escribiendo un mensaje de texto, otra iba simplemente moviendo la pantalla hacia arriba y hacia abajo. Como yo no poseo uno de estos modernos teléfonos, las miraba con fascinación. Entonces se me ocurrió averiguar lo que los otros pasajeros en el compartimento estaban haciendo, así que me levanté y me moví por el pasillo. Fue un verdadero viaje de descubrimiento. Por todo el compartimento había pasajeros que tenían el hipnótico teléfono abierto en sus manos y movían el dedo arriba y abajo de la pantallita, arriba y abajo, izquierda y derecha. El pequeño teléfono parecía representar el centro de su existencia.

Ni un sólo pasajero estaba leyendo. No había un sólo libro a la vista. Por lo que supe, el libro como un objeto había desaparecido y la única realidad que quedaba en el mundo era la pequeña pantalla de ordenador en el teléfono. La magia de la palabra impresa en una página ya no existía, y había sido reemplazada por el movimiento persistente de los dedos hacia arriba y hacia abajo en las pequeñas pantallas electrónicas. En ese momento no sólo pensé en Cervantes, o incluso en Shakespeare, sino también en todos los que hemos dedicado nuestra creatividad a la palabra impresa y ahora encontramos que ha sido desterrada del mundo visible. Recuerdo un tiempo, viajando hace años en los trenes de Inglaterra, cuando el compartimento del tren estaba sumergido en el silencio porque cada pasajero, mujer u hombre tenía su mente inmersa en una novela o un periódico. Solía soñar que un día iba a coincidir con un viajero que ciertamente estaría leyendo uno de mis libros, y me acercaría a él y le preguntaría qué opinaba del libro. Eso, en el mundo actual, no puede suceder. Los autores han sido expulsados, ya no existimos en la nueva era tecnológica.

Los editores se enfrentan a una crisis, y, en consecuencia, también los autores. Las grandes editoriales como Random House y Penguin se han fusionado entre sí ante la crisis. Los agentes de los autores han descubierto que es más rentable la venta de los derechos digitales en lugar de los derechos de papel de un libro. El mayor editor digital, Amazon, gana más de 50.000 millones de euros al año. Mientras tanto, los pequeños editores intentan sobrevivir con los pocos libros que parecen encontrar lectores. Estos editores son los verdaderos héroes. Se arriesgan y siguen arriesgándose más. Sin ellos, los autores se morirían de hambre. Sin ellos, la gente no saldría con alegría a comprar libros y regalarlos en el Día Internacional del Libro.

Cervantes también tenía sus problemas de publicación, pero eran pequeños en comparación con los problemas actuales. Si Cervantes ofreciera su novela a un editor hoy, conseguiría más dinero de los derechos digitales. Sería leído en los trenes no en papel, sino en un iPad. La lucha para establecer su estatus no se centraría en dónde ubicar sus huesos, sino en la forma de comunicar sus palabras a través de la cultura tradicional de los libros. Estaría decepcionado por el extraño nuevo mundo en el que vivimos, donde los niveles de alfabetización y cultura caen precisamente a causa de la expansión de la tecnología. A medida que las nuevas tecnologías de la comunicación avanzan, acabamos sabiendo cada vez menos, y las universidades empiezan a abolir viejas esferas de estudio como la lengua y la historia.

¡Cervantes, descansa inmóvil en tu tumba, donde quiera que ésta esté. No salgas al mundo moderno! ¡El mundo de hoy no es un mundo donde tendrás un futuro!

Henry Kamen es historiador británico. Su última obra, publicada en La Esfera de los Libros en 2014, es España y Cataluña. Historia de una pasión.

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