La decisión de España

Por Antonio Fontán, ex presidente del Senado (ABC, 24/03/03):

Nuestra nación no tiene particulares intereses económicos ni ambiciones de poder en la vieja Mesopotamia, donde hace tres mil años mecieron su cuna antiguas y venerables civilizaciones de las que son herederas nuestras culturas modernas. Pero España es también un miembro activo y prestigioso de la comunidad internacional, que participa de las responsabilidades colectivas que incumben a las naciones desarrolladas de vocación democrática y humanista. Países como el nuestro tienen la obligación moral y política de procurar la paz y tutelar la seguridad general de un mundo que se ha convertido en tan «interdependiente» que nuestro entorno no conoce fronteras ni distancias.

España, además, es actualmente uno de los tres países europeos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que, como su propio nombre indica, es el órgano internacional al que corresponde velar por que el planeta sea un lugar lo más libre y lo menos peligroso posible. (Seguridad sin libertad o no existe o sólo se sostiene con alguna forma de tiranía).

España, por lo tanto, como Estado serio y responsable y como miembro del Consejo de Seguridad tenía que aportar su experiencia, su consejo y su voto en las decisiones que hubieran de tomarse en la actual crisis. No es un problema regional ni un litigio entre dos naciones, Estados Unidos e Irak. Se trata de que allí, entre el Tigris y el Eúfrates, sobre un mar de petróleo, se alza un régimen político despótico para su pueblo y amenazador para sus vecinos y para gentes más lejanas. ¿A qué si no, el arsenal acumulado por el gobierno que capitanea el famoso Sadam Husein, claramente desproporcionado con la envergadura del país y con sus necesidades de defensa? ¿Para qué se han construido esos «misiles» de largo alcance, de los que sin duda se guarda a buen recaudo una cierta cantidad tras haber «sacrificado» en aras de los inspectores de Naciones Unidas unos cuantos ejemplares? ¿Y las armas conocidas con las siglas NBQ (entre las que parece que todavía no hay «nucleares»), que allí se almacenan y de las que algunas fueron empleadas en otras ocasiones de «régimen interior»?

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por acuerdo unánime de sus quince miembros, había conminado al régimen de Irak a deshacerse de esas armas que, por otra parte, hacía ya muchos años que se había comprometido a destruir. En otro caso, podría tener que enfrentarse a graves consecuencias. Era un anuncio de una intervención armada que sólo podía venir de la única potencia que tiene la capacidad de hacerlo con probabilidades de éxito, un éxito que habría de consistir en el desarme ordenado por la alta instancia internacional.

La situación planteada con el inicio de la intervención militar de la coalición angloamericana en Irak guarda una estrecha relación de dependencia con los efectos políticos, militares, de seguridad y de opinión de los gravísimos sucesos del 11 de septiembre del 2001. Los atentados de Nueva York y Washington contra los símbolos de la grandeza y del poder americano que eran las «torres gemelas» y el Pentágono, han sido un acontecimiento político de enorme trascendencia que arrastra una cadena de consecuencias tan larga o más que la caída del muro de Berlín.

El 11 de septiembre la mayor parte del mundo estaba en paz, aunque no faltaban conflictos en determinados espacios de Europa, de Asia y de África. Pero con los atentados de aquella mañana, los Estados Unidos y todas las naciones democráticas y desarrolladas del planeta cobraron conciencia del riesgo casi siempre imprevisible del terrorismo. Lo que antes muchos pensaban que podía ser un asunto local y aislado de ciertos países deficientemente ajustados, se empezó a ver como un peligro global que podía extenderse a lugares y experiencias políticas más diversas y alejadas. Se empezó a considerar como posible algo que no había ocurrido nunca, y que no era del orden de los magnicidios anarquistas del siglo XIX, ni de los crímenes de las «brigadas rojas» italianas, o la «fracción» -roja también- de Alemania o la ETA española.

Si los terroristas de vocación universal, entre los que no faltan, sino más bien al contrario, amigos del actual régimen de Irak, llegaran a disponer de los arsenales del gobierno de Husein, la catástrofe podría convertirse en una hecatombe sin precedentes.

Aquel ya lejano suceso del 89 arrastró el final político de una ideología de pretensiones planetarias y gestión imperialista, y ha dado lugar a más cambios en la geografía del poder de Europa y de Asia que los que trajeron consigo el tratado de Versalles de 1918 y la disolución del imperio otomano al final de la Primera Guerra Mundial. Cayeron los regímenes de inspiración comunista y obediencia soviética en estados políticamente satelizados desde el Moscú de entonces, y han recuperado su independencia, o la han estrenado, diez o doce «repúblicas» que estaban integradas en lo que había sido la URSS.

El mundo occidental y casi todos los demás estados libres del planeta celebraron los acontecimientos y se dispusieron a entablar un nuevo tipo de relaciones políticas, culturales y económicas con todo ese mundo y con la nueva Rusia, que acertó a pasar sin traumas mortales de imperio a potencia.

Es posible que los efectos del 11 de septiembre no sean de tanto alcance como los del 89 si las cosas se hacen medianamente bien. Es decir, si los responsables -estados y mandatarios- del mundo logran desactivar con el mínimo coste humano la amenaza del terrorismo.
Lo de Pearl Harbor fue a la vez más grave y menos grave. Más grave porque destruyó la flor y nata de la primera escuadra del mundo.

Pero menos grave, porque aquel ataque por sorpresa afectó casi exclusivamente a objetivos e instalaciones militares y, además, Honolulú no era Nueva York y estaba lejos de los más sensibles terminales nerviosos del patriotismo americano. Las consecuencias fueron la entrada de los Estados Unidos en la Guerra Mundial y la extensión del conflicto al Pacífico y al Extremo Oriente. Las del 11 de septiembre se están tocando ya con las manos en lo que tienen de buenas y de malas.

España, país democrático y desarrollado, amigo de la paz del mundo, miembro europeo del Consejo de Seguridad, tenía que tomar una decisión y lo ha hecho. Ha sido la que debía adoptarse. Buen número de miembros de la Unión Europea -de la llamada «periferia»- y la casi totalidad de los que están próximos a integrarse en ella la aprueban. Ha sido además ajustada a nuestros compromisos con los EE.UU. -que no fueron contraídos por el actual gobierno-, y ha sido prudente y proporcionada a nuestros medios y a nuestros objetivos. Hace muchos años ya -con este gobierno y con otros- que los españoles han tomado parte con soldados en acciones humanitarias y de policía en lugares conflictivos de Europa, de América y de Asia. Sus actuaciones han sido siempre aplaudidas.

En contra no se oyen en nuestra lengua argumentos políticos serios, sino un alegre griterío de manifestaciones y pancartas, en desfiles protegidos por la policía municipal. En el fondo de lo cual late muy visiblemente la hipótesis de que a lo mejor, si la guerra dura, se podría conseguir cambiar unos alcaldes o reforzar algún gobierno regional de la izquierda de los que tienen poco apoyo o malas compañías. Todo ello en una presunta alianza socialista con «izquierda unida», actual seudónimo de lo que fue el partido comunista.

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