La decepción de Rodrigo Rato o la desfachatez de sentirse impune

La confesión es de un amigo del ex vicepresidente y ex ministro de Economía y Hacienda. Amigo y compañero de partido durante más de 30 años.

La declaración de Rodrigo Rato ante el juez Fernando Andreu (16- 10- 2014) es un ejercicio de hipocresía, entendible en el contexto de su defensa ante la imputación de un posible delito de administración desleal, pero insostenible desde el punto de vista de la lógica.

Es un pulso desigual. Rato se defiende todo el tiempo argumentando que él creía que el dinero de la tarjeta B formaba parte de su retribución. El juez y el fiscal, insisten en que él, como presidente de la caja, debía saber que no era así, que la entidad no practicaba ninguna retención por los gastos generados y que, además, la contabilidad interna había buscado un escondite (en la cuenta de quebrantos) para que ni la auditora, ni el Banco de España, ni la inspección de Hacienda detectaran ese fondo de reptiles.

Rato no sólo transigió con el sistema de domesticación puesto en marcha por Blesa, sino que, ya desde Bankia, activó cinco tarjetas: la suya, la de Fernández Norniella, la de Verdú Pons, la de Sánchez Barcoj y la de Amat Roca.

«Se mantuvo exclusivamente para los miembros del comité de dirección que provenían de Caja Madrid…», argumenta ante la insistencia del fiscal. Pero hay algo que falla: «¿Por qué no la utilizó el señor Verdú?»… Y el juez: «Cuando el señor Goirigolzarri tomó posesión elimina esta cuestión. Quiero decir, ¿a usted no le chocaba que solamente en esta entidad hubiera habido este tipo de instrumento?».

Según Rato, hasta julio de este año, cuando le llamaron desde Bankia, él no supo que no se trataba de una retribución. Y entonces devolvió el dinero (casi 100.000 euros), no sin antes regatear por algunos apuntes que podían considerarse como gastos de representación, lo que no tiene sentido ya que, como él mismo reconoció en la Audiencia Nacional, disponía de otra tarjeta para ese tipo de desembolsos.

Que todos los partícipes de ese instrumento opaco sabían como funcionaba lo demuestra que cuando no llegaban al límite establecido mediante abonos en restaurantes, tiendas de ropa o bares de copas, los consejeros sacaban el dinero directamente del cajero automático para alcanzar el tope (el gran maestro en esa práctica era el comunista Moral Santín).

La cuestión es que con Rato no estamos ante un golfillo de quinta, un estomago agradecido venido a más por los avatares políticos, sino ante una de las cabezas más brillantes de nuestra reciente historia, un hombre que aspiró, con razones de peso, a ser candidato a presidente del gobierno y que durante tres años gestionó el sancta sanctorum del capitalismo mundial, el Fondo Monetario Internacional.

Una mujer que le conoce bien, también colega de partido desde la ascensión al poder de José María Aznar, sitúa en su precipitado abandono del FMI el comienzo de su declive: «Rato esperó el tiempo necesario para consolidar su pensión en el FMI y se vino a Madrid con una excusa un tanto infantil… Cuando vio que ya no tenía opciones en política se dedicó a ganar dinero, parecía que lo único que le interesaba era ganar mucho dinero».

Cuando aterriza en Madrid en el verano de 2007 procedente de Washington, Rato cree que puede aspirar a figurar en las listas del PP, como número dos, en las elecciones de marzo de 2008. Pero Rajoy no le tuvo en cuenta y fichó para ese puesto a Manuel Pizarro.

Ya en diciembre de 2007 Rato había fichado por Lazard, aunque ese empleo algunos lo consideraron como temporal: «Rato era un animal político. Pensábamos que, cuando tuviera ocasión saltaría otra vez a la arena. Jaime (Castellanos), buen amigo suyo, le buscó acomodo en el banco. Mientras ese momento llegaba, Lazard podía utilizar los contactos y conocimientos del ex director del FMI para intervenir como agente en la renegociación de deuda de algunos países…», cuenta un ejecutivo que coincidió con él en Lazard.

Luego hemos visto que su paso por Lazard y los 6 millones de euros que cobró por la venta de sus acciones cuando ya presidía Bankia le han generado nuevas preocupaciones.

Porque, según todos los testimonios e indicios recogidos por este periodista, fue precisamente en Caja Madrid, ya perdida toda esperanza de regresar a la política, donde Rato decide dedicarse en cuerpo y alma a «ganar dinero».

El ex ministro se queja ante su antiguo número dos, Luis de Guindos, cuando éste, ya como ministro de Economía, quiere limitar los salarios en las entidades que habían necesitado ayudas públicas. «Si queremos que Bankia sea un gran banco, el presidente de Bankia tiene que estar retribuido como el presidente de un gran banco», argumentaba.

Rato no valoró el conflicto de intereses en el que incurría contratando a Lazard (banco al que nadie le niega su reputación y prestigio) como asesor de Bankia.

Tardó demasiado tiempo en nombrar un consejero delegado para una entidad que, fruto de la fusión con otras cajas, como la CAM, tenía graves problemas de solvencia y urgente necesidad de capital. «El primer ejecutivo de Bankia soy yo», solía decir. Hasta que el Banco de España forzó el nombramiento de un número dos profesional (Verdú).

Cadena de errores. Uno tras otro. Hasta llegar al lamentable asunto de las tarjetas black. Los que hemos conocido, apreciado, a Rodrigo Rato, nos sentimos aún más decepcionados que aquellos que le ven como un chupóptero más. Rato fue un gran ministro de Economía y Hacienda. Durante sus ocho años de gestión, España superó una difícil situación económica y logró ser uno de los países más dinámicos de la UE.

Tenía un prestigio enorme entre la militancia del PP. Seguramente, era el que más méritos acumulaba para haber sido el sucesor de Aznar, quien en una tarde de expectación y nervios del último día del mes de agosto de 2003 puso su mano sobre el hombro de Mariano Rajoy.

Era, sí, un referente, no sólo por su buena gestión, sino porque tuvo el olfato suficiente como para detectar en la guerra de Irak el fin de la hegemonía del PP.

Lo tenía todo. Contactos internacionales, prestigio, capacidad oratoria (fue el mejor portavoz que ha tenido el PP en el Congreso), y muchos amigos.

He preguntado aquí y allá, en su círculo más cercano, en su partido, en los aledaños del Gobierno… Nadie sabe darme respuesta a la pregunta clave: ¿Por qué un hombre de su valía se dejó llevar por la tentación del dinero fácil?

Hace unas semanas hablábamos en esta misma columna de la adicción a la avaricia. En Rato se da, además, la circunstancia del hombre que se cree blindado, a salvo de todo. Un ejecutivo de la nueva Bankia afirma: «Cuando llegamos aquí nos dimos cuenta de una cosa: todo se llevó a cabo con la desfachatez que da la impunidad».

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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