La decreciente clase media

La clase media se halla en peligro, atacada por todos los costados y perdiendo miembros a chorros. Han sonado los timbres de alarma y se multiplican las investigaciones, estudios, análisis sobre ella, mientras los políticos continúan cortejándola y todo el mundo alardea de defenderla. Sin que le sirva de mucho. ¿Está condenada a desaparecer? ¿Vamos hacia una sociedad donde sólo habrá pobres y ricos, como proclaman los apóstoles del Apocalipsis? La cosa es muy grave porque la clase media es por antonomasia la clase de la democracia. Su desaparición haría esta aún más difícil.

Lo primero que hay que hacer para afrontar con rigor el problema es definir la clase media. En los Estados Unidos venía siendo tener «un trabajo seguro, una casa (con hipoteca, claro), un pollo en la cazuela, un coche en el garaje y los chicos en el college». Una definición que ya no sirve porque cada vez hay menos trabajos seguros. El tremendo acelerón dado por la ciencia, la técnica y el comercio durante las últimas décadas ha traído que surjan nuevos productos, nuevas especialidades, nuevos mercados y cada vez más los que ven desaparecer su empleo, mientras se crean otros para los que no están capacitados. Lo que produce el primer desafío a una clase media basada precisamente en la estabilidad.

Todos los estudios sobre el tema coinciden en que el problema no es tanto lo que se gana como la certeza de que seguirá ganándose, algo que ya nada ni nadie garantiza. Incluso los profesionales con más ingresos tienen que estar alerta, no vaya a ocurrir que un descubrimiento los envíe al paro al no ser ya necesarios, cosa cada vez más frecuente, como la ansiedad que produce. Se estima que el 80 por ciento de los norteamericanos que ganan más de 200.000 dólares anuales –frontera de los ricos– han caído al menos una vez en la pobreza, es decir, han tenido que echar mano de las asistencias sociales –empezando por las prestaciones por desempleo–, y si luego encuentran trabajo, es por lo general ganando menos.

Pero la ansiedad no es exclusiva de la generación con más de 40 años, sino que alcanza también a los jóvenes, incluso más ampliamente. A estos les viene por comparar su vida con la de sus padres, que han tenido una vida laboral mucho más estable, la mayoría en la misma empresa, cambiando sólo para ascender. Eso se ha acabado. Para padres y para hijos. Las estadísticas arrojan que los ingresos medios de las familias norteamericanas, ajustados por inflación, se han mantenido iguales desde el año 2000, lo que resulta frustrante en el país que daba por descontada una mejora indefinida, con los únicos baches de las crisis propias del capitalismo, tras las cuales la economía se disparaba al haberse eliminado lo que estorbaba. Pero tampoco puede ya contarse con eso. Es verdad que los utensilios y el entretenimiento –televisiones, coches, alimentos, viajes– se han hecho mucho más baratos, pero los grandes gastos de la clase media –la casa, el college de los chicos, la sanidad– se han disparado hasta el punto de hacerse inaccesibles para muchas familias.

Tras ello hay algo invisible, pero importante: la desilusión que trae ver que el tan alabado american dream, el sueño que había atraído a este país a millones de personas desde los más alejados rincones del planeta, ya no es accesible para todos, ni siquiera como ilusión. Ese «sueño americano» consistía en que uno podía empezar desde lo más bajo –vendiendo periódicos, decía la leyenda– y llegar a lo más alto si trabajaba duro, no tenía conflictos con la ley y sabía aprovechar las oportunidades que se le presentaban. Resulta paradójico que precisamente cuando ese sueño se cumple con un negro en la Casa Blanca, algo inimaginable para la generación anterior, empiece a desvanecerse para la presente. No se trata, repiten los analistas, de los ingresos. Se trata de las fluctuaciones que se aprecian en todos los aspecto de la vida, social, cultural o económica. Que un chico, o chica, se haga millonario diseñando una nueva red social en internet o que otro se convierta en una de las mayores fortunas del mundo vendiendo valores bursátiles sin tener estudios superiores desconcierta y hace dudar a la inmensa mayoría. Incluidos los ya ricos. Hay gentes con ingresos de 250.000 dólares al año que se consideran clase media, «por lo que pueda pasar mañana», mientras otros con sólo 25.000, que han sabido ajustar sus vidas a esos ingresos, también se consideran. La perspectiva de cada persona sobre sí misma y sobre los demás es lo que la hará tender hacia el optimismo o al pesimismo. Pudiendo decirse que los segundos superan con mucho a los primeros.

Y aquí voy a abandonar las estadísticas y análisis que estoy manejando para describir el sombrío estado de ánimo de la sociedad norteamericana –y, posiblemente, de la occidental en su conjunto– para apuntar un hecho en el que ninguno de esos estudios repara. Me refiero al de la globalización, quizá el fenómeno más notable de nuestra época. Resulta evidente que la clase media disminuye en Europa, Estados Unidos, Canadá y algún otro país de la órbita occidental, en los que la distancia entre los muy ricos y los muy pobres aumenta, al caer parte de la clase media en la antes llamada trabajadora –revirtiendo un proceso de más de un siglo en el que la clase trabajadora se convertía en media–, mientras que sólo unos pocos de esta ascienden a la adinerada. Pero no es menos cierto que en el resto del mundo esa clase media ha pegado un estirón formidable, pudiendo hablarse incluso de explosión. Basta comparar las imágenes de las calles de las ciudades chinas hace veinte años con las de ahora para darse cuenta del cambio que han experimentado. Las túnicas Mao y las bicicletas han sido sustituidas por trajes última moda y coches que se disputan el espacio como en cualquier ciudad occidental. Como en la India y los llamados «tigres asiáticos», siendo cientos de millones los que han accedido a la clase media. Y cada vez habrá más. Mientras, entre nosotros, serán cada vez menos. Ha habido un desplazamiento de la riqueza del primer mundo al que era segundo o tercero por la ley de los vasos comunicantes del libre mercado. O sea, la clase media a nivel mundial ha crecido, no disminuido. Por desgracia, no en nuestros países.

Quien no lo vea y no tome las medidas necesarias para atajarlo se quedará en la cuneta de la historia, como ha ocurrido a cuantos se han limitado a lamentar su avance imparable en vez de asumirlo.

Pero esa es ya otra cuestión. ¿O es la de siempre: nuestra resistencia a aceptar lo que nos fastidia?

José María Carrascal, periodista.

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