La decimotercera patria

Por Hussain al Mozany, nacido en 1954 en Irak, vive desde 1980 en Colonia, donde trabaja como escritor y traductor. Recientemente ha publicado la novela Mansur o el aroma de Occidente. © Frankfurter Allgemeine Zeitung (EL PAÍS, 19/03/03):

En los debates en torno a la literatura iraquí en el exilio aflora una y otra vez la comparación con los literatos alemanes exiliados durante el tercer Reich. Ahora bien, existen grandes diferencias entre la experiencia iraquí y la alemana. En las filas del exilio iraquí no encontramos personajes famosos como Thomas Mann, Bertolt Brecht, Sigmund Freud o Albert Einstein. Los exiliados alemanes estaban mucho más desesperados, como ponen de manifiesto los muchos casos de suicidio. Todos los escritores exiliados iraquíes tienen en común la pérdida de la patria y el idioma. Sin embargo, las vivencias personales concretas les llevan a narrar historias muy diferentes.

“Todo sucedió de repente”, rememora el crítico y novelista Salam Abud, residente en Estocolmo. “Me parecía estar dentro de una película de terror”. El profesor Abud fue detenido en 1973, a los 23 años. En aquel momento existían dos tipos de indicios sospechosos graves a ojos del partido Baaz, que desde entonces no ha abandonado el poder: espiar a favor de Israel y ser miembro del partido comunista Comandancia General. Entonces había un frente patriótico entre nacionalistas y comunistas que benefició a Abud. Consiguió huir a Yemen ayudado por los comunistas. Tras la guerra civil de 1986, marchó a Suecia.

El escritor se exaspera al hablar de “la decadencia del pensamiento político entre los iraquíes”, que lo único que saben hacer ya es regatear sobre quién mata a menos inocentes, si Sadam o los estadounidenses, o sobre quién roba menos petróleo. En opinión de Abud, no hay nada peor que el régimen de Sadam, salvo la pérdida de la voluntad y de la capacidad de elegir. “¿Qué significan el exilio y la emigración?”, se pregunta. “Las soluciones son siempre personales, y los baremos, relativos, porque la pregunta decisiva que Occidente aún debe responder es: ¿por qué estamos aquí? ¿Por la generosidad de los europeos? ¿Por amor? ¿Por humanismo?”.

Si bien es cierto que, a ojos de la famosa especialista iraquí en crítica literaria Fatima al Mohsen, la situación se presenta bajo los mismos tintes sombríos y que la idea de la guerra le parece exactamente igual de detestable que a otros muchos iraquíes, llegaría a aceptarla si se tuviera en cuenta el destino del pueblo iraquí. Porque no hay que olvidar que en Irak se perpetran matanzas constantemente, sobre todo contra las gentes del interior del país “que se resisten a seguir las órdenes de la Gestapo iraquí”. Lo que le preocupa es el hecho de que los iraquíes tengan que hacer frente a esta situación completamente solos. Cada vez que se levantan contra el régimen, se los masacra brutalmente bajo la mirada impasible de la opinión pública mundial. “Están encerrados en un túnel oscuro como la boca del lobo, en una situación que está pidiendo a gritos apoyo procedente del exterior”, comenta. “Probablemente, la situación que se vive en Irak es similar a la de Alemania antes y durante la Segunda Guerra Mundial: está sometido a una dominación que no es menos totalitaria que la dominación nazi y a un dictador que no está más cuerdo que Hitler”.

Fatima al Mohsen fue detenida y torturada en 1979 durante una campaña contra los comunistas. Fue liberada gracias a la intervención del partido comunista, que en aquel entonces estaba coligado con el régimen Baaz. Sufrió secuelas durante años. Al Mohsen ha pedido a los activistas por la paz que su compromiso contra la guerra no les haga olvidar el sufrimiento de los iraquíes bajo el régimen que los oprime. En su opinión, habría que intensificar aún más la presión sobre Sadam con la esperanza de que eso le obligue a dimitir. Sin embargo, a pesar de la persecución y del encarcelamiento, esta especialista en literatura piensa en un futuro retorno a Bagdad: “Lo que más me asusta es morir sin haber visto mi país una última vez”.

La posición del escritor Salim Matar, residente en Ginebra, parece menos teñida de desesperación. A comienzos de los años setenta, Irak estaba gobernado con mano de hierro por el partido Baaz, que difundía por todo el país una ideología nacional. Se tenía en mente a Alemania como modelo; el partido Baaz se apropió del experimento de la unificación alemana de finales del siglo XIX con el fin de aplicarlo al mundo árabe. En este sentido, Irak aparecía como la Prusia de los árabes, y Sadam Husein, como el “Bismarck del futuro”. Sin embargo, Matar estaba fascinado por una imagen histórica enteramente diferente: “Carlos Marx conquistó de repente nuestro corazón y nuestro entendimiento. En lugar de tener en perspectiva la unidad árabe, nosotros perseguíamos la unidad del proletariado, en lugar de la Santa Prusia adoptamos las formas del gran Moscú y, a partir de entonces, nuestros sueños no tuvieron otro tema que la revolución global cruenta, con la que pretendíamos hacer saltar en pedazos nuestra patria y el mundo capitalista entero para construir en otros lares una patria árabe mundial enteramente nueva”.

Salim Matar dio la espalda a Irak en 1978, después de que se intensificase la oleada de persecuciones contra cualquiera que pensase de manera diferente, y se instaló en Ginebra, tras haber recalado en Líbano, Siria e Italia. Comenta desilusionado: “Ni Bismarck materializó mi unidad árabe ni Marx hizo posible el paraíso comunista; sin embargo, yo sigo soñando”. Y el tema favorito de sus sueños no es otro que la identidad iraquí perdida. Ningún exiliado iraquí ha escrito tanto sobre este tema como Matar. En todos sus textos recalca que Irak todavía no ha encontrado su propia identidad, a pesar de tener una existencia de 6.000 años de antigüedad: “Nuestro problema no consiste en idear una nueva identidad, sino en reavivar la antigua”.

En 1976, el poeta, crítico y traductor natural del sur de Irak Kadhim Jihad llegó a París a los 21 años, y allí continúa todavía, desarrollando su actividad docente como profesor en la Sorbona. Traductor de talento, ha reescrito en un árabe impecable a Jean Genet, Dante, Rimbaud, Gilles Deleuze, Jacques Derrida y Philippe Jaccottet.

Jihad se queja de la actitud de los Estados árabes y del desinterés que muestran en un momento tan importante como éste en el que se decide el destino no sólo de Irak, sino de toda la región. “Lo que está ocurriendo en Irak desde finales de los años setenta es una auténtica concatenación de catástrofes de una intensidad tal como pocas veces ha sufrido ningún otro pueblo”, señala. “Una represión cruel en el interior por parte de un poder que ha sucumbido a la ilusión de que las guerras le permitirán encontrar una salida razonable a la difícil situación interna”. Sin embargo, le inquieta la actitud de los iraquíes que creen en la solución estadounidense. “Si Estados Unidos hablara de democracia en serio, habría tenido una buena ocasión de hacerla realidad en los últimos días de la guerra del Golfo respaldando el levantamiento del pueblo iraquí, ya en aquel entonces, cuando el cambio apuntaba por el horizonte”. En su opinión, el sueño de todos los iraquíes, sin excepción, consiste en la desaparición de Sadam Husein sin guerra. “¿Cómo es que las grandes potencias no están en condiciones de hacer realidad un milagro semejante?”.

Estas mismas reflexiones se hace el poeta Abdelkarin Qasid, que no está preocupado en absoluto por el futuro de Irak, puesto que es imposible que los estadounidenses permanezcan en el país a largo plazo. Lo que sí le preocupa, y mucho, son la guerra y el posible empleo de armas de destrucción masiva por parte de ambos “adversarios malignos”, que tendría como víctimas a miles de iraquíes inocentes. La peripecia de la huida de Qasid tiene tintes de auténtica aventura, incluso en opinión de sus propios colegas en el exilio. El poeta estuvo perdido durante siete días por el desierto a lomos de un camello hasta que logró alcanzar la frontera saudí. El día de su partida, los servicios de seguridad asaltaron su casa de Basra, pero allí sólo encontraron a su madre. El periplo de Qasid le llevó primero a Kuwait, después a Líbano, y de allí a Damasco. A continuación recaló en Adén y Argelia, y finalmente en Londres. Allí un amigo le recibió con las siguientes palabras de saludo: “¡Bienvenido a tu decimotercera patria!”. Apenas tiene sentido hablar de la brutalidad del régimen iraquí, comenta Qasid. La situación de los iraquíes habla por sí sola con una evidencia palmaria: dos millones de víctimas, miles de detenidos y cuatro millones de expatriados.

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